Vigésima quinta parte

 

En las últimas semanas del otoño, antelación al invierno, el pertinaz viento que sopla venido del norte en armonía con el frío ¡cala hasta entorpecer los movimientos!, causa en el virreinal jardín Constitución o plaza principal que la temperatura y el sentir del viento creen una atmosfera impasible. En ese año de 1962, en las primeras horas de la noche el clima crudo animaba a la anciana abuela a relatar a sus moquientos pelones las historias oídas y documentadas de los placeres perversos del mineral de argento, sabedoras de cabarets, prostitutas, tabernas, encueraderos, enborrachaderos, cantinas, contubernios y lugares de prostitución apilados en las faldas del cerro de El Lobo o de Las Coronas.
En el viejo mineral, la concentración nocturna para iniciar el camino cuesta arriba se acostumbraba en varios lugares, aquí en el centro privilegiaron el portal de columnas redondas hechas de cantera blanca cenicienta, verdosa, mohosa en la lonja de arcos bajo los acogedores soportales mirando al jardín de la plaza virreinal, plaza Mayor. Por casi 50 años se tuvo como devoción ser parte de las procesiones de adultos jóvenes, adultos y no tan jóvenes, que se reunían en las noches.
Ocurrían burócratas, profesores de escuela, mineros, profesionistas, todos los tipos del mineral de Pachuca, unos vistiendo impecables camisas blancas de manga con cuellos almidonados, las había de algodón, popelina e incluso de manta, pantalones de cachemir, grano de pólvora, oscuros, con enormes pinzas al frente y rematados con vistosa valenciana luciendo los relucientes y brillantes mocasines o el charol que permitía el reflejo de la noche, con saco o chamarra de gabardina descansando en el hombro derecho tomada con los dedos delicadamente. Los otros pantalón de gabardina caqui o mezclilla de algodón con peto y chamarra del mismo material “chompa” con las letras “RDM” calzando botas mineras, todos recién bañados oliendo a agua de colonia o lavanda, brillantina del Jokey Club o Glostora, impregnados del jabón Palmolive, las ropas de los jornaleros y labradores mineros aromatizadas fuertemente con el cebo de la lejía de don Conrado Romero, fabricada muy cerca del viejo y famoso El Portalito.
El camino se cumplía religiosamente viernes y sábado la procesión a las alturas con sus diferentes estaciones en cantinas, piqueras, enborrachaderos, tugurios disgregados por las callejas y callejones pedregosos y retorcidos de Gómez Farías, Mina, Joaquín Herrera, Blas Balcácer, Federico Gamboa, Santiago y otros, todos tapujados de cerveza, vino, brandy, cañas, al fin chupaderos, atascaderos y desveladeros. Al inicio de la marcha después de las nueve de la noche dispuestos a despilfarrar o dilapidar lo poco del jornal en una juerga, esos pesos eran muy valiosos, pues una “chávela” con Titán rojo de dos litros tenía el precio de 50 centavos y 75 la cerveza, cubas a 1.25 pesos y cinco pesos para arriba los favores, sabores y complacencias de un cuerpo ajeno. Disponían por mucho de billetes; dos de 10 pesos, tres de cinco y como ocho de a peso, el propósito del camino, de la procesión, fue siempre llegar lo más entero, lo más sobrio posible, a la variedad de los puticlubs con las mejores encuaratrices de las 12 de la noche y dos de la mañana.
La primera estación obligada era con don Baldomero en Los Bohemios, iniciando con un vaso de veladora en vidrio grueso con caña pura “uno para dos por 75 centavos”, la mayor atracción era escuchar el estridente sonido emanado de las rockolas o sinfonolas, separadas una de otra no más de 10 metros. En El Harem se escuchaba un bolero repetido sin fin “…ven a ver lo que queda de un hombre que en un tiempo te dio su cariño, ven a ver lo que has hecho de aquello, luego sigues mujer tu camino…”, el cabaret de Zara Sánchez, El Cairo, La Única tugurio-tienda del Chale Hilario, El Carta Blanca del señor Álvaro, La Playa del señor Reyes en el que sonaba “…recargado en la barra me encuentro de la vieja taberna del barrio, yo sin ti poco a poco muriendo, dime tú dónde estás que no te hallo…”, el de Chucho Campos un tugurio con bailadera y chupadera El Jacalito, el muy conocido y concurrido a reventar atendido por El Gato Joel Castro afamado desplumadero Salón México de ahí salían los humos del alcohol, las miserias y la música “…ya sin fe la esperanza perdida de volverte a estrecharte en mis brazos, dime tú cuánto salgo debiendo que mi vida has hecho pedazos…”
En la estrecha callejuela de Gómez Farías se encontraban los escaparates, los aparadores, donde alguna vez se dijo que durante más de cinco décadas estuvo la acumulación de prostíbulos, cabarets, puticlubs, cantinas y tugurios dichos como “lo más grande del país”: Fue una sucesión de pequeños cuartos, mazmorras alardeando a los lados de la calle prostitutas, las niñas, suripantas, mujeres de la noche, en las proximidades de la casa de los Rules, ya casa de gobierno, del añejo jardín principal y de la plaza del reloj monumento. La callejuela entre 1930 y 1984 se volvió una concentración de alcohol, bajas pasiones, sexo, despreciable doble moral, amasijo de aguas malolientes, mugre, vasca, moscas, muchedumbres y mayor el tráfico de corrupción, hipocresía y cinismo del mineral que disimuladamente llamaron de “algo necesario”, comercio de servicios de mujerzuelas prostitutas, madrotas y padrotes aceitando la maquinaria de la corrupción con dinero.
Apenas imaginable que estando esa angosta y estrecha callejuela a pocos metros del mandatario estatal y municipal, se utilizara para atizar el vicio y la degradación de la población “…no culpo ya al destino que me marcó mi suerte que irremediablemente yo tengo que seguir…”. El cascabel al gato pregunta. ¿Repercutirá el gasolinazo y el gallinicidio en el gobernador populachero, que anda atrás de los Reyes Magos?

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