La anciana mujer, la abuela, baja de estatura, con muchos años encima, de piel oscura morena, igualando al color de la obsidiana, de ojos profundos negros, pequeños, que se escondían detrás de espinosas pestañas enmarcadas de tupidas y esponjadas cejas, mostrando diminuta dentadura que reflejaba la luz al separar los labios, de hermosos rasgos otomíes, rozagante todo el día legaba confianza, ternura y gustillo.
Con esos pequeños ojos con que de vez en vez oteaba al infinito, al firmamento, al cielo, buscando al altísimo, implorando sabiduría, fortaleza, para enseñar a sus cuadrúpedos asnos de los Pelones en esos años de la sexta década del siglo XX, en ese clamor salían rodando por la comisura de sus ojos, descendiendo por las mejillas color del piloncillo, abundantes lágrimas al oler, al aspirar, al olisquear el santo olor del pan y recobrar la memoria histórica, inquieta impaciente andaba que no se le cocía el pan.
Era el vecindario minero un pequeño caserío en donde se miraba como en otros barrios de jornaleros y labradores del real minero de Pachuca esas miserables cuarterías y casuchos de color cenizo por el paso de los años el desgaste o la falta de pinturas, algunos con bóvedas catalanas, otros cubiertos de tejamanil, muchos con ramas de pirules o pencas retorcidas y secas de maguey por cuyos portillos y hendiduras salían grisáceas y espesas columnas de humos, ahí pasó la vida de ella. “El pan era el aroma dorado de los desheredados”.
En ese preferido espacio, en el humilde y acogedor corredor de la vecindad, aseguró conocer que don Hernando de Cortes, el Conquistador, marqués del Valle de Oaxaca, dictó las ordenanzas para la venta y comercialización del pan, del que la abuela en su versión rezaba así: “dispuso que el pan fuera vendido solamente en la plaza principal de la capital del virreinato debiendo tener indispensables características, esa maravilla estupenda del pan nuestro de cada día que es pan de vida, que fuera oloroso, que vaporeara sus deliciosos aromas, sus suculencias, estar muy bien cocido, esponjado, exquisitamente crujiente, quedar totalmente seco, horneado con exactitud para eliminar el moho producido por los residuos de líquidos, de la humedad”. Dijo saber del siglo XVI-1530 cuando se fincó el primer molino de trigo de la Nueva España en la Ciudad de México llamándolo Molino de Abajo o de Los Delfines, propiedad de Nuño de Guzmán, quien era señalado como “el aborrecible” por don Vicente Riva Palacio.
Añadió la anciana mujer que fue el producto, “el alimento que sedujo, que cautivó, a la nueva nación mexicana con su santo olor a pan, reconocido hoy por todos. Es el más profundo de los aromas del pueblo mexicano con memoria histórica, provee la grata costumbre, la deliciosa tradición y la suculenta cultura de la panadería en México traída por los gachupines en el siglo XVI a la llegada del tahonero mulato Juan Garrido, esclavo libre negro”, de entre los que Bernal Díaz del Castillo apreció “que a los negros y a los caballos se debe el logro de la conquista de la Nueva España ya que estos dos personajes, el negro y el caballo, valían su peso en oro”.
Citando a don Luis González Obregón, daba lección la abuela del año 1659 en que se ordenó, después de más de 130 años de la inicial regulación, que todos los panaderos diseminados, regados por la plaza principal, debían trasladarse el añejo mercado El Volador, sí que todos los vendedores, particularmente los del delicioso pan, se acomodaran en el centro de mercaderes. En esa enseñanza quedó pasmada, luego surgió desesperada “ah…pero ya se me olvidó”, lentamente buscando en sus papeles y notas se desembarazó de la ansiedad que la aquejó por no poder recordar que pregonando en las noches los vendedores exclamaban “¡a cenar a cenar, panquecitos, pan y empanadas, pasen, pasen a cenar!”. En sus notas leyó a don Quijote “tenemos hogaza no busques teleras” y ya de menoria recitó de la misma voz, aquellos gritos abiertos enfrente de sus canastos: “tan buen pan se hace aquí como en Francia”.
Ya recobrada del esfuerzo para acceder a su memoria, de manera jocosa contó de aquellos pasquines que revelaban y exhibían al 41 Virrey de la Nueva España (1746-1755), a don Juan Francisco de Guemes y Horcasitas, conde de Revillagigedo y capitán general de Cuba, como dueño del obrador o amasijo horno y venta de pan Horcasitas, del que echaban habladas y renegaban los novohispanos en volantes públicos diciendo “¡desde que en México estás se quejan malos y buenos, porque el pan se nota a menos y las dichas a más, que tú la culpa tendrás Horcasitas con tu pan”.
El ayer regresa a su mente, a revivir gozosamente “las cosas únicas y sorprendentes, nada se parece al pasado, no hay cosa mejor que los recuerdos, nada se parece, no suele ser mejor que el ayer del mineral de argento cuando llega” despertaba en ella una añoranza, un gesto de contento y tristeza con el que suspiraba: “que distinto era el pasado”. Lentamente señaló “lo sucedido es de todos los habitantes de los reales de minas, es el recuerdo de una sombra, una impalpable y fugitiva imagen que se presenta de cuando en cuando con intensas estampas en la memoria, con olores, con aromas, con suculencias, donde siente sus vivencias para otros, para que ellos, los interesados, las vivan, las rememoren. “Están ustedes para bien saber y yo para mal contar que el pan se hizo para los pobres y los muchachos y el pulque para los borrachos, el pan, el encanto de los pobres con olor y bondad”.

Rating: 4.0. From 1 vote.
Please wait...

Comentarios