Recorrer 280 kilómetros, a lo largo de tres, cuatro o cinco horas –dependiendo de las condiciones climatológicas y el medio de transporte- entre Pachuca, Hidalgo y Villa Aldama, Veracruz, es sólo el comienzo de una travesía cargada de amor y tristeza, de relatos familiares y trámites legales, de impotencia ante un sistema judicial viciado y mucha resistencia física para soportar temperaturas extremas.
Esposas, madres, abuelos, hijos, incluso algunos muy pequeños, realizan este viaje cada 15 días para visitar alguno de los 125 policías hidalguenses recluidos en el Centro Federal de Rehabilitación Social Oriente 5 (CEFERESO), ubicado en la comunidad Cerro de León, municipio de Villa Aldama, desde septiembre de 2009. Sin embargo, a esta cifra habrá que sumar más de 70 elementos de diversas regiones como Huejutla, Tulancingo, Sahagún o Apan, que han ingresado a lo largo de dos años.
La comunidad veracruzana, cercana al municipio de Perote es muy pobre y su principal actividad económica gira alrededor de la cárcel que hasta hace dos años era estatal y ahora federal.
Hasta hace poco tiempo, las familias viajaban con sus propios recursos. “Era mucho el gasto. Dormíamos bajo plásticos, cartones, afuera de la cárcel haciendo fila porque es tan complicado que podemos tardar hasta tres horas para ingresar y eso reduce el tiempo de convivencia con nuestro interno”.
Pero un día el director del CEFERESO salió y les pidió desalojar el área. “Nos dijo: si un comando se acerca para liberar presos, como ha sucedido en otras cárceles del país, a ustedes los van a tomar de rehenes y eso no puedo permitirlo porque no negociaré en esas condiciones”. Eso obligó a la auto-organización.
Tras un largo peregrinar por oficinas gubernamentales en Hidalgo, recién lograron la disposición de autobuses para el viaje a Veracruz sin pago alguno. No existe una certeza de cuánto tiempo durará el apoyo, mientras tanto, lo aprovechan.
Inicio de la travesía
Aunque la cita para abordar el autobús es a las 9 de la noche en el Parque Hidalgo, en Pachuca. Las familias llegan desde las 6 “para asegurarnos que sí estará el transporte y nuestro lugar”.
Casi tres horas de camino y la temperatura ha descendido varios grados bajo cero.
La una de la madrugada y arriban a Cerro de León. Entre calles sin pavimentar, escaso alumbrado, charcos y lodo, destacan los letreros de “ABOGADOS”. “Aquí chofer, por favor, aquí está la lista…” Apresurados descienden para localizar en el muro de una tienda, una hoja pegada donde 13 familias ya están anotadas.
Temblando de frío, todos regresan al autobús para intentar dormir otro rato. A las 5:30 nuevamente abajo para caminar casi un kilómetro y formarse en la entrada principal del CEFERESO. Dos horas después reciben una ficha, el primer filtro de acceso.
Entre las filas, a una temperatura de por lo menos ocho grados bajo cero, una señora de casi 90 años, “no quiere morirse sin ver antes a su nieto”. Una joven apurada se forma al final, lleva a su bebé de meses de nacida, “no debería traerla, hace mucho frío. Pero me la pidió su papá”.
Las siete de la mañana y un custodio sale para recordarles que no pueden ingresar comida, bolsas, celulares, cinturones… nada. De ropa, sólo pantalón, camisa o playera y una chaqueta sencilla. Para no arriesgar, muchas mujeres llegan con huaraches.
Comenzó el despojo de ropa, encargo de pertenencias y alegatos con los guardias, “hace 15 días me dejó pasar con esta chamarra. Son órdenes señora, se la quita o no pasa”. Algunas fondas ofrecen servicio de guardarropa.
Un pequeño de dos años llora. Su abuela le ordena que se calle. “No sea así señora, tápelo con esta cobija, tiene frío”. Más tarde, deambulaba por las calles porque no autorizaron el paso.
Tercer filtro. Un recibidor donde la trabajadora social, a gritos, les ordena sentarse, guardar silencio y esperar su turno para revisar nombre del interno, autorización de la visita y si es el día que le corresponde.
Cuarto filtro. Revisión física. “Pasamos a un cuarto y las mujeres debemos levantar la blusa y el brasier, luego bajarnos el pantalón y la pantaleta hasta las rodillas para que nos revisen. Es feo pero ni modo”.
Finalmente pasan al área de convivencia con sus internos. “Podemos saludarlos pero nada más. Nada de tomarnos de la mano o acariciar su cara, menos un beso porque nos sacan y a él lo castigan”.
Antes de las 10 de la noche arriba a Pachuca. Cansadas, cargando bultos de cobijas, trastes vacíos, hijos dormidos y una gran tristeza, emprenden la caminata a su casa.
Historias de vida
La agonía de las familias puede tener límites y ellos ya tocaron ese límite porque cada puerta que tocaban, se la cerraban, afirmó conmovida la abogada Silvia Vázquez Camacho de la Comisión Mexicana de Defensa y Promoción de los Derechos Humanos (CMDPDH). Añade, “algunas esposas tienen cuadros depresivos muy fuertes, de no quererse levantar, no querer comer, están enojadas; hay rupturas familiares, hay niños que no quieren ir a la escuela, no quieren saber nada, están bastante cansados”.
Silvia encabeza la defensa legal de un grupo de ocho comandantes de diferentes corporaciones en Hidalgo, detenidos durante 2009 y recluidos en el Centro de Readaptación Social Federal Oriente 5 (CEFERESO), ubicado en Villa Aldama, Veracruz.
Los testimonios de 47 familias, de las cuales 28 son entrevistas recabadas por este medio de comunicación y 19 corresponden a escritos reunidos por la CMDPDH, reflejan la victimización de inocentes por un sistema de justicia que opera violando derechos humanos.
A continuación, breves extractos de vivencias que han trastornado, marcado, fragmentado a 142 familias hidalguenses. Por su seguridad y la de sus hijos, reservamos los nombres pero El Independiente de Hidalgo cuenta con el expediente de los testimonios y versiones estenográficas completas de las entrevistas.
“Cuando mi esposo llegó a la SIEDO, le pidieron que hiciera una declaración y lo amenazaron. Conocía a los funcionarios porque había trabajado con ellos en la PGR. Uno de ellos le dijo: ya sabes cómo soy y voy a fastidiar a tu esposa y a tu hija. Veme diciendo los nombres que quiero y te voy a dar beneficios, quiero que te conviertas en testigo protegido”. (Esposa)
“La visita es por módulos cada 15 días. La esposa de un policía de Tijuana me llamó por teléfono para avisarme que lo habían cambiado de módulo, por eso vine hoy pero después de tantas horas de viaje y estar formada en el frío me dicen que no, que sigue en el mismo y que me toca mañana. Tendré que quedarme y pagar 150 de hospedaje para verlo”. (Madre)
“Mi esposo y yo estamos pendientes de todo, no faltamos a la visita, pero yo me encargo de la lucha por su libertad. Andamos muy mal económicamente. Teníamos un negocio pero ya se vino abajo. Estamos llenos de deudas. Ya no sabemos de dónde sacar dinero”. (Madre)
“Mi esposo sólo tiene un riñón y desde que está en la cárcel no le han hecho ningún estudio. Casi no toman agua. Ha bajado 12 kilos y constantemente le duelen las piernas y la espalda”. (Esposa)
“A mis hijos les ha afectado mucho. Mi familia se desintegró. La niña se desubicó mucho, se hizo muy rebelde. Quiso irse de Pachuca, buscó un internado y estuvo un semestre fuera. El niño está un poquito más maduro pero terminó la prepa debiendo una materia porque bajó su rendimiento”. (Esposa)
“Después de ver a mi esposo en la SIEDO, regresamos a Pachuca. Me presenté a trabajar, tenía 5 años laborando ahí y me recibieron de una forma desagradable. Tuve que reponer mis horas hasta en domingo y el lunes me despidieron sin dos quincenas pagadas. Con palabras altisonantes me dijeron que valía madre que estuviera embarazada. Denuncié en la Junta pero ellos me demandaron ante la Procuraduría por un supuesto pagaré por 60 mil pesos con mi firma falsificada. Quieren embargar mi casa”. (Esposa)
“Afuera de la SIEDO pasamos tres días para que nos hicieran caso y llegaban licenciados que nos decían que si queríamos llevaban nuestro caso, pero yo dije que no porque no tenía mucho dinero. Luego llegó una persona que dijo llamarse Edith Ibarra –actual regidora en Pachuca por el PRD-, que nos iba a ayudar. Empezó a meterse en nuestro asunto y nos cobró 18 mil pesos para pagar a los abogados. Pero sólo nos robó el dinero”. (Madre)
“Tiene como representante legal un abogado particular. Tuve que vender una camioneta, me dieron 20 mil pesos. También pedí prestado 10 mil a rédito y 50 mil a un banco. El único ingreso que tenía era el salario de mi marido como policía municipal, ganaba 2 mil 800 pesos a la quincena y un bono mensual de 2 mil 400. (Esposa)
“En la SIEDO primero me pasaron a declarar. El agente se portó muy déspota. Me dijo: ¿sabe por qué está su esposo? Azotando la mano en el escritorio y mirándome muy de cerca. Yo conteste: no señor, por eso estoy aquí para que usted me diga. Me dijo: no se haga chistosa señora, usted debe saber muy bien que su esposo forma parte de una organización delictiva. (Esposa)
“Me abrazó y me dijo, te amo pero ya nos cargó la fregada (…) Lloramos juntos, no lo podíamos creer lo que estaba pasando. Me dijo que cuidara a mis hijas, que las amaba mucho (…) En eso nos dijeron, se acabó el tiempo. Sólo nos dejaron como cinco minutos. Salí de ese lugar dejando la mitad de mi vida”. (Esposa)
“Suspendieron la visita porque no estaba casada con él. El trámite se llevó tres meses, extraviaron mis papeles en tres ocasiones. Logré casarme con miles de trabas el 15 de julio de 2010. No tengo trabajo. Cuando mis hijas me piden de cenar sólo las abrazo y lloramos”. (Esposa)
“Mis dos hijos están en la cárcel. Mi esposo no lo soportó y murió al poco tiempo. Estando en vida consiguió un préstamo para pagar abogados. Hemos gastado como cien mil pesos.
(Madre)
*Investigación: Elsa Ángeles.
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