Luis Frías*

Lección 3

Me cayó de pelos. Se llamaba I, y era amiga de Ella. Ya habíamos ido con I un día antes al concierto de Ney Matogrosso, momentos antes de lo cual Ella y yo nos tomamos una cerveza en un boteco (así les dicen en Brasil a los barecitos). Intentamos hablar de por qué estábamos raros, con amabilidad que parecía hipocresía. Fue cuando me dijo la metáfora del perro que va tras las llantas de un carro y se frena sin saber qué hacer hasta que aparece otro carro al que corretea, y así. “Mucho tiempo fui ese perro; pero ahora que alcancé la llanta, estoy feliz, jugando con ella, brincando con ella”. Se refería a su vida en Porto Alegre, a su trabajo, a su esposo, a sus planes allí. “Te puedo ofrecer mi amistad, ¿la aceptas?” ¡Qué mierda! Pero en vez de eso, dije: “Claro, querida”, aunque por dentro algo me hervía. Solo alcancé a decirle que en México según yo ya me había resignado a que no habría nada, pero al verla tan guapa, tan cerca, todo el cariño y el deseo estaban volviendo. Pagamos y salimos a encontrarnos con I para el concierto de Matogrosso. Me bebí una cerveza y su performance gay antisistema me encantó.
Al día siguiente nos encontramos de nuevo con I, en el parque Farroupilha, así se llama. Después de comer unas garnachas brasileiras, llamadas acarajé, fuimos a otro concierto. En el carro, las dos iban hablando súper rápido portugués, no entendía bien, solo que hablaban del esposo de Ella que andaba en África Sur. Cuando llegamos, aquello era un montón de gente bailando música sabrosa, como rock con tropical con cosa de samba. Me pedí una cerveza. Me relajé chidísimo. De pronto, todos cantaban algo que reconocí: “Moro num país tropical, abençoado por Deus, y bonito por natureza, ¡mais que beleza!” Era, me explicó I, Jorge Benjor. Días después me iba a poner a buscar su música en Internet. En ese momento, con toda la gente bailando, incluyéndolas a ellas, me encantó. Brincamos, bailamos, coreamos. Uno que otro gritaba igual ¡Fora Temer!, ¡Fora Temer! Hay encabronamiento en Brasil por ese compa transa; muchas bardas pintadas con un puño apretado. Pero en el concierto no. Ahí sonreíamos mucho los tres.
Estábamos tan puestos que, aun cuando era domingo, algo tarde, nos fuimos a un bar en un área muy cuquis de la ciudad. Con decir que pedimos una jarra de clericó. Así, clericó con vino y frutas. Lo odio, yo puro trago fuerte, pero esa noche en la mesa con ellas dos me supo a gloria. La jarra estaba cerca de mi lado de la mesa, así que me tocó con gusto servirles a ellas. I me dijo “você é muito amável”, y Ella complementó, viéndome con una sonrisa con sus ojos dulces: “Luis é muito lindo, muito especial”. Luego I se fue al baño, ahí nos vimos a los ojos, con una sonrisa cariñosa, y estiré la mano para acomodarle el cabello. Luego volvió I y la noche siguió transcurriendo. Al carro caminamos tomados del brazo. Fue lindo, y llegamos a su casa. A dormir, nuevamente, cada quien en su cuarto. Seguro en las puertas. “No sabes lo que es estar dormido con Ella en la habitación de junto”, le guatsapeé a mi amiga colombiana.
Al día siguiente nos íbamos a Río de Janeiro. Desde el avión, todo se fue poniendo incómodo para mí. Ahí íbamos los dos, uno junto al otro, yo deseándola como perro, haciéndome el dormido, y ella leyendo una revista del viajero, sonriéndome con amabilidad, con amistad que yo no quería. Yo la quería a Ella. Al llegar, tomamos el bus hacia el hotel, Astoria Copacabana. En la recepción, un señor morenazo con anteojos dorados nos cobró y subimos en el elevador seis pisos. Al abrir la puerta estaba allí la cama. Una para los dos. Fue más de la incomodidad que podía aguantar. Encima de todo, iba a tener que dormir allí con ella, educada, respetuosamente, como primos. No, los primos a veces hacen cosas. Como tía y sobrino, sobrino y tía.
Salimos a comer. En un restaurante pedimos carne seca, con arroz; un plato estilo Minas Gerais, una región de Brasil. Qué jeta más larga habré traído, que ella me encaró de plano. “¿Qué está pasando? Estás peor”. “La verdad, estaba mejor sin venir a verte”. Puso la cara más seria que jamás le había visto. Que sienta lo que se siente, pensé. El hambre se me fue. Pedí una cerveza que me tomé, mientras ella apenas si pellizcaba un poco del plato. En silencio absoluto.
Nos devolvimos al hotel. Ante el mismo señor de lentes dorados, Ella preguntó por el precio de otra habitación. “¿Cómo –le dije– te vas a cambiar de habitación?” “Soy una mujer que le gusta preguntar, tener información”. Subimos al cuarto en el silencio más denso, ella fue al baño, yo me salí a, no sé, me salí nomás. Caminando topé un lugar que escupía a los borrachos a la calle. Chingón. Entré, qué caso tiene decir más, a beber. Cachaça y cerveza. Cachaça y cerveza. Guatsapeé a todos mis amigos mexicanos. Una señora que me contó que trabajaba cuidando a una viejecita habrá visto en mis ojos el estado en que iba. Desde México me llegaban guatsaps de ánimo, rompí en llanto profundo. La señora aquella me cuidó toda la noche. Un guatsap de Ella me preguntaba dónde estaba, y no atiné más que a tirar una foto del menú y mandárselo. Despuecito llegó, cuando yo ya estaba hecho un trapo inútil. Lo único que recuerdo es que le dije: “Tú fuiste a México y lloramos; ahora estoy aquí, y tengo derecho a llorar”. Una idiotez así. Es lo último que recuerdo.
La siguiente escena fue a la mañana siguiente, tirado en la cama del hotel, sin playera. Dando tumbos fui al baño a mear. Enfoqué la mirada hacia la mesita. Pronto entendí que no había ninguna de sus cosas. En la mesita solo se conservaba un tóper que habíamos llevado con panes, y unos papeles. Fui, y entre los papeles había una notita escrita por Ella: “Voy al Museu do Amanhã, y después tomo un vuelo a Porto Alegre. Cuídate mucho. En cuanto despiertes, llámame”. Y una carita feliz. Dejé el papel allí, me volví a tirar a la cama y cerré los ojos.

Lección 4

Había olvidado el traje de baño. Andaba con mi pantalón lila. Pero no quería lo que venden en la playa: pura zunga, un calzoncito apretado. Y yo con mis carnes fofas y blancuchas. Nel. Compré unas bermuditas y me renté un camastro para tomar el Sol.
Escuché con los audífonos mucho Jorge Ben Jor y puse como muchas veces “Águas de março”, ese bossa que le encantaba a Ella. No pensaba en nada. Veía las olas que se acercaban a la playa, donde las chavas jugaban. Pasaban muchos vendedores de silbatos zagueiros, zungas, chicheros, pipoca, como le dicen a las palomitas. Me compré una mantita que decía Copacabana. Luego unos camarones y agua de coco. Me animé. Un compa argentino me hizo la plática y me promocionó a su amigo colombiano que vendía tours. Le compré uno para el día siguiente. Sonreí con la idea de salir al día siguiente.
Después fui al hotel a bañarme y salí a Lapa, el barrio céntrico con muchos botecos. En uno me senté a autopsicoanalizarme. Llevaba mi cuaderno y me puse a ver si no estaba loco. Por qué me había puesto así la noche anterior. Hice un recuento de todo lo que habíamos hablado. Y resulta que sí, en los meses anteriores habíamos dicho, hablado, prometido mucho. Todo por celular, por guatsap, por feis. Pero de pronto la comunicación se fue entorpeciendo; o sea que la bruma se había instalado entre los dos. Y ahora que había ido a verla, toda esa bruma se estaba volviendo claridad. En ese espacio, Ella había decidido sus cosas, pero nunca me las había dicho. Y yo, ante la bruma, solo me fui alejando. Pero ahora que la veía, me volvía a entusiasmar; solo que mi entusiasmo encontró por respuesta una pared, una tía que esperaba a su sobrino. La claridad no me consoló, pero al menos me trajo calma. Y esa noche dormí tranquilo. Le mandé una captura de pantalla de mi cuaderno a mi amiga colombiana. Es una linda.
Al día siguiente, pasaron a las nueve de la mañana por mí para el tour. Ahí iba yo con mi pantalón lila. Fuimos directo al Cristo Redentor. Tiré fotos equis y las puse en mi estado de guatsap. En el tour iban una pareja de argentinos aminados, él y ella, que me cayeron muy bien. Cotorreamos hablando de cámaras y viajes. Luego fuimos a una catedral. Allí no tiré fotos. Luego nos llevaron a la parte de afuera del estado Maracaná. Tiré más fotos. Luego a comer. Me sentí tan contento de poder platicar con un compa de Minas Gerais que iba en el tour, Lucas. Me sentí orgulloso de todos los martes y jueves que me paraba de madrugada para tomar clase de siete a nueve de la mañana. En fin, después de comer un feijão un poco ruin, fuimos a la última parte del viaje: dos cerros hermosos llamados Pão de Açúcar. Se sube en teleférico. Fui tirando muchas fotos. Y al llegar hasta la parte más alta, al ver aquel mar azul suave, cuyo fondo se funde con el cielo en una bruma blanca, rompí en llanto. Tiré muchas fotos que volví a poner en mi estado de guatsap. Vi que Ella las había estado siguiendo. Fue un lindo paseo que me trajo mucha paz.
Le pude escribir, y lo hice con gusto. Después de todo, al día siguiente tenía que volver a Porto Alegre. Había dejado mis cosas en su casa. Tomé el vuelo de regreso, con mi pantalón lila aún. Nos encontramos en un centro comercial. Llegué antes para comprarme un nuevo pantalón. Entré a un baño de la plaza a cambiarme, y el otro lo guardé en la mochila. Nos encontramos en un lugar cualquiera. Nunca había visto en sus ojos tanto enojo. “Por favor, le dije yo, discúlpame. No tenía por qué haberme puesto así”. Nos sentamos. Hablamos de lo mucho que traíamos guardado, que finalmente había explotado en Copacabana. Yo insistí con mis disculpas; me nacieron sinceramente. No soy un violento. No sabía que había pasado. Las aceptó y su mirada se calmó. Se lo dije, y rió un poco. Ahora quedaba ir a su casa. Por mis cosas y a conocer, inevitablemente, al marido que ya había vuelto de su viaje.
Nos fuimos en Uber. Cuando entramos a su departamento, la que respingó fue la gata negra. Del fondo del pasillo, del cuarto de ellos, salió el esposo. Me saludó, para mi sorpresa, con amabilidad infinita. Y, a la brasileira, me dio un abrazo. Un abrazo honesto. Incluso me invitó una cerveza y acepté. Nos pusimos todos cómodos. Ella cenaba, él y yo tomando una cerveza. Solo me incomodé cuando se hablaron de “Meu amor”, y se tomaron de la mano con caricias. Entonces tomé mis cosas, y me despedí. No los volvería a ver sino días después. Yo me iba de viaje a Montevideo.

Lección última

Además de Montevideo, fui a Buenos Aires. Conocí una pareja de griegos, me encontré con una amiga mexicana que investiga a Felisberto Hernández, y topé de suerte a un amigo poeta en una esquina. Mandé muchos mensajes con Ella, de felicidad. De compas. Y muchos más con mi amiga colombiana. Cuando volví a Porto Alegre, porque de allí salía mi vuelo, me sentía como si estuviera volviendo a casa. Quería ya llegar a su casa, a lavar mi ropa, a jugar con su gata, a saludar al esposo, a Ella. Qué pedo. Algo me había pasado en Montevideo. Sí, pero también la había extrañado.
Fue por mí al aeropuerto, fuimos a comer. Nos reímos de lo que pasó en Copacabana. Así así, de reírnos con ganas y con mucha alegría. Después de eso, fuimos a su casa, lavé mi ropa y me tiré a dormir. Mientras dormía habrá llegado el esposo, pues cuando desperté allí estaba preguntando por mí. Amable, amable en serio. Por la noche fuimos con amigos de ellos a comer pitza y probar cervezas. Me divertí mucho. Pero como ese día por la mañana había viajado desde Montevideo, estaba muy cansado. Me estaba quedando dormido, y me hicieron el favor de irnos temprano.
El otro era el último día de mi viaje. Salimos también los tres, jajajá, a comprar los recuerditos para llevar a México. Comimos juntos. Nos divertimos. Al menos yo. Luego, por la tarde comimos en su casa, y por la noche salimos a una cosa como una parranda juvenil en un bodegón con una DJ. Mujeres hermosas. Íbamos los tres, y unos compas de Ella. Me la pasé bien hasta que la vi besarse con el marido. Mierda, mierda, mierda. Pero no dejé que eso me pegara más. Ya nomás faltaban unas pocas horas para volver. En un poco rato tomamos un Uber para su casa. Saqué mi maleta y ella se ofreció a llevarme al aeropuerto. En cualquier otra circunstancia, claro que sí, pero hoy no, chula. Ni lágrimas ni nada. Me voy, y te quedas con tu marido. “No, no es necesario. Quédense a descansar”. “Okey”, me dijo. Y tomé el Uber que me llevó al aeropuerto. Eran las tres de la mañana. Mi vuelo salía a las seis. Antes de abordar, me compré un pão de queijo y un café, mientras hojeaba un libro del escritor cubano Pedro Juan Gutiérrez.
Un par de días después, una mañana, ya en México, llegó mi amiga colombiana a la casa y le di un abrazo grande, que duró largos instantes. Le entregué un mate que le había traído de Montevideo. Y nos pusimos a platicar de todo lo que ya habíamos intercambiado en el viaje a través de guatsaps. Preparé pão de queijo. Hablamos también de ella y de su esposo. Es una linda. Me encanta sentir su lindeza cerca. Si aprendí algo en Brasil fue a ser cariñoso. A querer. Si las cosas no se pueden de otro modo, de todos modos querer. Querer por querer.
Días después me volví a escribir con Ella. “Querida”, empecé así el guats, que ha seguido más y más guats. Seguro nos volveremos a ver.

*(Ciudad Sahagún, 1986). Escribe y también realiza cine. Fue becario del Foecah en dos ocasiones y obtuvo apoyos del Pacmyc en otras dos ocasiones. Es realizador de los documentales Ciudad Nostalgia, Fervor del polvo y Lejos cerca. Se graduó de historia de México en la UAEH y de letras hispánicas en la UNAM. Actualmente cursa la maestría en letras modernas en la Universidad Iberoamericana de la Ciudad de México, donde estudia tres novelas del escritor Yuri Herrera.

INVITACIÓN

 

 

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