En esta vida, si hay algo que no se puede planear es el amor. Nunca es como se piensa o planea. Sucede en torno a un pomo, un churrito, un café, una conversación en Messenger. A veces se pasa directamente a la acción, otras hay citas con cena formal o tacos al pastor de por medio; frecuentemente salen dos personas y es un fiasco: no ocurre nada, no hay diálogo, ni manos que se toman nerviosas. O hay amores sólidos, de esos que duran años y años. O hay guarromances, divertidos, obscenos, fugaces, como el del relato que hoy escribe Mario Luna en este Maldito Vicio.

Mala leche

Reconozco que había algo de travesura en mi idea de presentarlos. Dos semestres atrás, José Luis había sido mi alumno en un curso sobre los poetas malditos franceses. Era el más entusiasta, el más receptivo, y yo cometí el error de inflarle el ego tomándolo de favorito. El resultado fue que, si algún talento tenía, se lo comió su vanidad. Como además era un muchacho guapo, para el final del semestre era ya uno de esos tipos que hacen lo posible por inscribirse en un gremio bastante desprestigiado: el del intelectual galán. Ciertamente, con las poses que había asumido por culpa de Baudelaire y de Rimbaud logró impresionar a dos o tres de sus compañeras, convertirlas en sus amantes, hacerlas sufrir unos meses (merecido se lo tenían por tontas) y luego abandonarlas. Mi curso terminó, pero él siguió buscándome en los pasillos; me llevaba sus poemas en busca de una opinión. Estaban bien escritos en general y él no me caía mal. Así que nuestras conversaciones se hicieron más frecuentes y acabamos yendo a una cantina cerca de la universidad. Ahí fue donde empezó a rondarme la idea.
–Estoy harto de las jovencitas –me dijo, ya medio borracho.
–Pues a mí me siguen fascinando –le respondí empinándome la copa como para invitarlo a beber más–. Si no fuera por eso, ya ni daría clases.
–Yo quisiera una mujer bien hecha, una hembra.
–¿Como a qué edad, según tú, se hacen hembras las mujeres?
–Como a los 35.
Elizabeth pronto cumpliría 40, así que, por definición del poeta en ciernes, era una hembra hecha y derecha. Al calor del tercer ron empecé a describirla: profesora de estudios isabelinos, melena rojiza-dorada, empedernidamente soltera…
Esto último atrapó su atención, así que fui soltando más.
–Es una gran conversadora, tiene lo que yo llamaría una inteligencia lujuriosa, perversa. Pero se las da de inconquistable; a varios de la facultad nos ha bateado sin misericordia. Ahora que lo pienso quizá es porque prefiere a los de tu tipo, pubertos sin experiencia.
Su risa nerviosa me dejó ver cuán incauto era y por un instante pensé en cancelar todo. Pero él insistió con esa seguridad insolente que lo caracterizaba y decidí seguir adelante. Le propuse que llegara al Marlowe, un café cercano donde había quedado de reunirme con ella el viernes siguiente. Si después de vernos a la distancia seguía dispuesto a conocerla, solo tenía que acercarse a saludarnos y yo los presentaría casualmente.
Llegado el viernes recibí a Elizabeth con una reverencia, como siempre. Ella me correspondió con el “No mames, pendejo” acostumbrado que, en su voz aterciopelada, tenía un dejo de caricia. Por esa voz la conocí, años atrás, en la biblioteca de nuestra facultad. Pasillo tras pasillo, fui siguiendo su susurro hasta que la vi. Lo vi. Entonces era un pelirrojo flaco, a la Bowie, enfundado en un estrecho abrigo negro. Antes de abordarlo, eché un ojo a los libros que había elegido: identidad no binaria, género fluido… y La reina hada de Spenser.
–Háblame de ese alumno tuyo –me dijo divertida, mordisqueando el borde de su taza. La espuma le quedó en los labios y yo aún estaba mirándolos cuando José Luis llegó…
–Maestro, qué gusto encontrarte –saludó, más expresivo que de costumbre–. Terminé el poema. Tenías razón, el abuso de algunas imágenes le restaba fluidez a los versos.
Actuaba con indiferencia ante la presencia de Elizabeth, hasta que lo interrumpí.
–Te presento a una de mis queridas amigas, compañera de la facultad y amante de la poesía.
Entonces se volvió hacia ella.
–Señorita, un placer.
Le tomó la mano con delicadeza apenas tocándole los dedos, inclinando ligeramente la cabeza. Ella no tuvo que fingir interés porque le gustó de inmediato. Me contó que al verlo recitaba en su mente: “Ángel de salud lleno… ángel de beldad lleno…”, mientras un cosquilleo fogoso lamía su vientre.
–Hermosas manos tiene usted, bella señora: parecen magnolias, lechos de rocío; sobre mi espalda alguna fría mañana ojalá me den cobijo –lanzó el sugestivo verso para impresionarla mientras se sentaba junto a ella.
Elizabeth dejó caer su cabellera, perfumada en exceso, hacia José Luis, luego cruzó la pierna mostrando sus muslos. Tomó la taza de café, llevándola despacio hacia sus labios engrosados de rojo. La espuma los volvió a cubrir. Sacó la lengua para limpiarlos. José Luis no dejaba de observar cada uno de sus movimientos, sobre todo las manos: le parecieron muy grandes pero seductoras. Ella percibió la atracción que provocaron.
–¿Así que escribes poesía?
Eso dio pie para que el vanidoso poeta mencionara los comentarios que yo había vertido sobre sus poemas y los que le habían publicado. Yo esperaba que ella en cualquier momento le bajara el ego, pero solo miraba el rostro del que llamaría después su perfecto ángel-demonio.
Ese entusiasmo me dio celos. Así que tuve otra de mis malvadas ideas:
–Le voy a contar tu secreto.
–No lo harás.
–Sí lo haré. A menos que me dejes ver.
–¿Qué quieres ver?
–Cuando te lo cojas. Si no, despepito. Igual no me cree, pero por lo menos te voy a arruinar el factor sorpresa.
Elizabeth pareció pensarlo.
–Está bien. ¿Cómo le hacemos?
–Me dejas que me encierre en el clóset. Entreabierto.
–¿Ahí te vas a quedar todo el tiempo?
–¿Por qué no? Me preparas un termo de café y una botella de plástico para mear.
–No me vayas a mear mi ropa ni mis zapatos, cerdo –fue lo último que dijo Elizabeth esa tarde.
Un par de semanas después, todo se dispuso como estaba planeado. Los primeros escarceos tuvieron lugar en la sala, así que me perdí una parte, no mucho, porque cuando Elizabeth y José Luis llegaron a la recámara, lo único que se habían quitado era los zapatos. Traían el pomo y los vasos y, en lugar de pasar directamente a la acción, siguieron chupando y platicando. Empezó a darme sueño… y eso fue lo último que recordaría.
Desperté en la cama, en medio de los dos, los tres desnudos. Elizabeth y José Luis empezaron a carcajearse y a hacerme bromas que jamás contaré a nadie, agitando ante mis ojos el empaque del somnífero que me tragué en el café.
Pocos meses después, José Luis se fue a Europa con una beca. No volvimos a verlo ni a saber de él. Yo seguí siendo amigo de Elizabeth, con la esperanza de que un día me contara lo que de verdad pasó esa noche. Pero solo se ríe y vuelve a torturarme con sus chistes obscenos.

*Hizo estudios de ingeniería agrícola,
sociología y letras hispánicas sin terminar nada porque de todo se desilusionó. Actualmente es propietario de una pequeña tienda de abarrotes, de esas que en todas partes se llaman “La Chiquita”. Ahí, usando el mostrador como escritorio, escribe sus cuentos entre cliente y cliente.
Mala Leche forma parte del especial Guarromance, de la revista Letras Raras, edición bimestral producida por Sad Face y Elementum.

Mis pequeñas enamoradas

Un hidrolito lagrimal lava
los cielos color de berza
bajo el árbol de tiernos retoños
que vuestros cauchos babea,
blancos, con sus lunas singulares
y sus redondos pialatos:
¡entrechocad vuestras rodilleras
mis adefesios amados!
En aquellos tiempos nos queríamos,
¡mi azul y triste adefesio!
comíamos huevos al minuto
y murajes color cielo.
Una noche me ungiste poeta,
mi adefesio rubio y garzo:
ven a mi lado, quiero azotarte
cuando estés en mi regazo.
Vomité tu crasa bandolina
lustroso adefesio negro:
tú, mi bandolón me cortarías
por lo sano, a ras del pelo.
¡Qué asco, mi saliva reseca,
adefesio pelirrojo,
emponzoña aún las trincheras
de tus dos pechos orondos!
¡Pequeñas enamoradas mías,
cuánto y cuánto puedo odiaros!
¡Parchead con tristes bofetadas
vuestras tetas, que dan asco!
¡Saltad, saltad, viejas escudillas
repletas de sentimiento;
vamos, saltad, a ser bailarinas
tan solo por un momento!
Los omóplatos se os desencajan,
amores, amores míos:
con una estrella en el lomo, cojas,
¡a seguir con vuestros giros!
¡Y para colmo, yo he rimado
en honor de estos perniles!
¡Si os pudiera romper las caderas
y de mi amor redimirme!
Montón sin gracia de estrellas rotas
volved a vuestros rincones
–Reventaréis en Dios, bien cargados
de ignominia los serones.
Bajo las lunas particulares
y sus redondos pialatos,
¡entrechocad vuestras rodilleras,
mis adefesios amados!

*(Charleville, Francia, 1854-Marsella, id, 1891)
Poeta francés. Su obra, de marcado tono simbolista, está profundamente influida por Baudelaire, por su interés en el ocultismo, en la religión y en la exploración sobre el subconsciente individual.

DIRECTORIO MALDITO

Director del mal: Jorge A. Romero
Colaboradores viciosos: Mayte Romo, Ilallalí Hernández, Alma Santillán, Enid Carrillo, Erasmo Valdés, José Luis Dávila, Diego José, Óscar Baños, Luis Frías, Rafael Tiburcio, Abraham Gorostieta, Negra Magallanes, Elizabeth Rivera, Daniel Fragoso, Julia Castillo, Isabel Fraga, Antonio Madrid, Jorge Daniel el Ene, Víctor Valera, Sonia Rueda, María Elena Ortega, y otros que, si bien no están, podrían caer en el vicio algún día.
Ilustración: Especial
Diseño: Cuauhtémoc Ríos

TUITIZA LOCA

Si yo fuera mosquito, hubiese muerto hace años en esas piernas. #Guarromance

Lord Cecropia
@DforDavo

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