En el artículo anterior de esta columna analizamos los inicios de la Constitución mexicana de 1917 y cómo ésta ha permeado hasta nuestros días, es cierto que varias reformas ha tenido a lo largo de los años, sin embargo lo poco que queda de ese espíritu revolucionario y jacobino contra las arbitrariedades de unos pocos contra muchos aún se puede percibir en artículos tan importantes como el tercero, 27 y 123.
En la sesión inaugural del constituyente, el primero de diciembre de 1916, Venustiano Carranza presentó a los diputados su proyecto de ley, el cual solo pretendía adecuar la carta magna de 1857. La postura reformista de Carranza se dejaba ver a todas luces, él no era ni pretendía ser un revolucionario sino un reformista, solo eso.
El mensaje de Carranza no dejaba lugar a la duda: “Ajustemos la Constitución a los tiempos y continuemos adelante”; sin embargo, desde aquella sesión, el ala jacobina del Congreso se opuso tajantemente a sus ideas. Así, Hilario Medina –representante de Guanajuato– dejó bien sentado su proyecto de nación. “La Constitución de Querétaro es una nueva Constitución, no una simple reforma anterior”.
A pesar de las divisiones entre reformistas y revolucionarios, desde el primer día de sesiones fue evidente que Carranza obstaculizaría la promulgación de una nueva Constitución: retrasó la entrega del proyecto constitucional –los diputados lo recibieron el 6 de diciembre–, y mientras tanto, según lo narra Charles C Cumberland en su libro La Revolución mexicana. Los años constitucionalistas, el primer jefe hizo todo lo posible para controlar la comisión de la Constitución, que tenía a su cargo la responsabilidad de presentar el proyecto para cada artículo.
Sin embargo, afortunadamente la finalidad de Carranza quedó derrotada luego de fuertes enfrentamientos y las comisiones que redactarían los artículos quedaron integradas por partidarios jacobinos que estaban comprometidos con el ideal revolucionario.
La primera batalla entre jacobinos y moderados se dio con el artículo tercero, propuesto por Francisco J Múgica, el cual decía a la letra:
“Habrá libertad de enseñanza, pero será laica la que se dé en los establecimientos oficiales de educación, lo mismo que la enseñanza primaria, elemental y superior que se imparta en los establecimientos particulares. Ninguna corporación religiosa, ministro de algún culto o persona perteneciente a alguna asociación semejante podrá establecer o dirigir escuelas de instrucción primaria, ni impartir enseñanza personalmente en ningún colegio. Las escuelas primarias particulares solo podrán establecerse sujetándose a la vigilancia del gobierno. La enseñanza primaria será obligatoria para todos los mexicanos y en los establecimientos oficiales será impartida gratuitamente.”
Félix F Palavicini, representante de Carranza, vociferó contra el radicalismo de Múgica argumentando que los padres de familia podrían llevar a sus hijos a las escuelas confesionales si así lo deseaban, exigió que no se aprobara ese artículo, sin embargo, afortunadamente y a pesar de los sabotajes tan pueriles de Carranza al cortarles el suministro de luz durante las noches a los diputados, no tuvieron éxito y la laicidad de la educación quedó consagrada en el artículo tercero.
Continuaremos el próximo domingo analizando los porqués acerca de la carta magna y los vericuetos que tuvo que pasar para lograr ver la luz; aprovecho también para hacer una atenta invitación para que escuchen El Tlacuilo el jueves 16 del mes en curso en punto de las 18 horas por la emisora de Radio Universidad (UAEH), en donde se abordará la historia de las constituciones mexicanas hasta el día de hoy.
Hasta la próxima, amigos lectores y radioescuchas.

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Edad: Sin - cuenta. Estatura: Uno sesenta y pico. Sexo: A veces, intenso pero seguro. Profesión: Historiador, divulgador, escritor e investigador que se encontró con la historia o la historia se encontró con él. Egresado de la facultad de filosofía y letras de la UNAM, estudió historia eslava en la Universidad de San Petersburgo, Rusia. Autor del cuento "Juárez sin bronce" ganador a nivel nacional en el bicentenario del natalicio del prócer. A pesar de no ser políglota como Carlos V sabe ruso, francés, inglés y español.