La niña Margarita poseía “una sonrisa blanca” que circulaba por su sangre –como dijo en su poema–, con una sed inacabable y una soledad que no la asustaba porque era su espacio para soñar y para imaginar. Por eso, le resultaba tan sencillo confundir al pájaro con la música y al “aire con su hechizado instrumento”. Seguramente su infancia en la Bella y Airosa fue el pretexto ideal para tener la certeza de que el “hermoso oficio” del naranjo es “hacer soles menores”. Y caminaba por los paisajes hidalguenses para jugar a que recogía esos signos y palabras “que se le caen a Dios entre la hierba”. Ella misma evocaba constantemente su niñez en las entrevistas que le llegaban a hacer. En una charla con Héctor Azar, dijo:
“¿De dónde eres?
De Pachuca, Hidalgo. Soy minera.
Y de Pachuca te viniste para acá.
Si pero muy chiquita.
Yo no sé nada de tu familia. ¿Cómo era?
Éramos mi papá, mi mamá, mis hermanitos y yo. Mi mamá que era vascuence, tuvo un terrible problema de Rh negativo y mis hermanitos se morían muy chiquitos. Por fin, logró tres que eran: Matilde, Leopoldo y yo, que fui la mayor. Mi padre era un hombre muy adusto y su frase para nosotros era: – Me agrada mucho la paz. Y mi mamá era una castañuela, la pasábamos muy divertidos; nos íbamos a caminar por donde vivíamos para buscar algún detalle arquitectónico ridículo, pues era muy criticona, no de la gente, sino de las cosas… Claro, la muerte de mi hermano fue un golpe terrible para mí, yo tenía 19 años…
Lo sentiste mucho.
A tal punto que aún ahora lo sueño.”

Pero esa niña, descrita por algunos biógrafos como flaquita y “extraña”, ya tenía una certeza. Así, otro reportero trazó la infancia de la poeta:

“Margarita Michelena había venido de un pueblo de Hidalgo. Ahí había transcurrido su niñez, extraña niñez que no necesita de muñecas, amigas y matatenas. Las gentes del pueblo habrán creído que estaba enferma esa niña delgadita y seria cuya tristeza no se conmovía ni ante los dulces ‘alegrías’ que cualquier niño mexicano normal puede saborear a tres por centavo. Habrán creído que estaba enferma o que estaba ‘locada’. Porque era eso de que en lugar de vestir muñecas y jugar a los listones, se fuera allá por detrás de la casa, al patio, con un cuadernito y un lápiz, solita y sin hablar a nadie. Habrán creído que estaba enferma o que estaba ‘tocada’. Lo que no creyeron nunca es que esa niña flacucha de siete años se escondía entre los magueyes para escribir versos. Versos azul ingenuidad, como el cielo y el mar y los ojos de su madre. Sus temas.”

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Profesora investigadora en la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo. Doctora en ciencias políticas y sociales por la UNAM. Especialista en estudios de la mujer por El Colegio de México. Ha publicado una gran variedad de libros y artículos académicos. Es columnista tanto en medios impresos como digitales. Ha recibido diferentes reconocimientos por su trayectoria feminista y periodística.