“Margarita frente a nosotros es toda su desafiante sencillez, en su ingenio verbal inagotable, en su pasión indeclinable por la vida y la dignidad… La Margarita plural que ríe, cocina, besa a sus nietos, orienta a sus hijos, ayuda a sus amigos, urde las bromas de más sabrosa hondura, orla de oprobio a sus enemigos, cree en Dios padre todopoderosos y, sobre todo, aunque no lo confiese, en el Espíritu Santo, con quien cultivó una intimidad lúcida hecha de guiños, alegría y perdón sacramental para todos… menos para los tibios, los vacíos, los deshonestos o los confusos… Vayan pues, estas palabras mías a mi hermana de elección, a la Margarita profunda, terrible, que sabe reír con una risa que celebra el talento y se nutre en la razón, o lamentarse con el duelo cósmico de los poetas y los visionarios.”
Cuántos homenajes a lo largo de su vida pero un día Margarita Michelena intuyó su destierro, el mismo que predijo en un su propia poesía.
Fue así como esa vida activa, esa vida de ideas y pensamientos, de retos y aventuras tuvo un abrupto alto. En 1995, un síndrome provocó que su cerebro drenara líquido y empezara a perder lucidez, a caminar con dificultad, a perder el habla. Durante tres años estuvo enferma y fue operada. La recuperación fue lenta. Su hija Andrea Cataño la cuidó, la ayudó para que siguiera escribiendo.
Por simple tenacidad y capricho, por esa necedad de salirse con la suya, Margarita Michelena se fue recuperando. Dejó la silla de ruedas, regresó a su casa, volvió a tener la independencia y el dominio de la palabra.
El 26 de marzo de 1998 Margarita llamó a su hija para invitarla a comer. Andrea estaba muy ocupada y le dijo que mejor en otra ocasión. Pero a lo largo del día, le parecía escucharla: “Mi niña preciosa. ¿Si vienes a cenar?” Y a cada hora aumentaba en su alma una angustia inexplicable pero muy cierta. Lo más pronto posible volvió a llamar a su madre y le dijo que ahora ella la invitaba a comer. Fueron a un restaurante. Platicaron de temas de política, de literatura, de cosas cotidianas. Ya saboreaban el postre y de pronto… Margarita empezó a toser, a toser, a toser… A no poder respirar… A faltarle el aire… No poder respirar… La asfixia ante los ojos de Andrea, ante el terror de una mujer que se siente una niña que no sabe qué hacer. La desesperación de una hija que siente perder en las manos la vida de quien se la dio tan generosamente… Las palabras pierden aliento, las frases parecen sofocarse, las ideas girar en una espiral asfixiante. Suspiros entrecortados que se aferran a los paisajes de la Bella y Airosa. Exhalaciones que se detienen ante el poema que sigue latiendo. Alientos que ya no pueden aferrarse a la palabra impresa. Respiros que ya no rozan la vida, que quieren poner punto final a la inspiración. Margarita se va sin aliento, Margarita guarda silencio por primera vez sin su vida, con su muerte. Jaime Sabines, lloró con nosotras:
“Tantos quieren decirnos cómo vivir, qué pensar, en cuáles formar preparase a la muerte que su ruido me aturde. “Ya no sé nada. Hoy solo quiero refugiarme en tus versos.”

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Profesora investigadora en la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo. Doctora en ciencias políticas y sociales por la UNAM. Especialista en estudios de la mujer por El Colegio de México. Ha publicado una gran variedad de libros y artículos académicos. Es columnista tanto en medios impresos como digitales. Ha recibido diferentes reconocimientos por su trayectoria feminista y periodística.