De nuevo la Luna y el pozo juntos en una doble mirada de caída. Y aquello es tan parecido a su pesadilla de los caballos enloquecidos pisoteándolo. Se seca el sudor frío de la frente y mira los nubarrones que ciegan el cielo negro con sus brumas. Tiene el ánimo decaído por los presentimientos y el temor lo hace prisionero de sus caprichos. Ni siquiera el recuerdo del cuerpo moreno que había abrazado y besado hasta la extenuación la noche anterior lo saca de aquella postración hecha de tristeza y desolación. Suspira en andaluz, hondamente, con aquel quejido profundo salido de las casitas blancas aplastadas por el Sol que él conoce tan bien. El aire huele a sangre y entre las brumas asoma una Luna roja de presagio. Se santigua para espantar a las sobras que desde hace tiempo lo tienen prisionero, pero no consigue que estas se vayan, las tiene clavadas en los ojos. Si al menos pudiera dormir, a visitar aquellas imágenes soñar un sueño tranquilo; sin que en él le vinieran terribles de su cuerpo destrozado por los caballos.
“Federico -se dice a sí mismo- estás temblando como una virgen el día de su noche de bodas”. No es una buena comparación, pero no importa. Sabe perfectamente que significa esa imagen para él: la corona de azahares en el suelo, junto al vestido de novia, la cara avergonzada tapada con el borde de la sábana, el cuerpo intuido por el hombre moreno que lo contempla antes de acercarse y dejarse perder en la piel de leche temerosa que lo recibe.
Federico no duerme, tiembla sacudido por las angustias de las sombras sigilosas que se acercan escondidas entre los dedos de las manos. “Iré a Granada y te burlaré. Allí no me encontrarás, allí los caballos son pacíficos”.
Sueño de esperanza y vida, amanecer que espera en esa noche de desolación y angustia en la que el corazón se agita y las palabras se desvanecen como si nunca hubiesen existido. Y en la boca un poso amargo de sepultura. La muerte que se acerca.
Caminan despacio, con la cabeza de medio lado, como si les pesara. La noche está avanzada y la Luna redonda tiene una aureola de sangre alrededor, pero sigue siendo hermosa. Huele a tomillo y romero, a hierbabuena y albahaca. Una mezcolanza de campo que llena los pulmones de aquellos condenados con la última savia de la vida.
A los lados de la cuneta los olivos son sombras retorcidas que acrecientan su miedo. Los sonidos son de los pies que se arrastran sin rumbo, alejados del propio andar. El canto de los grillos araña sus oídos.
Se cae, lo levantan. El traje blanco embarrado sigue teniendo el rastro de la última agua de colonia que la mano de la madre roció con cariño. Sus compañeros huelen a su mismo miedo. Sus trajes negros los confunden con las negruras de un abismo sin fondo, sus ojos reflejan la aureola roja de la Luna. Uno de los soldados se pone a cantar una copla para espantar su espanto. El de blanco se gira para mirarle la boca.
Después de la canción todo el mundo se hace silencio, hasta los grillos callan. Solo la sombra del olivo permanece allí, a la espera de los cuerpos retorcidos que la alimentaran. Los de atrás se paran. Los de adelante caminan despacio, con las manos juntas por primera vez. Ya no hay miedo en ellos, sino espera; Luna negra en el pozo de sus ojos.

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Doctor en ciencias políticas y sociología por la Universidad Autónoma de Barcelona, maestro en análisis y gestión de la ciencia y la tecnología por la Universidad Carlos III de Madrid. Profesor investigador de la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo. Autor de varios libros y artículos indexados. Columnista de Libre por convicción Independiente de Hidalgo.