El Tratado de Guadalupe Hidalgo se firmó el 2 de febrero de 1848 en la villa de Guadalupe, localizada al norte de la Ciudad de México. Con ese acuerdo, México daba fin a la guerra que mantuvo con Estados Unidos, cediendo más de la mitad de su territorio (California, Nevada, Utah, Nuevo México, Texas y partes de Arizona, Colorado, Wyoming, Kansas y Oklahoma).

Entre 1821 y 1846, México se debatía en su organización como país, por lo que fue un blanco fácil de la invasión estadunidense. Ambos países mantenían una relación de reclamos y constantes ocupaciones norteamericanas de diferentes territorios no acordados, como son los alrededores de los ríos Bravo y Nueces, y el territorio de Coahuila. Algunas batallas generaron la muerte de soldados, pretexto suficiente para que el presidente de Estados Unidos James K Polk declarara la guerra en mayo de 1846, con la justificación de que en territorio norteamericano se había derramado sangre de sus propios hombres, aunque en realidad había sucedido en “tierra de nadie”.

Es así como la guerra entre México y Estados Unidos se mantuvo durante los primeros meses de 1847. Al presenciar las constantes derrotas de los mexicanos, se enviaría a un comisionado norteamericano Nicholas P Trist para negociar un tratado de paz en el que México se comprometiera a ceder Nuevo México y las Californias a cambio de una indemnización de 30 millones de dólares y el libre paso por Tehuantepec. Esta y otras ofertas fueron rechazadas por el gobierno del general Antonio López de Santa Anna.

Las batallas de Molino del Rey y del Castillo de Chapultepec representaron el desastre cumbre para los mexicanos, con la toma de la capital a mediados de septiembre. El Ejército de Santa Anna se dividió y él renunció a su cargo, además de que partió al exilio nuevamente. Manuel de la Peña y Peña, presidente de la Suprema Corte de Justicia, suplió a Santa Anna.

En esas fechas, Nicholas P Trist aceptó reunirse con los comisionados mexicanos Bernardo Couto, Luis Gonzaga Cuevas y Miguel Atristain, siempre y cuando se respetara como punto de partida la propuesta inicial. Tras largos debates, el Tratado de Paz, Amistad y Límites se firmó en la villa de Guadalupe Hidalgo el 2 de febrero de 1848 y el 30 de mayo quedó establecida la paz.

La firma del tratado representó una profunda tristeza para los mexicanos, sin mencionar el grado de humillación que puede significar perder la confianza de tu pueblo, incluso fue vergonzoso para el propio Trist, quien afirmó que: “Si esos mexicanos hubieran podido leer mi corazón en aquel momento, se hubieran percatado de que mi sentimiento de vergüenza como americano era más profundo que el suyo como mexicanos…. Este había sido mi sentimiento en todas nuestras conferencias, especialmente en momentos que tuve que insistir en aspectos que detestaban. Si mi conducta en esos momentos hubiera estado gobernada por mi conciencia como hombre y mi sentido de justicia como americano, hubiera cedido en todas las instancias. Lo que me impidió hacerlo fue la convicción de que el tratado entonces no tendría la oportunidad de ser ratificado por nuestro gobierno”.

La firma histórica del Tratado de Guadalupe Hidalgo estableció que México cedería más de la mitad de su territorio a Estados Unidos, después de haberse enfrentado en una guerra de cerca de dos años tras las pretensiones de expansión del país del norte y la inestabilidad que reinaba en una de las peores épocas de la historia de nuestra nación. Mientras esto sucedía en México…

En pleno contexto de la Revolución Industrial (primera etapa), en Europa se vivía un periodo revolucionario que abarcó la primera mitad del siglo XIX: la revolución de 1820, la de 1830 y las de 1848. Estas últimas, con carácter liberal como las anteriores, tuvieron como sello distintivo una causa nacionalista y una primera organización de tipo obrera. Las revoluciones de 1848, dentro de su ideología liberal, no solo tuvieron como base social a la burguesía y a los obreros (como en Francia), sino que hubo también participación aristócrata como en Hungría. Surgieron en Francia, pero tuvieron repercusión en diferentes territorios europeos.

Para los liberales franceses, la Revolución de 1848 representó la abdicación del rey Luis Felipe I y la entrada a la segunda República francesa. Una marcha de protesta encabezada por estudiantes y seguida por obreros desencadenó un movimiento que primero se intentó reprimir de manera pacífica, pero al final terminó en tragedia. Las protestas de los dos días que duró esa insurrección tuvieron enorme eco en otros países europeos.

España vivía bajo el reinado de Isabel II –considerada sin dotes para gobernar– y los dictados de la nueva Constitución de 1845. Al periodo en que las revoluciones de 1848 tocaron en esa región se le conoce como la Década Moderada. Todo marchaba con estabilidad hasta que el presidente Narváez –considerado también un dictador– reprimió con mano dura las insurrecciones de los liberales. En ese año se inauguró el primer ferrocarril (Barcelona-Mataró).

En la Confederación Germánica se suscitó la Revolución de marzo, que ocurrió en sus principales territorios: Austria y Prusia (entre otras regiones fuera de la confederación). Se pretendía principalmente dar fin al régimen de la nobleza, instaurar un parlamento y lograr la unificación alemana. Hubo insurrecciones en ciudades y en el campo; hubo fracasos y grandes logros como en Viena. Wagner, el músico, se sumó de manera activa para apoyar la revuelta en Dresde.

En los estados de los Habsburgo –casa real de Europa que gobernó varios países a lo largo de la Historia– se suscitaron diversos levantamientos en paralelo que pusieron en alto riesgo la continuidad del imperio austriaco y otras regiones dependientes de Europa central, Italia y los Balcanes. Las revoluciones de Francia y Europa central fueron también motivo para la sublevación de Polonia de 1848 contra el dominio ruso.

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Edad: Sin - cuenta. Estatura: Uno sesenta y pico. Sexo: A veces, intenso pero seguro. Profesión: Historiador, divulgador, escritor e investigador que se encontró con la historia o la historia se encontró con él. Egresado de la facultad de filosofía y letras de la UNAM, estudió historia eslava en la Universidad de San Petersburgo, Rusia. Autor del cuento "Juárez sin bronce" ganador a nivel nacional en el bicentenario del natalicio del prócer. A pesar de no ser políglota como Carlos V sabe ruso, francés, inglés y español.