Pachuca.-

13:09. En el cine Teresa, hoy convertido en una plaza de tecnología, es fácil encontrar abundancia de accesorios para celulares y dispositivos móviles. Entré a ver qué cubierta calzaba con mi modelo de teléfono, pero ya que se trata de uno poco usual, debía preguntar en diferentes locales. Poco a poco me interné en los pasillos, hasta que di con uno en el que parecían tener suficiente variedad.
Me acerqué a la señorita detrás del mostrador e inmediatamente después de darle las buenas tardes, su mirada se levantó alarmada. Volteé hacia donde apuntaba su cara y devolví el rostro hacia ella, que con prontitud había rodeado el mostrador para llegar al pasillo donde se paró a un lado mío.
Apenas me salió un mustio “¿Qué…?” de la boca, cuando entendí el motivo de la reacción de la joven: bajo nuestros pies había comenzado un sismo. “Está temblando, tenemos que salir”, “Mis cosas”, “Son cosas, se pueden recuperar”, le respondí. En un momento ya la estaba jalando del brazo, con el mismo sentimiento de falta de etiqueta que impone el apremio, pero es segunda naturaleza en la Ciudad de México cuando surge un temblor: jamás nunca importa quién está a tu lado, pero sí es decisivo que aquél con quien te encuentres, sea quien sea, esté a salvo contigo.
El pánico no tarda en aparecer. Clientes y propietarios se convierten en una turba que baja de los pisos superiores cayendo unos sobre otros, mientras atrás de nosotros viene una estampida de todos los que están al fondo de la antigua sala, huyendo de lo incierto. En medio de los gritos y el inconfundible sonido del temblor, aparece un tercer ruido, macabro, más amenazante y peligroso: el de concreto que se cuartea mientras la tierra se mueve y llega el último aviso para mirar solo hacia adelante en dirección a la salida, pedazos que se desgajan del techo empiezan a caer.
A un lado nuestro cae una señora de edad avanzada en medio de dos mostradores. Dos personas se inclinan para ayudarla. Volteo hacia atrás y la multitud corre como puede hacia nosotros, con pasos titubeantes. Llegamos a la salida, pero el suspiro de alivio tarda en salir.
Muchos pretenden saltar la tubería que sirve de valla para impedir el paso hacia la avenida y por poco quedamos aplastados contra la estructura, que no es la menor de las noticias. Estamos abajo de una de las marquesinas más grandes de Eje Central, que parte del muro de entrada y llega más allá de la banqueta. Nos recorremos hacia un lado, esperando los últimos segundos del movimiento hasta que, una vez concluido, todos los propietarios regresan corriendo al interior del edificio para rescatar su inversión. Es lo último que veo de la muchacha.
Todavía azorado, caminé en dirección a Ayuntamiento, las calles y avenidas estaban atestadas de gente. Pasé a una ferretería para preguntar por una herramienta que he buscado en Pachuca, sin éxito, pero poco a poco los locales de la mayoría de edificios estaban clausurando las entradas, sobre todo aquellos negocios cuyos mostradores están adentro. En menos de 15 minutos, el sonido de las ambulancias empezó a integrarse al murmullo de los transeúntes. Asimismo, helicópteros. Protección civil llegó rápido y empezaron las evaluaciones de los edificios.
Entré a un café en la esquina de López y Ayuntamiento y todos estaban espantados. “Por favor, ¡necesito un café! Ya viví el temblor del 85 y ahora me acaba de tocar este”. Los empleados se vieron entre sí y el que parecía el dueño me respondió: “No se crea, nosotros también nos asustamos. Vea cómo quedó la lámpara”, me dijo apuntando hacia arriba. Colgando del techo, la estructura se deformó por bambolear de un lado hacia el otro.
Pagué, tomé mi café y en uno de los televisores del local se estaban transmitiendo los diferentes videos captados por la gente en sus celulares. Desde la carretera en ruinas hacia Cuernavaca, hasta las trajineras de Xochimilco agitándose contra el repicar de los canales.
No había hacia dónde ir, con quién hablar ni qué hacer, salvo mantener la alerta. Me senté en un banco de un local de mariscos y mientras miraba hacia adelante, la dueña salió. “Híjole, joven, ahora sí estuvo duro, ¿verdad?”, “Ni me diga, estaba hace un rato en el cine Teresa”. “Madre de Dios, pero aquí estamos. Fíjese, yo intenté salir pero no podía, daba un paso y era como si retrocediera tres. Se sintió muy fuerte”. “A ver, ya que estoy aquí, le voy a pedir unas empanadas”, “Cómo no, pase”. Otra vez, una televisión, como en el café, transmitía imágenes dantescas que se volvían más diversas: Puebla, Oaxaca, Morelos y la Ciudad de México. Un escenario más vasto que el de 1985.
Después de comer, empecé a deambular en medio de la confusión. Turistas asiáticos, africanos, anglosajones, revisando sus dispositivos para rescatar información de lo que habían vivido. Entre Victoria y López, un local sacó su bocina para promocionar comidas, pero conectada a la radio que transmitía los pormenores de las noticias conforme se enlazaban diferentes corresponsales a medida que aparecían más y más reportes.
Decidí dirigirme hacia el Hemiciclo a Juárez y el espectáculo no fue menos desconcertante. Mientras caminé por Victoria, varios de los edificios tenían grietas y algunas lozas completas a punto de desprenderse en las partes más bajas de los edificios. Pero a medida que me acerqué a los hoteles, los estacionamientos estaban rodeados de personas vestidas solo con batas y chanclas de plástico; pijamas, algunas familias completas abrazándose abajo de las banquetas.
Cuando alcancé la Alameda, si Ayuntamiento y Eje Central tenían gente, la Alameda estaba repleta y todos los edificios custodiados por oficiales impidiendo el paso hacia los locales y negocios en la avenida. En dirección otra vez al Eje Central, pasé por el Banco de México, acordonado con cinta amarilla, ya que partes de la fachada del edificio cayeron y algunas partes de la base del mismo estaban agrietadas. Recordé cómo el Fondo Monetario Internacional le negó apoyo a México, apenas unas horas después del sismo del 85 y ahora uno de sus adalides se había resentido. Creo que un empleado del Banco, mientras hablaba con alguien, activó la cámara de su celular, que levantó a todo lo largo de su brazo y caminó por la calle trasera del edificio, grabando los daños de la construcción.
La Casa de los azulejos estaba rodeada por el personal y la mayoría espantada. El edificio de correos también estaba acordonada por pedazos que cayeron de su fachada. Así me dirigí a Garibaldi a pie. Afuera, en los hoteles de paso, las sexoservidoras estaban afuera, recibiendo instrucciones de Protección Civil. Llegué a la colonia Guerrero y, a diferencia de todo lo que ya me había desplazado, era la única zona donde encontré menos gente afuera en la calle.
Justo cuando me aproximaba a la estación del metro, una persona gritó que ya se había abierto la estación y estaban dando servicio gratuito. Subí, pero el viaje fue largo por la cantidad de gente que entraba al tren, así como algunos en estado de shock que de pronto no permitían el libre acceso a los vagones. Llegué a la central del norte y en uno de los locales afuera de la estación, los dueños señalaron el domo, que se había inclinado después del temblor. Adentro, varias de las lozas de tablaroca estaban en el suelo y los dependientes nerviosos, mientras atendían colas de personas ansiosas por salir de la ciudad.
Ya con el boleto en la mano, abordé la unidad y me senté. A un lado mío, una muchacha llegó y comenzamos a platicar. Ella estaba en un edificio sobre Reforma que alcanzaron a evacuar, pero dado que tenía menos pisos, cuando comenzó el temblor, las dos construcciones a los lados, más altas, arrojaron vidrios estrellados, así como en uno de ellos se rompió una de las tuberías de gas. Literalmente, no había hacia dónde correr.
Ya en Pachuca, cada uno siguió su camino. Pero Facebook y Twitter se poblaron de noticias sobre voluntarios, la reemergencia de la solidaridad, la necesidad de divulgar noticias útiles para apoyar a los damnificados, albergues, centros de atención, paramédicos… una vez más, México se empezó a parecer a un recuerdo enterrado en mi adolescencia.
Dos días después, tras el primero de contingencia, en uno de mis centros de trabajo, dos compañeras decían sin empacho: “Yo no tengo porque poner de mi tiempo si no se me paga ni es necesario”. Para mis adentros, me dije: “Ojalá nunca necesites de una desgracia para entender el valor de la misericordia…”

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