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Luis Frías*

Caminamos de la mano, lo cual fue bueno, sobre avenida Balderas. Hace unos días que hablábamos del terremoto salieron en esos momentos tan chidos: ir caminando de la mano en medio del caos. Qué chido soporte. Pero hace poco también nos dábamos cuenta de que ese evento traumático nos unió demasiado, se formó cierta codependencia. Creo que a mucha gente eso le pasó algo así, o bien, todo lo contrario, les vino a arruinar sus relaciones. Hablo de la gente que dicen que no perdimos nada, porque no se nos cayeron las casas. Quién sabe. La cosa es que pasamos junto a la Biblioteca Nacional, que queda en La Ciudadela, luego agarramos a la derecha sobre avenida Chapultepec y pasamos por la acera que está frente a Televisa.

Antes, habíamos cruzado por un edificio de cristales ahumados, bien acá elegantes, que es la Secretaría de Educación Pública de la ciudad. Aquí venía a cobrar, me contó Karen, cuando daba clases. Ah, órale.

También, antes de llegar a Televisa pasamos por unos edificios bien viejos, que de seguro habían de haber sido bien chidos, pero ahora tienen un pastito verde saliéndoles de las grietas, varios grafitis en sus paredes son lo único que los aliviana y les da estilo, y pensamos cómo esos edificios viejos habían aguantado el de 1985 y ahora este y ve tú a saber cuántos más.

Hasta que llegamos a una esquinita chidísima, con un balconcito que tenía toda la onda: estaba viejito, con plantas que volteabas a ver y veías no nomás el balcón, sino un cielo azul y nubes blancas. Sacamos con el celular unas fotos para el Instagram, pues qué, ni que se fuera a acabar el mundo. Y seguimos caminando.

Ya enfrente de Televisa, pasamos al lado de lxs trabajadorxs que estaban sentados en la orilla de la banqueta, recuerdo haber dicho: “¡Supinchimadre!, cómo no se cayó esa chingadera”, Karen se quedó viéndolxs, me echó una mirada poniéndome el dedo en los labios, así de ¡shhh!, pero pensé: “Pus la neta por qué no se cayó Televisa”, que al día siguiente iba a salir con el cuento de la niña Frida Sofía. Culeros. Pero bueno, tampoco era para desear que se le viniera encima a todxs lxs trabajadorxs. En fin, ahí estaba, “ahí está”, firme el edificio gris de Televisa con sus brillantes anuncios de telenovelas.

Cuando dimos vuelta a la izquierda, sobre Cuauhtémoc, nos empezó a entrar el hambre. Recuerdo mucha gente, pero mucha de veras, caminando. Pasamos afuera de los mariscos La Perla de la Roma y olía sabroso, a caldo rojo de camarón: le dije a Karen que ahí se come bien y barato, pero cómo ves, se me hace medio cínico comer mariscos ahorita. Riéndose de que sí, de que mejor buscáramos otro lugar, le seguimos.

Siempre son chistosos los nombres coloridos de las marisquerías (El Mochiteco, La Jaibita, el Camarón Ranchero), pero ahora todo eso era ridículo. Aunque si volviera el tiempo atrás, no sé si hubiera tomado la misma decisión de no entrar a comerme unas pescadillas.

Había un edificio al otro extremo de la avenida, que nos sacó de onda. Enorme, bueno, más o menos grande, pero tenía en todo el filo de su ventanota, que iba de lado a lado, unos macetones. Íjole, están buenísimos para caerse, al rato en las réplicas, pensamos. Hay que sacarle foto. Y se la sacamos.

Ahora que lo pienso, no sacamos tantísimas fotos, ni de ese ni de los siguientes días en que anduvimos ayudando en los lugares donde edificios e historias se cayeron y afloraron otras historias de mil tonos, tanto coloridos como en escalas de grises. Incluso negros. Aunque quizá una mancha negra y encima un baño de mil colores sea lo que mejor significa a esos días. No sé.

Ya sobre la avenida Álvaro Obregón fuimos a un restaurante medio mamón, como los que bullen por el rumbo, a ver si había algo de comer. Pero pues no. El compa del restaurante nos explicó que tenían cortado el gas: apretó un poco los labios e intentó de esas sonrisas que les han de enseñar a poner pero le ganó el sentimiento, jaló aire, llenó un instante los pulmones y lo soltó lento, lento, mientras su mirada nos traspasaba y se dirigía, me pareció, un poco hacia toda la calle, la colonia, la ciudad.

Seguimos caminando, esa calle tan chic, siempre, ahora con todos los negocios con las cortinas abajo, los hipsters andaban en la banquitas del camellón agüitados. Me había quedado sin un solo varo, los últimos se los habíamos puesto a la tarjeta del metro.

Cuando vimos un banco de donde tengo mi tarjeta, hicimos el intento sin fruto alguno, la luz, no había.

Afuera de un hospital estaban todas las camillas, las enfermas, la doctorada. Como empecé a tomar un video con el celular, el mismo celular que todavía debo y que tres días después iba a perder en donde fue lo del derrumbe de la calle Chimalpopoca en el centro, el poli que me vio me vino a decir que no, que lo guardara. Así: “Guarda tu teléfono”, me dijo el cabrón. Obvio, mi reacción fue emputarme. ¿Por qué tengo que guardar mi teléfono, qué no es un pinche país libre? Pero me la tragué. No, pensé, no estamos para pleitos pendejos. Karen seguía caminando, teníamos ya un resto de hambre y nos fuimos. Comer. Eso era la prioridad.

En la esquina de Álvaro Obregón con Insurgentes, o sea que ya habíamos caminado toda Álvaro Obregón, estaban los tacos famosos que siempre están llenos. Llenos, precisamente, estaban ahora. Se abrió un espacio después de una pareja, igual, que acababan de pagar e irse. Ahí nos clavamos, pedimos unos tacos de pechuga empanizada. Lo clásico, a la tortilla doble se le pone su arroz y sus frijoles, encima va el guiso que uno pida. Aparte, nos tomamos un refresco de sangría y pedimos una quesadilla de papas con chorizo. “Para compartir, de favor”.

Qué chido fue eso, ¿no?, del meme que salió luego del terremoto con lo de que ahora las quesadillas son de lo que quieran los chilangos.

Karen pagó con un billete de 500 pesos, me acuerdo bien. Chale, esos detalles del dinero dicen mucho de lo mezquino que es uno. Y casi puedo jurar que eso me viene del lado de un par de tías.

“Sí, está guapa, pero, ¿y esa ropa?”, cosas así son muy de ellas.
Tomamos Insurgentes. Pendejamente, yo, como íbamos sobre Insurgentes, deseé que ojalá encontráramos abierta la panadería Hornos Ideal. Como mi tía Bertha había muerto hacía tres semanas y el pan de allí la volvía loca, pues yo pensé: “¿Verdad?, que pues tal vez…”

Fue chido, eso sí, caminar en el carril del metrobús. Lo no chido era ir sobre la estela de aceite quemado que se forma en medio del carril, por tantos metrobuses.
Pero en ese momento no había ninguno cruzando. Personas, solo personas. Insurgentes estaba lleno de cientos que iban a algún lugar. Gente, donde siempre hay puro carro. Gente en el carril del metrobús, gente en la acera de los carros, más aparte la que siempre va en las banquetas. Qué buen contraste: ante el negruzco asfalto, el color de los que caminaban. Era chido ver más personas que otra cosa.

Es, le dijo una chava a la banda con la que iba ella, como en las películas de zombis, nos reímos. Ya comidos veíamos caer la tarde como lo que es: un atardecer bonito. Pero aparte sí era cierto, que había que estar más bien triste, pues sí, pero igual era bien gracioso eso de lo de zombis, y la tarde estaba, neta, bonita. Nuestra isla flotando.

Creo que era en la esquina del Woolworth. Ambulancias, camiones de Bomberos llegando, gente que brotaba como palomitas de la máquina del cine. Sobre todo hombres: chavos dirigiendo el poco tráfico que pasaba, compas pasando corriendo con pantalones de mezclilla y botas, camionetas con voluntarios en la batea.
Nos asomamos, un edificio se había caído, igual que un pastel aplastado, que se cayó. Un pastel de varios pisos, de quince años o de boda, que se hubiera caído, de frente. Pastel de cemento embarrado en el asfalto. Puro carnal haciéndose cargo. La cosa machina de que los hombres se tienen que hacer cargo del trabajo duro. Recordé a Witting, desde luego.

Nos tomamos de la mano, ambos la apretamos, nos llevamos las manos entrelazadas a nuestras bocas y las besamos. También hicimos lo mismo con nuestros labios y los ojos. Estuvimos unos buenos y largos instantes observando aquel edificio. No íbamos a ayudar, ¿entonces qué estábamos haciendo allí de chismosos?

Seguimos, pero faltaba un chingo, así que a Karen se le ocurrió pedir aventón, yo le dije que sí, pero pues como siempre: me entró la vergüenza. De algún modo, acaso por contagio de ella, dije carajo, y levanté el brazo derecho con el pulgar en alto. Hasta eso que fue rápido y nos subimos a un carro pequeño pero bonito, de un color rojo alegre, en que se estaban subiendo otra chava y otro chavo, igual. El dueño del carro venía de haber ido por su hijo a la escuela y ahora que iba a buscar a su esposa a Mixcoac andaba preocupado porque no lograba localizar a su papá. Iba pegado al volante, casi pegado al cristal, de los nervios que traía.

Así, me acordé, así maneja una de mis tías las terribles y fijadas.

El compa del carro se desvió y decidimos bajarnos y pedir otro aventón. “Chido, gracias. No, de qué, suerte”.

Luego luego estábamos a bordo de un carro con un don; íbamos al mismo rumbo, casi. Nos contó que a él lo agarró el terremoto en un piso 16 de un edificio en Reforma.
Karen se sorprendió y dijo algo. Yo nunca puedo articular nada con un desconocido; me chiveo, me chiveo en general.

Sí, pero dicen que en esos momentos hay que abrazar a alguien, respondió el don. Había dos muchachas en la oficina y las abrecé.

Cuando unos días más tarde nos acordamos, pensamos: “Pinche viejo cabrón”. No sé si un hombre se pueda declarar feminista, pero creo que no, sino sería el primero en formarme en esa fila; pero a Karen, que es una feminista 24/7, le saltan a la vista de inmediato esos detalles. Ese viejo cabrón, como un montón de compas en los días siguientes, aprovechó la confusión para decir: “De aquí soy”. Y pues a terremoto revuelto, ganancia de machos manos largas.

Hubo incluso, no sé bien en qué derrumbe, denuncias de cabrones que estaban acosando a las mujeres. “Hijos de su chingada”.

 

*(Ciudad Sahagún, 1986). Escribe y también realiza cine. Ha sido becario del Foecah en dos ocaciones. Ha obtenido apoyos del Pacmyc en dos ocasiones. Es realizador de los documentales Ciudad nostalgia, Fervor del polvo y Lejos cerca. Se graduó de historia de México en la UAEH y de letras hispánicas en la UNAM. Actualmente cursa la maestría en letras modernas en la Universidad Iberoamericana de la Ciudad de México, donde estudia tres novelas del escritor Yuri Herrera.

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