Autor: Luis Frías*

Nos bajamos en Gabriel Mancera y División del Norte, que es sobre la que veníamos.

Sí, ahí estaba el derrumbe. Es adonde nos habían dicho que fuéramos. A mí, mi rumi. A Karen, una amiga suya defensora del matrimonio LGBT.

La encontramos enseguida. Se abrazaron Karen y ella. Nos presentamos. Subimos a su departamento-oficina, es que ya nos andaba de la pipí. Todo, escritorios, mesas, camas, compus, sillas, tazas y platos sobre los escritorios. Cubiertos de polvo. Un polvo de obra en construcción. Polvo con fragmentitos de ladrillo y pintura. Según recuerdo.

Por la ventana se veía al edificio de mero enfrente, que se había venido abajo.
“No mames”, me dijo ella, Karen se había ido al baño. Por poco me muero.
Resultó que andaba en la calle y acababa de entrar a su edificio, cuando pasó lo del derrumbe de enfrente.

Si llega dos minutos tarde, le toca en la calle, y que los ladrillos que brincaron le dieran, no sé, en la cabeza. Me cayó rebién.

Después de yo hacer pipí, salimos. Andaba igual buscando a mi rumi, pero como se supone que ella andaba igual allí, pues dije: “Ayudemos y al rato aparecerá”.

El edificio tirado era como ver un hermoso elefante arruinado, inmensamente derrotado.

Uno se debe recuperar de la impresión antes de poder hacer nada. Nos adentramos sin saber qué hacer. Se puede decir que uno estorba más que ayuda en una circunstancia así. Hasta que entendimos que allá se metían con botes para sacar escombros, y acá se pasaban las cubetas vacías, ya nos incorporamos. Nos formamos para pasar cubetas y botes, picos y palas.

Puede sonar monótono, nada heroico. Y neta no lo es. Más bien puede ser aburrido. Las películas nos hacen creer pendejadas, pero no, las cosas no son así. Cubetas y botes. Picos y palas. En una fila de gente pegada a las bardas de las casas, desde una esquina hasta donde está el derrumbe. Cubetas y botes. Picos y palas. Pasar y pasar. En cambio, los que están allí arriba del escombro, ahora que lo pienso, esos sí trabajaban en lo chido. Me avergüenza admitir que hasta daba algo de envidia. Los compas sobre los escombros, con un pico destrozando el cemento debajo del cual, ojalá, haya alguien que rescatar… Lo que sí: puros hombres haciendo esa labor. Mi rumi sacó unos días después un texto donde subraya eso: el terremoto tiró edificios, estructuras de concreto, pero no la estructura remachista de México. Los hombres a cargar piedras y dominar la escena. Las mujeres a pasar las cubetas. Chale.

Ahora bien, como decía Karen unos días después: ese momento, con las cubetas y botes, picos y palas, era casi místico. Pasar las cubetas y los botes, y los picos y las palas, como la labor más importante de la vida. También es cierto.

Otra cosa que en ese momento aprendimos fue el valor del puño alzado. Que después se convirtió en un importante símbolo. Hasta está en el poema que Juan Villoro sacó y que le criticaron tanto (es que sí se la jaló sacando un poema que claro que nos iba a conmover a todo mundo, porque estábamos con el corazón de pollo). La cuestión es que cada que se alzaban los puños, todo mundo hacía silencio. Las palas y los picos, y el pase y pase de botes y cosas se frenaba. Es que era el chance de que los que estaban trepados sobre los escombros buscando personas hubieran escuchado a alguien vivo ahí debajo.

Después del silencio, nada instruía sobre qué hacer. Así que alguien empezaba a hablar bajito, por allá volvían a pasar los botes, a arrastrar los escombros para afuera, a entrar y salir. Y así se formaba de nuevo el ruido. Hasta que se alzaban los puños de nuevo.
Así, una y otra vez.

Igual que empezaron a vender las pegatinas de la perra Frida, unos días después también sacaron unas con los puños alzados, pero cuando los quise comprar ya no los encontré por ningún lado.

Por fin, había logrado escuchar la voz de mi rumi, en unos audios del güats. Resulta ser que por ahí cerca igual andaba ayudando. Quedamos nomás en que no nos íbamos a ir de allí sin vernos.

Estaba empezando a oscurecer.

Oímos que hacía falta más ayuda a la vuelta, en otro derrumbe. Fuimos a hacer lo mismo: cadena humana para pasar cubetas y botes. Hombres y mujeres.

Se había formado ya en una esquina una pequeña montaña de botellas de agua, de latas de comida, de bolsas con comida, de mesas con sándwiches, termos grandes con café, agua caliente para té o sopas Maruchan.

Pasó algo que iba a pasar los días siguientes: a quienes estábamos allí nos daba pena tomar algo de la comida que circulaba. Ni que fuéramos damnificados de verdad. Pinche timoratez. Entonces, la comida se iba a acumular y acumular. A esa hora, de veras, seguro varios nos moríamos por tomar una botella de agua o engullirnos un sándwich. Yo me comí una barrita de granola con la vergüenza de quien le roba a un desvalido.

Empezamos a ser también ya muchxs tratando de ayudar. Nos pasamos a una cadena humana para pasar botellas de agua y todo eso. Pero ya era tan sobrado el número de personas que estábamos allí, que estábamos casi pegados codo con codo, nos atropellábamos pasando las aguas, los paquetes de comida…

Cuando al día siguiente fuimos a otro derrumbe, el famoso de Álvaro Obregón, eso llegó al paroxismo. Aparte de que eso era casi un set de televisión –eso pensé, al ver en las calles aledañas las vans de los canales de televisión y ya en el lugar decenas de camarógrafos y reporteros–, lo de las cadenas humanas, los curiosos, la comida en exceso, me alejó un poco. Pero cuando me formé en una cadena humana para pasar comida de un lado al otro, y al instante, alguien dijo “No, no, no”, y nos hizo regresar la comida al mismo lugar de donde venía, de plano dije no, y me fui.

Pues bueno, eso pasaba ya desde el mismo día 19.

Eso, y que unos tuvieran preferencia para pasar a ayudar, porque eran cuates de los que andaban organizando, es algo que también pasó desde el 19 y que pasaría todos los días siguientes. Corrupción lisa y llana, como iba a escribir mi rumi en su texto.

Ese mero día, esa tarde, nos sacó de onda, allí pegados codo con codo, que justo enfrente estaba un Soriana cerrado, lleno de cosas que podían hacer falta, mientras que desde quién sabe dónde estaban mandando esas ayudas que ahí pasábamos de mano en mano. Error, supe después: mejor que ninguna corporación haya hecho eso, porque así quedó subrayado que todo lo que se hizo en esos días fue netamente de las personas. Ahí está lo que hizo el gobierno de Graco Ramírez en Morelos: joder. Y lo del Estado de México: obstaculizar. O los de todos los estados: lucirse disfrazando de ayuda su autopublicidad miserable. En fin, quien siga creyendo que la reconstrucción post 19S vendrá del gobierno es o un pelmazo o un funcionario.

Nos abrazamos, mi rumi y yo, cuando finalmente nos topamos. Ya era noche. Oscura oscura, porque se había ido la luz en la zona. Me pasó una chela de las que se había comprado recién ocurrido el terremoto, y que le había sobrado y que llevaba en la mochila.

Una barrilito tibia, que con todo y todo me supo bieeeen chida.
Cansados, y como con la necesidad de reconectarnos a nuestras vidas, nos fuimos de allí. Antes, creo que ayudamos otro rato. La neta no recuerdo.
Lo que sí recuerdo es que caminamos por calles que no conocía, hacia el departamento, que está más o menos cerca.

Una vez en el edificio, fue gacho ir subiendo las escaleras, a oscuras, pues no había luz en toda la cuadra porque en la esquina de mi calle, a unos cinco edificios del nuestro, se había derrumbado el que decía: donde tenía su salón de belleza la señora de Chignahuapan.

Ya en el departamento, un mueble de madera aglomerada, con la despensa, que apodábamos el sarcófago, se había caído de bruces, de suerte que al levantarlo las puertas se abrieron, y el piso quedó lleno de las mermeladas cuyos frascos se habían roto, del arroz regado y del azúcar sobre el cual se había formado una pequeña, bueno ni tan pequeña, comunidad de hormiguitas negras. Limpiamos a la luz de un pedazo de vela atorada en el cuello de una botella de caguama. Todo, incluyendo las hormiguitas, fue al bote de la basura.

Después, tomamos lo que necesitábamos para los siguientes días. Habíamos decidido no pasar la noche ahí. Cuáles ganas de quedarse ahí, que parecía velatorio. De hecho, cuando bajábamos y nos topamos con unos vecinos en las escaleras que nos invitaron a pasar como para convivir un poco, o hablar, o lo que fuera, su salita era eso: mamá e hijos sentados en la sala, en torno a una mesita de centro con tazas de café iluminadas por una vela, y ellos con las manos entrelazadas, como rezando, y los rostros jodidos, como si quisieran llorar pero en vez de eso nos sonreían. Tétrico.

Con un abrazo, en la esquina, a la luz fría de una farmacia de similares, mi rumi y yo nos despedimos. Ella se iba a casa de una amiga en común. Yo, con Karen, de vuelta a La Villa. En el metro iba bien poca gente. Una botella de plástico de Coca vacía, que iba y venía en el suelo, convocaba las miradas de todxs. Llegamos a Tha Villa –así le decimos, porque ahí cerca queda una cosa de un banco que le pusieron Business School Center sede La Villa. Cagado. Tha Villa. Ja ja ja. Nuestras islas.

Cuando entramos a su cuarto y encendimos la luz, Karen y yo no simplemente no podíamos creer lo que habíamos vivido y nos abrazamos fuerte.

Antes de acostarnos, abrimos una botella de vino tinto que no se había tocado en la fiesta del 15 de septiembre, acomodamos tantito lo que se había movido en el librerito que se zangoloteó en el terremoto, apagamos el foco y pusimos una velita que daba una luz pequeña, como de fogata en medio de la inmensa oscuridad. Estábamos friqueadísimos, sí, pero felices de al menos haberlo pasado juntos los dos. Nos metimos por último bajo las sábanas a no dormir: toda la noche nos despertamos a cada rato dando respingos.

Día tremendo. Cómo de que no.

*(Ciudad Sahagún, 1986). Escribe y también realiza cine. Ha sido becario del Foecah en dos ocaciones. Ha obtenido apoyos del Pacmyc en dos ocasiones. Es realizador de los documentales Ciudad nostalgia, Fervor del polvo y Lejos cerca. Se graduó de historia de México en la UAEH y de letras hispánicas en la UNAM. Actualmente cursa la maestría en letras modernas en la Universidad Iberoamericana de la Ciudad de México, donde estudia tres novelas del escritor Yuri Herrera.

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