Estábamos en el cuarto de su departamento en La Villa, al norte de la ciudad. Leía a Monique Wittig recostado cuando sentí que algo se movió. ¿Será? Cuando vi que sí iba en serio, pues el librerito se tambaleaba como un borracho, gritamos y nos bajamos corriendo, o dizque. Me puse los zapatos viejos que hace mucho había comprado en una zapatería en el centro histórico de Ixmiquilpan. Ni calcetines me puse, ni me amarré las agujetas. Ahora que lo pienso, Karen ni recuerdo qué andaba haciendo.

Después de cerrar la puerta –me había gritado ¡Cierra! porque ya me iba de largo dejando todo abierto–, en el cubo de las escaleras nos frenaron lxs chavxs que van todos los días de uniforme a la prepa patito de uno de los pisos de abajo, iban saliendo –en orden, con calma–, según el maestro de lentes de fondo de botella que los iba guiando.

Un piso antes de bajar una señora, algo mayor y medio gordita, que se balanceaba lentamente me dijo ¡Bájate!; de seguro me había parado para darle el paso. No lo pensé y le hice caso. Qué culero, ahora que lo pienso. Ganamos a zancadas la calle, hasta el camellón.

Abrazados en medio de mucha banda, noté que había crisis por la telenovela de lágrimas de lxs chavxs de la prepa; también vi que no pocxs se sonreían para irse, como se decía antes, de pinta. Y de hecho como que vi que sí se fueron. Afuera de la clínica que hay ahí cerca se había formado una densa nube de polvo, un nervioso índice de Karen apuntó hacia allá, sus ojos hacia los míos: Se cayó algo, dijo sin ningún color, ni siquiera con la fuerza contrastante del blanco contra el negro, no. Su mirada era simplemente gris, cosa rara en ella. Como no servían los semáforos, y se quedaron apagados, los carros se entrampaban en el cruce de caminos. Al volante de un coche plateado iba una mujer que como que no sabía si manejar, llorar o mensajear en el celular. Logró pasar con su carro el trampantojo del cruce.

¡La cara de esa señora, arrugándose, enrojeciéndose, como si le fuera a pasar quién sabe qué cosa horrible!

Luego, digerida un poco la impresión, se supone, Karen llamó a su compañero de casa, pero no salía la llamada; lo mismo pasó conmigo, que no pude comunicarme con mi amigo, allá en la Narvarte.

No sé en qué momento decidimos que ya, y nos regresamos al departamento. ¡Ché susto! Karen conectó su celular a la tele, y Aristegui estaba pasando un video de edificios que se estaban cayendo. Mejor dicho, era algún video de celular, de esos verticales con los costados negros: una temblorosa panorámica de la ciudad, se veía por acá una nube de polvo, otra más chica por allá, y así. Esa maqueta en la tele, qué gris es la ciudad, pensé.

Para esto, yo seguía llamándole a mi compañero de habitación, pero nada; los que sí salían y llegaban, pero también poco, eran los güats, para eso, me mandó una foto del edificio de la esquina del departamento que rentamos en la Narvarte, caído. Era donde está, o mejor dicho estaba, la cocina económica, la lavandería, la señora de

Chignahuapan que me corta el cabello. Caído todo, derrumbada la parte del frente, y como embarrado en la banqueta y en el asfalto donde se estacionan los coches. El naranja que decoraba las paredes apenas si asomaba ahora por entre el gris predominante del montículo en medio de la acera. Volví a picarle al celular, pero no salían las llamadas. Me voy a ver cómo está el pedo, le dije a Karen, ella decidió acompañarme; ya se había comunicado con su rumi, le había dicho que estaba bien. Así que pues nos fuimos.

En la mochila metí un par de libros, la tableta y un paraguas; cosas que nunca ocupé ni ocuparía sino hasta varios días después: Debido al shock muchos no pudimos hacer nada durante días, más que pagar nuestros karmas ayudando en los escombros hasta desfallecer, o cosas así. Karen se llevó su bolso y fuimos a tomar el microbús. Fue antes de subirnos cuando una de esas islas nuestras salió a flotar: Para cambiar el billete de 50 pesos y tener vuelto para el pasaje, compramos en una paletería de paredes color rosa mexicano unas papas fritas con salsa y limón y sal, para mí, y una paleta de agua de fresa, para Karen. Asquerosamente me metí una papa a la vez que mordí la paleta de fresa, riendo por recordar que esa era la dieta de la primaria. Nos hizo gracia. Nos fuimos comiendo en el ecobús, mezclando papas y paleta. Neta que fue estar en la primaria, después de clases, en Ciudad Sahagún; a la salida de la López, por López Mateos, comía tamarindos dulsosos y chilosos, y los bajaba con un trago de refresco de toronja, me acuerdo que todavía venían en casco de vidrio.

El tráfico iba bien lento, y el chofer le explicó a alguien que no se estaba llegando más que a Metro Hidalgo. Habíamos visto una marquesina de una talachería que se había venido abajo y estaba muerta contra el concreto de la banqueta. Gris. Chale. En cambio fue bacán pasar por el Súper Che, donde hacía cosa de un mes habíamos pasado, trotando, el día del maratón. Quién sabe por qué se llamará así. Siempre que paso por ahí pienso que cuando Cuba entre al capitalismo descarado, así se llamarán sus malls: Súper Che.

Si por algo recordaremos este año es por el temblor del 19 de septiembre; no solo por esa terrible coincidencia con el sismo de 1985, sino porque otra vez el fenómeno cimbró nuestra conciencia como mexicanos. Por eso, para cerrar este 2017, nos dejaremos llevar por este Maldito Vicio a través de un relato que desgrana esas horas posteriores al temblor, mostrándonos una lectura a golpe de primera pluma. Sin estorbosa profundidad, describiendo las primeras reacciones ante la desgracia. Encontrando la belleza ante la adversidad y desnudando esos momentos que unieron a muchos por una desgracia que los forjó, como si fueran piezas únicas de metal, para siempre.

Pasando Tlatelolco, Karen se estaba tantito muriendo de risa por un compa parado en medio del estacionamiento de los edificios. Qué grises, el compa andaba como platicando con las moscas, con bata de dormir, traía unas greñotas. Ese carnal, dijo Karen, ya quedó mal. Cuando lo localicé me cagué de risa también. Otra de nuestras islas: cagarnos de risa en medio de la catástrofe que es la ciudad, el país, desde antes, bien mucho antes del terremoto.

Los que iban en el ecobús estaban bien pero bien agüitados, es que ahora sí que nadie sabía ni qué onda.

Servidos, dijo el chofer una cuadra antes de Metro Hidalgo. Así que caminamos, íbamos tomados de la mano, entonces sentí que si estuviéramos en una película, seríamos como la representación de la esperanza. ¿Apoco no?, lo dije nomás. Cálmate, tú, Esperanzo, me dijo Karen riendo. Me encanta.

Había pensado eso porque la gente iba bien rápido, como sin ver ni hacia donde dirigían sus pisadas, parecía que nomás caminaban y que la voluntad que los jalaba estaba no ahí, sino que provenía de algún otro lugar. Algo se les había caído, algo que tampoco estaba ahí. Sin embargo nosotros dos sí estábamos ahí, tomados de la mano, yendo adonde nosotros estábamos decidiendo. En medio de ese derrumbe anímico, sentí que algo florecía en nosotros. O dizque.

En la estación Hidalgo, no del metro, sino del metrobús, vi que la tarjeta para pasar estaba sin lana, así que en la maquinita le cargamos crédito, todas las que nos habían sobrado de cambiar el billete. Pero no pasaba el bús, y cuando pasó, pasó bien hasta la madre de lleno. ¡El Metro!, pensé, pero Karen me puso cara de ¡no mames!, y luego me lo dijo: No creo que haya servicio. Y como le insistía en que a mí se me hacía que sí, ella me dijo: “Aparte no creo que sea buena idea”. No me dijo pendejo, porque de plano, pero pues es que sí, la verdad.

 

Luis Frías (Ciudad Sahagún, 1986). Escribe y también realiza cine. Ha sido becario del Foecah en dos ocaciones. Ha obtenido apoyos del Pacmyc en dos ocasiones. Es realizador de los documentales Ciudad nostalgia, Fervor del polvo y Lejos cerca. Se graduó de historia de México en la UAEH y de letras hispánicas en la UNAM. Actualmente cursa la maestría en letras modernas en la Universidad Iberoamericana de la Ciudad de México, donde estudia tres novelas del escritor Yuri Herrera.

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