La semana 52 de este año que termina nos deja una verdad contundente: las nuevas tecnologías nos constituyen y nos transforman el día a día, pero también nos van perfilando un nuevo modo de vivir, de pensar y de ser en el mundo. Lo de hoy es estar “conectado”, la “neta” son los “likes” conseguidos y nos “medimos” y percibimos desde el número de amigos virtuales.
¿Qué significa esto? ¿Cómo podemos interpretarlo? ¿Qué consecuencias tiene en nuestra vida personal, profesional y social?
Los países desarrollados hace por lo menos una década están estudiando y reflexionando sobre el tema. En países como el nuestro este fenómeno nos avasalla, con la ¿pequeña? diferencia de nuestra pobreza, de nuestro analfabetismo, de nuestras asimetrías culturales, políticas y económicas.
A nivel personal, el sobredimensionamiento de las redes nos anestesia y olvidamos las dificultades, las miserias y a la mala casta política que dirige este país. Basta observarnos para entender que la frase “conectados” nos desconecta de lo inmediato. En espacios públicos la reiteración es estar y no estar con el de al lado, conocido o desconocido. Los smartphones son una “biblia” que no dejamos de “consultar”, de mirar y que personifican la falacia de “comunicación” y la “conexión” con los otros. Su traducción social es la inmovilización política, por ejemplo, ante golpe tras golpe que como sociedad recibimos en muchos temas, por parte de quienes conducen este país; el más reciente es la noticia del incremento al precio de las gasolinas este primero de enero de 2017. Ante lo que nos conformamos con mentarle una y millones de veces la madre al presidente actual; con convocar a movilizaciones a las que no asistiremos y con “compartir” nuestra indignación (virtualmente, por supuesto). Y no pasa nada, o casi nada, porque todo es efímero y se convierte en mera catarsis personal, en descarga social cuando más.
A otros niveles, como el del periodismo, se olvida la misión máxima (¿o ilusión hoy?) de esta profesión, que es informar para contribuir a que la sociedad tenga opinión, conocimiento, y, por tanto, pueda decidir sobre muchos temas y en particular por los que atañen social y políticamente la vida comunitaria, nacional. Desde unos años para acá, más de los que quisiéramos, solo se trata de “vender” y mantenerse en el mercado informativo, de ahí que la agenda periodística en la actualidad (de medios impresos, a electrónicos, pasando por los virtuales), más que informar, su fin se haya quedado en el entretenimiento. El periodismo produce a destajo notas sin profundizar y sin investigar (“flores de un día”) los temas que atraen, que venden, que posicionan en ese público masivo y deseado, llámese crimen organizado, los feminicidios, la violencia social, la corrupción e ineficiencia política, como si de espectáculo inocente se tratara. Por días y hasta semanas nos saturan y sobresaturan con hechos que pierden su veracidad y nos llevan a percibir la realidad como ficción. El penoso caso de los XV años de Rubí son muestra inobjetable. Bastó su “viralización” para que toda la atención y recursos se dirigieran a un hecho respetable para la protagonista y su familia, pero anodino para los retos que como sociedad enfrentamos.
En el aspecto político, la vida virtual se atiende, y se piensa y cree que es un termómetro para “medir las aguas” del humor social. Se diseñan políticas y se cuenta con plataformas que atentas informan y dan la cara por las medidas tomadas. Discurso antes que acción. Forma más que fondo. Este nuevo espacio valida la mascarada sobre la democracia a la mexicana. Una y otra vez se apela al control de la información, el conocimiento y a la desmemoria (mal nacional) de la sociedad. Las redes, la virtualidad, las nuevas tecnologías, pues, sirven al mismo fin político de los políticos mexicanos: mantener su coto y propiedad del poder y la nación. El país es suyo, es para su peculio y no hay fuerza equivalente que les haga contrapeso, a menos que sea entre las hordas mismas que quieren más que las otras, entonces se puede renegociar y recomponer la “repartición” de su “pastel”: léase alternancia política, por ejemplificar.
Aturdidos por la sobreexposición mediática y la virtualidad, nuestras perspectivas, nuestras visiones de vida y nuestro futuro se redireccionan hacia la nada social, hacia el desdibujamiento cultural y al aislamiento. La promesa de “conectarnos” con el mundo y la omnipresencialidad se vuelve quimera y engaño. La cultura mediática masiva está formando y educando “ejércitos” desactivados, enajenados, aislados que viven el sueño virtual de la irrealidad o una realidad ficcionalizada que no alcanza para eso, para vivir.

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Doctora en ciencias políticas y sociales por la UNAM y especialista en estudios de la mujer por El Colegio de México. Periodista colaboradora en medios desde 1987. Defensora de lectores y articulista del diario Libre por Convicción Independiente de Hidalgo. Integrante del consejo editorial de la agencia de noticias Comunicación e Información de la Mujer AC. Docente universitaria desde 1995 en la UNAM. Profesora investigadora de tiempo completo en la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo desde 2008. Integrante y cocoordinadora del grupo de investigación Género y Comunicación en la Asociación Mexicana de Investigadores de la Comunicación. Línea de investigación y publicaciones sobre periodismo, comunicación y género.