2018: ¿las elecciones sin memoria, sin tiempo?

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Ariel Vite

En enero de 2012 (Letras Libres 2012), el politólogo Roger Bartra escribió un largo análisis en el que se preguntaba si el Partido Revolucionario Institucional (PRI) había aprovechado su travesía en el desierto para hacer un examen de conciencia de sus “hábitos corruptos y usos no democráticos”. Para este investigador la respuesta era contundente: no, y culpaba a la clase política en su conjunto de ser responsable de no haber superado una cultura anclada en la ilegalidad. Seis años después es útil volvernos a preguntar si la hidra mexicana, ese monstruo de mil cabezas al que debió enfrentar Heracles, ha sido cauterizada por el fuego de la espada de la transición, o el primero de julio volverá a dar paso el enorme peso de la vieja cultura autoritaria que se halla profundamente inscrita en la sociedad mexicana.
Nuestro viaje hacia la transición democrática es aún muy reciente, espacialmente podemos ubicarlo con el inicio del nuevo milenio; en este proceso los gobiernos panistas no pudieron, no quisieron o no supieron consolidarla, incapaces de ofrecer un nuevo entramado de civilidad y gobernabilidad, irresponsablemente la frenaron, desde el otro polo, la izquierda expresada, en ese momento por el Partido de la Revolución Democrática (PRD), a pesar de contar con una masa intelectual amplia no fue capaz de construir un programa que respondiera a dos temas centrales: la violencia generada por el narcotráfico y el mediocre crecimiento económico alcanzado por las administraciones panistas. Democracia es programa, voz que ha acompañado el trabajo de esta formación ideológica, pero a la que el perredismo no dio contenido, sustancia ni horizonte.
En el referido documento, el doctor Bartra aseguraba que uno de los ejes que articulaba la descomposición social y democrática era la violencia generada por el narcotráfico, “la transición democrática ha quedado opacada por el drama de la violencia desencadenada por la lucha contra el narcotráfico”. De este análisis derivan dos conclusiones, la restauración del viejo régimen “el PRI no ha abandonado el pasado, por ello no puede regresar a él” muestra, aseguraba el estudioso, “que en los últimos cinco años el apoyo al PAN y al PRD ha ido descendiendo paulatinamente, mientras que las simpatías por el PRI han crecido”. La lógica que apuntalaba ese crecimiento es, según Bartra, el síndrome de abstinencia; “me pregunto si el auge del PRI no es el extraño síndrome de abstinencia de una sociedad que requiere dosis de la antigua droga que la mantenía tranquila. Sería el síntoma de una sociedad llena de miedo, que, como reflejo, se resiste abandonar la vieja cultura política”.
Más allá de la evidente dosis de voluntarismo del analista, la parte central de su pronóstico fue certero, el PRI volvió al poder en ese proceso electoral. Seis años después, si usamos el mismo eje articulador de Roger Bartra, la conclusión puede resultar sombría para el priismo. La violencia generada por el narcotráfico y, cabe agregar, la brutal corrupción mostrada en este sexenio, han dado paso a una sociedad desalentada, desesperanzada, sin respuestas y con miedo.
Con este contexto, la pregunta central es: ¿cuál puede ser el posible resultado electoral del primero de julio de este 2018? Hasta ahora, pero solo hasta ahora, la respuesta parece ser más o menos obvia, hay un candidato puntero en las encuestas y sin el desgaste del ejercicio del poder, pero no son solo estos los vectores que definirán el cada día más cercano proceso electoral de julio; a juicio de otro reconocido politólogo, José Antonio Crespo, la apuesta del partido en el poder es que su candidato se ubique competitivamente en el segundo lugar, si esto llega a ocurrir, el aparato del Estado se volcará en su apoyo, pero si la estrategia no funciona, entonces el presidente Peña optará por apoyar al puntero en las encuestas, porque su relación con Ricardo Anaya, a quien juzga un traidor, se encuentra absolutamente descompuesta. Será acaso el retorno de unas elecciones sin memoria, sin tiempo.

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