Todo empezó en 1987. Sentadita en la jardinera de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, esperaba, yo creo que a la suerte porque justo en ese momento pasó junto a mí el querido profesor y gran periodista don Froylán López Narváez. Charlamos, le había regalado mi tesis de licenciatura, estrenaba gozosa mi título. Le dije que estaba de ayudante de la profesora Sol Robina. “No, usted ya debe dar clases, usted ya se tituló”. Así, me llevó con la coordinadora de la licenciatura de ciencias de la comunicación de la UNAM. Le habló maravillas de mí, yo lo escuchaba totalmente impactada. Al otro día, lo juro, me llamaron: “¿Quieres dar clases de géneros periodísticos?”
Así empezó esta aventura de ser profesora, ya 30 años.
Por supuesto, el inicio fue extraño. Mi clase de dos horas la daba en 30 minutos. El grupo me miraba boquiabierto. “Soy breve pero efectiva”, mentía al despedirme. Poco a poco tomé ritmo. Empecé a crear mis propias estrategias, mis inventos pedagógicos. Mi primer grupo, de 15 estudiantes, fue glorioso y solidario. La misma clase que me asignaron la impartía don Fernando Benítez, uno de los mejores periodistas del país. Pero un rumor empezó a correr: la chaparrita, la de medias extrañas, la de la minifalda, la feminista, sí sabe de periodismo, es reportera, acaba de ganar el premio Rosario Castellanos, es divertida, es didáctica, tolerante, buena onda… Gracias a ello –y a que Don Benítez se fue de embajador– al otro semestre mi grupo fue de 99 personas. Mucho tiempo tuve por grupo a multitudes y yo, feliz. Memorizaba sus nombres, identificaba al que escribía fatal y al que ya vaticinaba ser el reportero que México esperaba. Calificaba cada nota, cada reportaje. Los dejaba entrevistarme y se emocionaban. Los dejé hacer su propio periódico e inventé el Premio Baruch para quienes brillaran en géneros periodísticos de opinión. Tantos nombres tatuados en mi alma: José Luis Garrido, Ceres Reyes, Arturo Meza, Paz Molina, Tito Hernández, Lety Calvario…
Ya con una trayectoria de 16 años en la UNAM llegué a mi querida Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo, donde esta vocación, este apostolado, esta inspiración y esta convicción de ser docente siguen inspirando cada día de mi vida.
Es conmovedor llegar a un evento espectacular y que una reportera se acerque para recordarme que fue mi alumna. Ahora en el congreso de AMIC un joven se aproximó y me dijo: “Tal vez no me recuerdes, pero yo jamás te olvidaré, cambiaste por siempre mi vida y mira, ahora estoy terminando mi doctorado”. Es conmovedor cuando me bautizan como la abuela académica de sus hijos. Cuando en su CV han incluido su Premio Baruch. Ver mi nombre en las dedicatorias de sus tesis. Recibir un abrazo, una sonrisa, besos y cariños en cada encuentro casual.
Ser maestra, la mejor decisión de mi vida.
Ser profesora, mi reconciliación con cada día.
Ser profesora, para seguir aprendiendo.
30 años ya de ser profesora.

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Profesora investigadora en la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo. Doctora en ciencias políticas y sociales por la UNAM. Especialista en estudios de la mujer por El Colegio de México. Ha publicado una gran variedad de libros y artículos académicos. Es columnista tanto en medios impresos como digitales. Ha recibido diferentes reconocimientos por su trayectoria feminista y periodística.