Cuando María Soledad Rodríguez Bustamante cumplió 50 años le hicieron una pequeña fiesta en la oficina. Nada muy grande ni especial, solo un par de compañeros, los más allegados, se acordaron de su cumpleaños y le regalaron un pequeño pastel con una vela al centro.

El acto fue muy sencillo y no duró más allá de 10 minutos. No hubo globos ni serpentinas ni nada que recordara una fiesta, salvo el bizcocho con crema pastelera y frutas que se comieron deprisa y un refresco de cola que se bebieron en dos tragos.

Al terminar llegó la secretaria del director y le dijo que la estaba esperando. Se fue despacio, abrió la puerta todavía con más lentitud y sin mediar palabra el señor Alfonso de los Arenales le entregó un sobre cerrado y le dijo que saliera de su oficina.

Volvió deprisa a su área de trabajo y al llegar se encontró con las migajas del pastel. Las tiró al cesto de papeles junto a las latas de los refrescos y los vasos de plástico. Luego se puso a leer la carta.

No se sorprendió que fuera la carta de despido que terminaba con 30 años de una relación laboral continuada en la que había ocupado todos los puestos de la empresa.

Tampoco le causó ningún asombro el tono duro con el que la renunciaban o el trato frío con el que el dueño de la empresa le había dado la carta. Aquel hombre nunca había tenido modales con sus trabajadores, pero “que con su pan se lo coma”, pensaba.

Tomó la caja de cartón que había llevado su primer día de trabajo, hacía 30 años, metió dentro de ella las pocas pertenencias que tenía en la oficina y salió sin despedirse de nadie.

En la calle soplaba un viento frío y el cielo amenazaba lluvia. Pese a ello no quiso tomar un taxi y se fue caminando hasta un café cercano. Quería una infusión de hierbabuena, pero no había y terminó tomándose un té negro.

En el enorme caserón que había heredado de sus padres no la esperaba nadie. Había pasado su vida sola y así seguiría hasta el último de sus días. Eso no la apenaba, simplemente era una realidad que había admitido hacía tiempo.

Mientras se quitaba el abrigo se imaginaba como sería su vida a partir de entonces. No era cuestión de dinero, pues tenía el suficiente para lo que le quedara. Se trataba más bien de cómo entretendría sus horas.

Esa era una cuestión que no quería pensar. Siempre podía buscarse alguna distracción que la ayudara a no embarrancarse en vacíos existenciales a los que, por otra parte, no era demasiado propensa.

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