Un defecto físico, una enfermedad mental, una aversión por el otro: hay barreras que impiden que nos relacionemos con otros. Hay quien sortea esas barreras con medicamentos, otros deciden aislarse; algunos deciden beber y crear una atmósfera alcohólica que los proteja. O eligen la droga que mejor le caiga a su cuerpo. Cada quien elige la manera de sobrellevar aquello que le impide vivir de forma gregaria. Otros deciden soluciones más extremas, como la autoextinción. De eso, entre otras cosas, trata este Maldito Vicio, segunda parte

Víctor Valera*

“Mira, no sé por dónde empezar, Ana…” Abandono la frase incompleta, miro mis manos temblorosas, espero, espero, suplicando y la hoja en blanco late amenazante, como un golpe seco de martillo contra mis ojos irritados pero la idea no llegará esta noche ni ninguna otra. “¡Puta madre!”, digo y rompo el silencio que me rodea.

***

No sé si las arañas son reales. Tal vez sigo dormido y sueño que abro los ojos o “realmente” abro los ojos y ahí están. Una docena, enormes, oscuras, sombras con patas que se mueven de un lado para otro, chocan entre ellas y rehacen su camino, como manos cuyos dedos tocan el techo. Solo veo sus figuras negras, sus furiosos movimientos, unas bolas con hilos, no noto sus rasgos. Un miedo frío y frenético me invade cuando bajan por las paredes y las pierdo de vista y el latido de mi corazón llena el silencio. Pum, pum, pum. Advierto que en cualquier momento subirán por las cobijas que cuelgan de la cama para pasear por mi cuerpo, sus patitas tocando mi piel, y trato de mover un brazo, espantar ese cosquilleo creciente en la rodilla, estirar el cuello, sentarme, caminar, tomar agua del lavabo pero “no puedo”. Estoy angustiosamente paralizado, un sabor amargo en la boca, con la vista clavada en el foco que parece reverberar la luz que ofreció durante la noche. Mi campo de observación se limita hacia arriba, a ninguna otra parte. Dura horas, hasta que amanece. Llega otro día pero no logro levantarme.

***

Voy al Acozac, sobre avenida Juárez. Primero iba los viernes, pero ahora diario. Cuatro mesas de billar que se repiten en unos espejos con fotos de Marilyn Monroe, unas mesas con sillas y al fondo la barra donde el Charly, calvo, gordo, a veces borracho, despacha cubas y micheladas. Del otro lado del salón, en una pequeña cocina, prepara botanas: chicharrones con salsa, caldo de camarón, frijoles refritos. En una laptop conectada a un sistema de sonido, programa música de los Bee Gees y The Doors que ameniza las pláticas de los borrachitos, por lo regular burócratas de gobierno y reporteros. Es caro, pero no gasto en comidas y solo bebo cervezas y un mezcal barato, adquirido en los Oxxos, que pronto me dejará ciego.
Pienso en lo que fui, escribí hace días. Un estudiante de derecho con un excelente promedio. Un despacho de abogados donde destaqué por asesorar a políticos que se defendían con la cola entre las patas de desvíos millonarios. En el bufet conocí a Ana, quien me preguntaba si no me importaba salvar a personas que habían robado, asesinado y se habían enriquecido ilícitamente. Nunca me importó, eran clientes que tenían dinero para pagar, mi trabajo era salvarles el pellejo con las herramientas que tenía a la mano. Si las leyes y el gobierno estaban mal, ese no era mi problema. Avalé despojos de tierras, encubrí violaciones, retrasé investigaciones, con tal de sobresalir en el andamiaje jurídico. Logré cierto reconocimiento.
Tenía la posibilidad de destacar en la clase política local, procurar cuentas bancarias, propiedades, hasta que llegaron los mareos y dolores de cabeza y las arañas.
Pese a las consultas médicas, el descenso a mi infierno personal fue lento y gradual. Los amigos, algunos sinceros, preguntaban por el abogado Valera, pero otro ocupó mi lugar. Los políticos que antes me adulaban, me calificaron de loco y dejaron de confiarme sus asuntos. Empecé a vivir del dinero que tenía acumulado, primero cómodamente, después con carencias. Vendí el carro, la casa, mi ropa de marca.
Fui a vivir a un cuarto de asistencia y una tarde que caminaba por avenida Madero vi a Ana. De su cartera sacó una moneda pero al verme a los ojos, un instante, estoy seguro, logró reconocer en el limosnero que tenía frente al abogado exitoso que un día fui. Un hombre, alto, esbelto, la tomó de la cintura y la alejó para siempre de mi vida. Ana y las caminatas nocturnas por la ciudad, su honestidad que yo confundía con ingenuidad, sus ganas de construir un lugar donde todos tuvieran las mismas oportunidades, acabar con la corrupción y rechazar la mentira, decía. Las pláticas y besos en los bares y tugurios donde me enseñó, pese a mis protestas, a bailar cumbias, a abrazar su cuerpo. Las cartas que te quería escribir y no terminé, tratando de explicar y que no sabía a dónde mandar. Ana, creo que tenías razón.
Son las seis de la mañana y el Charly me pasa su gorda mano sobre los hombros, bajamos con dificultad unas escaleras angostas, me deja sentado en la banqueta y antes de cerrar la puerta y regresar saca de mi cartera los últimos billetes que me quedan. Duermo sobre mi vómito.

***

Las cosas se aceleran. Un periódico que el viento arrastra en el parque Hidalgo. En él encontré una nota informativa firmada por redacción: “Joven se mata tras brincar de puente”. Para evitar más suicidas y exploradores de abismos, nuestras autoridades preocupadas colocaron una delgada reja metálica, según comprobé al revisar el lugar sobre el bulevar Colosio.
Esta noche dejaré mi cuarto en orden. Vestiré una chamarra gris en cuyo interior estará mi nombre y dirección para que encuentren este diario. Caminaré, por primera vez sin dolor, sin arañas, sin mareos, y en la mano llevaré una moneda y unas pinzas para cortar una delgada reja metálica.

*Egresado de la UAEH, reportero en Hidalgo desde 2007. Cuando inició a reportear en diarios locales cubrió organizaciones campesinas y protestas sociales. Actualmente cubre la fuente política y Congreso local. [email protected]

Aislamiento
(Isolation)*

Joy Division* *

Con miedo cada día, cada noche
Él la llama en voz alta desde arriba
Cuidadosamente observado por una razón
Devoción concienzuda y amor

Rendido al instinto de conservación
De otros que se preocupan de sí mismos
Una ceguera que roza la perfección
Pero duele igual que todo lo demás

Aislamiento, aislamiento, aislamiento

Madre lo intenté por favor créeme
Estoy haciendo todo lo que puedo
Me avergüenzo de las cosas por las que he pasado
Me avergüenzo de la persona que soy

Aislamiento, aislamiento, aislamiento

Pero si solo pudieras ver la belleza
Estas cosas que nunca podría describir
Estos placeres una distracción caprichosa
Este es mi afortunado premio

Aislamiento, aislamiento, aislamiento…

*Traducida al español

**Bernard Albrecht / Bernard Sumner / Ian Curtis / Peter Hook / Stephen Morris. Surgido a finales de la década de 1970 en la ciudad británica de Manchester, Joy Division fue un grupo que producía un tipo de música con atmósferas siniestras y gélidas, muy influyentes en el posterior rock gótico

Director del mal: Jorge A. Romero
Colaboradores viciosos: Mayte Romo, Ilallalí Hernández, Alma Santillán, Enid Carrillo, Erasmo Valdés, José Luis Dávila, Diego José, Óscar Baños, Luis Frías, Rafael Tiburcio, Abraham Gorostieta, Negra Magallanes, Elizabeth Rivera, Daniel Fragoso, Julia Castillo, Isabel Fraga, Antonio Madrid, Jorge Daniel el Ene, Víctor Valera, Sonia Rueda, María Elena Ortega, y otros que, si bien no están, podrían caer en el vicio algún día.
Ilustración: Especial

Comentarios