Ayer, 8 de marzo, se conmemoró la lucha por la igualdad de condiciones para las mujeres respecto a los hombres, hay avances, pero también hay desafíos, uno de ellos es la violencia política; es común leer hoy en día en la prensa que mataron a una candidata o presidente municipal, que las humillan, que las golpean, y eso no va a parar en las elecciones de 2018, pues ahora en algunos estados ya se aprobó la paridad también en presidencias municipales, tal es el caso de Jalisco, Guanajuato y Ciudad de México; por lo tanto, las mujeres en este proceso competirán por más puestos de elección popular. En este contexto, la primera pregunta que hay que hacernos es por qué existe esta violencia.
Esta responde, principalmente, a los estereotipos que hoy predominan en la sociedad, donde la mujer tiene que ser ama de casa, prudente, amorosa, recatada al vestir y de una moral intachable. Si esta mujer transgrede cualquiera de esas características socialmente asignadas, es violentada; en este sentido, las mujeres políticas salen de sus hogares, lo cual ya es visto, de entrada, incorrecto, pero además, si ellas van transgrediendo cada uno de sus condicionantes sociales, pues recibirán más violencia, y si además de todo eso son trabajadoras y competitivas en la lucha política, recibirán mucha más violencia por parte de sus compañeros de partido y/o de la sociedad.
En contraparte, el hombre tiene que estar en la esfera pública, por tanto se presupone que tiene características naturales de líder, de hecho no tiene que tener cursos de capacitación pues es hombre, así que se reconoce que actuará correctamente, no hay limitantes culturales para su desarrollo en la política.
La existencia de esos estereotipos trae consigo, como ya expuse, una gran desconfianza hacia las mujeres en la política, pues se piensa, en este mundo cultural, que no están condicionadas por la naturaleza para esta labor, por lo mismo tienen que hacer cursos de preparación, demostrar su liderazgo, deben trabajar duro para demostrar que sí pueden ser lideresas.
Esta situación denota una gran discriminación cultural, de hecho, similar a la que discutía Hermila Galindo a principios de siglo: “¡Tenemos las mismas capacidades!” A diferencia de hace un siglo, antes se pensaba que las mujeres teníamos un cerebro más pequeño que el hombre, por ello no podíamos tener los mismos derechos políticos; lo paradójico es que un siglo después, cuando ya se descubrió científicamente que tenemos la misma masa encefálica que los varones, seguimos gritando: “¡Tenemos las mismas capacidades!”, que paradójico ¿no?
En este mundo cultural discriminatorio hacia nosotras es claro ver porque cuando llega una mujer a una candidatura, su éxito se le atribuye a condiciones externas, pues se predispone que no es capaz, por tanto, es común escuchar: “Es que se acostó con fulanito…”, “es pareja de…”, es decir, se lo debe a un hombre, nunca a su capacidad. Hay tan poco reconocimiento, tanto por hombres como por mujeres, del trabajo de las políticas, y esto debe cambiar ¡ya!
Hay que señalar que las candidatas no solo reciben violencia de sus partidos o de sus contrincantes, también de la población, pues se les califica por su físico, color de piel, y a diferencia de los hombres, la sociedad también las recibe con mucho escepticismo y se llega hacer la pregunta ¿qué hace una mujer en la política en lugar de cuidar de su familia? Por lo mismo, en cuanto creen que no está haciendo correctamente su papel como política, pues no deberían estar en este espacio que les corresponde a los hombres, es tratada con dureza y violencia.
La violencia hacia ellas es mucha en la actualidad, muestra de ello son las denuncias que existen y que no ha pasado nada en la Fiscalía Especializada para la Atención de Delitos Electorales (Fepade); estas son desde la humillación, la calumnia, o amenazas a su persona, familia y/o hijos, hasta agresiones o asesinato. Uno de los casos más dramáticos en México es Oaxaca, sin embargo, en este caso no solo es el estereotipo lo que predomina, sino que antes de cambiar la participación de la mujer en los usos y costumbres, se introdujo la cuota 50-50 para cargos de elección; en ese estado hay usos y costumbres en donde para llegar a dirigir a la comunidad el ciudadano ya tuvo que pasar por otros puestos donde dejó ver su trabajo hacia la comunidad, al no hacer esto, que es una costumbre ancestral, y llegar a las candidaturas sin trabajo comunitario previo es una doble ofensa. Finalmente, otra violencia que se ejerce contra ellas es ahora para el registro de las candidaturas, las llaman, las dividen y no las registran, y acaban eligiendo, principalmente, a mujeres externas o a las que dejan ver obediencia y/o que no pongan en riesgo los intereses de los varones.
Ante este panorama, la otra pregunta que surge es: ¿qué hay que hacer?, en primer lugar creo que los cambios legales están bien, pero estos deben ser acompañados de una transformación cultural, es urgente una redefinición del estereotipo social de cómo debe ser y comportarse una mujer y un hombre, pues si seguimos con estos estereotipos tradicionales la violencia continuará. En segundo, la sociedad en su conjunto debe denunciar cualquier violencia que observe, no ser copartícipe de la misma, pues al hacerlo también esta violentando. Además, las mujeres políticas deben aprender a unirse, trabajar en equipo, negociar y platicar entre ellas, y no buscar al hombre para negociar y ganar espacio a las demás con esta acción. La lucha en la política debe ser por capacidad y trabajo, tanto entre mujeres como en hombres, se debe terminar con que una élite política de hombres designe a las féminas que le son convenientes y que no necesariamente son las que más han trabajado y capacitado en el partido. Finalmente, las mujeres deben aprender a ser solidarias entre ellas y apoyar a aquellas que han sido violentadas para que también reciban el mismo apoyo cuando lo necesiten.
La lucha por la igualdad vive, la discriminación sigue y las mujeres estamos en ella y deseamos que se nos unan más hombres, pues es una lucha de todas y todos: la igualdad de género.

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