Un grupo de escritores y académicos estadunidenses, con solidaridad y energía, se habían movilizado para salvar al eminente escritor francés Víctor Kibalchich, cuyo nombre literario es Víctor Serge, quien encontró refugio en México huyendo de la barbarie nazi. 800 dólares permitieron realizar el viaje, tanto a él como a su hijo. Serge había sido testigo y huía de la persecución, la intransigencia y barbarie del fascismo. La agresión, la calumnia, el insulto, que vive, que sufre el escritor, lo hacen afirmar: “El totalitarismo no tiene enemigo más peligroso que el sentido crítico: se empeña en exterminarlo… He enfrentado a mis atacantes en reuniones públicas. Les ofrecía responder a todas sus preguntas. Ráfagas de injurias, proferidas a voz de cuello, trataban de cubrir mi voz… Tanto en París como en México hubo momentos en que, en algunos cafés, se hablaba como cuestión corriente de mi próximo asesinato”. Un intelectual perseguido por su universalidad, por su capacidad para contemplar la sociedad desde su pluralidad, haciendo a un lado el prisma individual. La diversidad, la defensa de la ley y el derecho, son principios que están presentes en su obra: El caso Tulaev, novela escrita sobre las confesiones de los procesos de Moscú, es su defensa de la libertad. Sus convicciones lo llevaron a afirmar: “Nuestra salvación está en una intransigencia tolerante, que consiste en reconocernos unos a otros el derecho al error, el más humano de los derechos, y el derecho de pensar diferente, el único que da sentido a la palabra libertad”. Para Octavio Paz, el poeta francés era una “inteligencia húmeda. A pesar de los sufrimientos, los descalabros y los largos años de áridas discusiones políticas, había logrado preservar su humanidad… Víctor Serge fue para mí un ejemplo de la fusión de dos cualidades opuestas: la intransigencia moral e intelectual con la tolerancia y la compasión. Aprendí que la política no es solo acción, sino participación. Tal vez, me dije, no se trata de cambiar a los hombres como de acompañarlos y ser uno de ellos”.

La batalla de Serge es hoy la batalla de ciudadanos que luchan por la libertad de pensamiento, la independencia política, en donde es inevitable y legítimo el desacuerdo, de hecho, el desacuerdo, el disenso es el nutriente y eje fundamental de la democracia liberal. La democracia requiere pluralismo y el reconocimiento de que es necesario encontrar términos justos para convivir como ciudadanos libres e iguales, pero también irreductiblemente distintos. El concepto: término justo (el justo medio aristotélico), se propone la búsqueda de una cultura política en que conviven civilizadamente las diferencias, la diversidad es parte de esa humanidad, de ese reconocimiento del otro. Las diferencias de un gobierno dividido se zanjan a través de la negociación y el compromiso, moverse al centro para garantizar la gobernabilidad. Este espíritu, en el que prevalecen la razón, las ideas, el respeto, la capacidad para conciliar y hacer política, son las que ha defendido y pone en el centro de la política Gerardo Sosa; este hábil y conciliador político, con madurez y sensibilidad, propone una ruta que garantiza estabilidad, acuerdos, diálogo, es decir, un mosaico de ideas e intereses que ofrecen incorporar a los ciudadanos al desarrollo de su historia. Sosa, en su plenitud intelectual, tiene un papel enorme y fundamental que ofrecer: ser el centro liberal, construir las ideas y acuerdos que sienten las bases de la futura prosperidad. Un hombre que se transforma con ese espíritu, Gerardo Sosa consolidó una esfera estratégica de la sociedad: la educación superior. Hoy, este universitario se propone recuperar la esperanza, la puesta en marcha de una nueva realidad que habite en la cultura, en la educación, en iniciativas sociales valientes que le den horizonte a la sociedad.

Para Sosa Castelán, revalorar la negociación, la conciliación, el diálogo, es recuperar la política de ideas y acuerdos. Rechaza la polarización, porque abre el camino de la confrontación, el denuesto, la vociferación; el riesgo de la ruptura se hace presente y, a nadie conviene, a todos daña. Propone superar los particularismos, los prejuicios, las injurias y descalificaciones para emprender la búsqueda de una democracia de ideas, de múltiples opiniones, de debates, de corrientes de opinión que contribuyan a la reflexión, que ayuden a formar pensamientos coherentes y argumentados esa es su contribución a la política democrática y la cultura humanística.

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