¿A la crisis económica le sigue la dictadura?

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Roberto Morales Estrella

El presidente Peña Nieto, en el 88 aniversario del PRI, manifestó que está en riesgo la modernización de los sectores energético, educativo y telecomunicaciones que han sido impulsados por su administración, por ello convoca a defender los avances económicos y el desarrollo del país. Reconoce que las “decisiones adoptadas por el gobierno federal no han sido populares, pero han sido tomadas por el bien de México”.
¿Cómo se le puede llamar a este discurso? Desconocimiento, falta de objetividad o la apertura para acciones más drásticas violatorias de todo derecho humano; que los mexicanos aceptemos toda acción pública bajo este régimen por irracional que sea, ahí están las reformas, cuyos efectos en nada han superado la pobreza ni la desigualdad que prevalece en el país con más de 53 millones de pobres, a eso no se le puede llamar desarrollo.
Desarrollo económico, dice Iván Silva, es mucho más que un problema económico, es un proceso de activación y canalización de fuerzas sociales, de mejoría de la capacidad asociativa, de ejercicio de la iniciativa y de la inventiva, es un proceso integral porque incluye a lo económico lo cultural, lo social y lo sustentable.
El desarrollo se produce cuando se reconoce que las regiones no son campos de maniobras sino agentes activos, donde sus habitantes están presentes como capital humano de alta calidad, en todas las actividades económicas, propiciando la disminución de la desigualdad. Me pregunto si esto está ocurriendo en México. Claro que no, estamos muy lejos del desarrollo.
Ya que 95 por ciento del crecimiento económico desde 2009 fue captado por el uno por ciento más rico, mientras el 90 por ciento de la población se volvió más pobre y marginado. ¿Qué tenemos? Un modelo económico que ha puesto como motor y beneficiario de la economía, a la gran empresa trasnacional.
Como es el caso de Monsanto y Bayer, con operaciones en México que ya recibieron el beneplácito de Trump para fusionarse, controlarán más de dos tercios de los insumos agrícolas, decidirán precios y productos en su beneficio y no de los pequeños productores agrícolas mexicanos.
Nuestra decadencia económica es resultado del modelo económico, que privatiza los derechos humanos generando una criminalidad que supera a las fuerzas del orden y de la administración de justicia, a la par de una impunidad, que se fortalece a la luz de la corrupción, haciendo de la justicia un mercado negro, donde todo trámite requiere de dinero, ya sea del lado de la víctima o del victimario, sin la dádiva no hay tramite, ¿quién asegura lo contrario?
Un buen gobierno es el que fortalece la producción de alimentos para la ciudanía, pero está desmantelado nuestro sistema productivo agrícola gracias al TLC, que en 23 años ha propiciado el empobrecimiento de millones de campesinos, acentuando la dependencia alimentaria del extranjero. Y eso que en 1994 se anunció como la oportunidad para “modernizar” el campo y la economía, pero el gobierno dejó de cumplir con su papel rector, transfiriendo el control de los procesos económicos a las empresas globales.
En la década de 1970 las importaciones mexicanas de maíz eran entre 2 y 3 millones de toneladas, pero ahora son de 10 millones de toneladas; del 2000 a la fecha la investigación en semillas ha sido abandonada; la escases presupuestal para el campo ha llegado en 2017 a extremos, porque además de la reducción de 13 por ciento respecto al 2016, tiene que enfrentar los incrementos de precios tanto en la gasolina, como en las semillas y los agroquímicos que se importan.
Somos una economía de importación y usuaria de tecnología, sujeta a los precios internacionales, dada la baja productividad y lo precario del desarrollo tecnológico, nuestras empresas no patentan y lo que hacen las universidades no es insuficiente, puesto que 95.5 por ciento de las patentes generadas en México son de extranjeros. ¿Esa es la modernidad y el desarrollo?
El gobierno de Peña Nieto exige aceptación absoluta de su discurso; sin embargo negar las diferencias de pensar, hacer práctica oficial la desaprobación de la crítica, el pánico a la verdad y el deseo de eliminar a los desobedientes son síntomas de regímenes dictatoriales. ¿A dónde vamos?

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