Este 20 de noviembre se cumple un aniversario más de la Revolución mexicana, un movimiento social que permeó no solo en México, sino en el mundo entero, siendo justamente la primera revolución del siglo XX, algo emblemático.

La palabra revolución no es desconocida para nadie, es más, origina enconos en algunos casos y admiraciones en otros. Sin embargo, es menester analizar sus orígenes y sus porqués.

A unos días de iniciar una nueva era en México, la cual se ha denominado “la cuarta transformación”, y entendiendo que una transformación es justamente, en el sentido estricto de la palabra, un cambio, y una revolución es justo eso, analicemos ¿qué es una revolución?

Los movimientos revolucionarios se han inspirado y desarrollado según pautas comunes a lo largo de la historia. Ideología, demagogia, movilización de masas, simbología… son, entre otras, armas que los agitadores sociales han sabido manipular con maestría.

Cuando hace 200 años comenzó a usarse la palabra quizá más resonante de la política moderna, su propio sentido se amplió mucho. Revolución, del latín revolutio, significaba vulgarmente “cambio” y “vuelta” al punto de arranque. Los autores griegos, que sabían de alzamientos contra un tirano (la epanastasis de Heródoto), de un cambio constitucional violento (metaboli kai stasis de Aristóteles) o de una ansia por cosas nuevas (cupidus rerum novarum de Cicerón), no disponían de un término equivalente al de la revolución.

Polibio (120 antes de Cristo), sin embargo, refiriéndose a Platón hablaba de un ciclo (anakikiosis) de cambios políticos: de estado natural a monarquía, de monarquía a tiranía, de tiranía a aristocracia, de aristocracia a oligarquía, de oligarquía a democracia y de democracia a anarquía, para volver de nuevo al inicial estado natural.

Esa teoría de los ciclos, que supone tanto movimiento como vuelta al origen, la noción primaria del término revolución, perduraría durante siglos hasta consagrarse en el siglo XVI con la aparición de Revolutionibus orbium caelestium (1543) de Copérnico, que se aplicó por imitación a los movimientos políticos. En todo caso, el término revolución se adscribía a muchas cosas y no precisamente tremendas –la rebelión era por entonces lo más terrible–, como puede apreciarse en la “revolución o mudanza de las llaves” (1618) como llama Vera y Figueroa en sus fragmentos a la entrega del aposento real por Fernando de Borja al Duque de Uceda, lo que no pasa de mero incidente palatino.

A partir del siglo XVII, sin embargo, se prodiga el título de revolución a acontecimientos de cada vez mayor envergadura, comenzando por la que se llamaría Revolución inglesa a la de Cromwell que ejecutó a Carlos I (1649) y “gloriosa revolución” a la que desterró al último Stuart James II (1688) y, además, el filósofo Thomas Hobbes (1588-1679) le aplicaría la fórmula polibiana del ciclo: del Rey Carlos I al parlamento “largo”, del largo al corto, del corto al “protector” Cromwell y cerrando la vuelta, a la restauración de Carlos II.

Tanto la Revolución francesa como las revoluciones posteriores se dieron a sí mismas alguna elevada finalidad como última justificación del cambio que pretendían introducir y de los sacrificios que imponían. Estos altos fines suelen definirlos de antemano los filósofos y pensadores, que serán incesantemente invocados por los propios agentes de la revolución, pero que probablemente se hubieran sorprendido del inesperado camino que tomaron sus ideas en la práctica revolucionaria. Imposible sería enumerar la inspiración teórica de todas y cada una de las revoluciones, porque ellas mismas y sus autores son múltiples.

Las revoluciones, las que han inventado y propagado la noción de las ideologías, el conjunto de ideas que las inspira, incluida la de la revolución misma como un ideal estado de cosas para la política y la sociedad, la “revolución permanente” de Trotsky en los albores del bolchevismo ruso… aunque la lista de los aspiradores sería interminable, se atribuyen a Voltaire y a Rousseau las ideas que inspiraron la Revolución francesa; a Proudhon y a Marx las revoluciones de 1848 y de la Commune (1871).

Pero no es en teorías precisamente en las que una revolución se desenvuelve, sino en su puesta en práctica. La mecánica, por así decirlo, de ese desenvolvimiento revolucionario, ofrece a lo largo de la historia notables similitudes en la movilización y actuación de las que se llaman revolucionariamente masas.

Es una mecánica de cosas comunes, actitudes, vestidos, vocabulario, música, todo lo que por su directa sencillez mejor conmueven, incitan y aterran a las multitudes. Su manipulación en símbolo es el arte de los grandes revolucionarios. Una apropiada organización de ideología pública, sostenida por un disciplinado grupo secreto y una voz a propaganda generalmente vociferante, practican el arte.

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