Cada 15 de mayo se celebra el Día del Maestro ¿y las maestras? Necia, me dirán. ¿No entiendes que la palabra incluye a unos y otros?

¿Yo?, replica alguna mujer sin conciencia: Me siento aludida, se refiere también a nosotras. Feminista necia, pensarán otros y otras. ¿Acaso hay que siempre hablar en femenino y masculino? ¿Para qué? Lo cierto es que insisto y se insiste desde el feminismo: Lo que no se nombra, no existe. Si después de tanta discusión sobre visibilizar ese tema no se entiende, ¡yo ya no entiendo nada!

La docencia fue una de las primeras actividades que ejercieron y les permitieron a las mexicanas. De la época prehispánica, pasando por el virreinato y luego el México independiente y los dos últimos siglos, la educación formal y la de casa está signada y pautada por las mujeres.

En la época prehispánica, la educación de las mujeres estaba confiada a las madres hasta los 15 años. No solo tenía que ver con sus habilidades en la cocina, en la administración doméstica, el hilado y algunas otras habilidades, sino también en cuanto a su conducta y lugar social como hija, como esposa y como futura madre.

Durante el virreinato, las Casas Amiga educaban a las niñas en la lectoescritura, Sor Juana Inés de la Cruz es evidencia de su trabajo, pues al acompañar a su hermana mayor, teniendo ella menos de cinco años, abrevó la enseñanza y la historia refiere que a los tres años ya sabía leer.

En la época independentista, las mujeres continuaron con la encomienda de los tres siglos anteriores: enseñar cuestiones domésticas, leer el catecismo y a administrar financieramente, ya que en el matrimonio ellas se encargaban de ese menester.

En el periodo de la revolución, las mujeres no olvidaron su misión y al triunfo de esta emprendieron la encomienda de alfabetizar al país como uno de los proyectos más importantes de los gobiernos emanados de ese movimiento y particularmente del general Lázaro Cárdenas.

El magisterio fue y es un espacio que se identificó con las mujeres como prolongación de la maternidad. Con el tiempo, la educación superior y el alto conocimiento se reservó a los hombres; sin embargo, la básica siguió teniendo rostro de mujer. El siglo XX, el feminismo y las mujeres vanguardistas hicieron posible el acceso de las mujeres a las universidades, primero como alumnas y luego como docentes. Por eso y más vale decir ¡Feliz día de las maestras!

“La oración de la maestra” de Gabriela Mistral

¡Señor! Tú que enseñaste, perdona que yo enseñe; que lleve el nombre de maestra que tú llevaste por la Tierra.

Dame el amor único de mi escuela; que ni la quemadura de la belleza sea capaz de robarle mi ternura de todos los instantes.

Maestro, hazme perdurable el fervor y pasajero el desencanto. Arranca de mí este impuro deseo de justicia que aún me turba, la mezquina insinuación de protesta que sube de mí cuando me hieren. No me duela la incomprensión ni me entristezca el olvido de las que enseñé.

Dame el ser más madre que las madres, para poder amar y defender como ellas lo que no es carne de mis carnes. Dame que alcance a hacer de una de mis niñas mi verso perfecto y a dejarte en ella clavada mi más penetrante melodía, para cuando mis labios no canten más.

Muéstrame posible tu Evangelio en mi tiempo, para que no renuncie a la batalla de cada día y de cada hora por él.

Pon en mi escuela democrática el resplandor que se cernía sobre tu corro de niños descalzos.

Hazme fuerte, aun en mi desvalimiento de mujer, y de mujer pobre; hazme despreciadora de todo poder que no sea puro, de toda presión que no sea la de tu voluntad ardiente sobre mi vida.

¡Amigo, acompáñame! ¡Sostenme! Muchas veces no tendré sino a ti a mi lado. Cuando mi doctrina sea más casta y más quemante mi verdad, me quedaré sin los mundanos; pero tú me oprimirás entonces contra tu corazón, el que supo harto de soledad y desamparo. Yo no buscaré sino en tu mirada la dulzura de las aprobaciones.

Dame sencillez y dame profundidad; líbrame de ser complicada o banal en mi lección cotidiana.

Dame el levantar los ojos de mi pecho con heridas, al entrar cada mañana a mi escuela. Que no lleve a mi mesa de trabajo mis pequeños afanes materiales, mis mezquinos dolores de cada hora.

Aligérame la mano en el castigo y suavízamela más en la caricia. ¡Reprenda con dolor, para saber que he corregido amando!
Haz que haga de espíritu mi escuela de ladrillos. Le envuelva la llamarada de mi entusiasmo su atrio pobre, su sala desnuda. Mi corazón le sea más columna y mi buena voluntad más horas que las columnas y el oro de las escuelas ricas.

Y, por fin, recuérdame desde la palidez del lienzo de Velázquez que enseñar y amar intensamente sobre la Tierra es llegar al último día con el lanzazo de Longinos en el costado ardiente de amor.

Comentarios

Artículo anteriorEmerge Rusia. Los últimos coletazos de Estados Unidos
Artículo siguienteSíndrome metabólico y su relación con la actividad física
Josefina Hernández Téllez
Doctora en ciencias políticas y sociales por la UNAM y especialista en estudios de la mujer por El Colegio de México. Periodista colaboradora en medios desde 1987. Defensora de lectores y articulista del diario Libre por Convicción Independiente de Hidalgo. Integrante del consejo editorial de la agencia de noticias Comunicación e Información de la Mujer AC. Docente universitaria desde 1995 en la UNAM. Profesora investigadora de tiempo completo en la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo desde 2008. Integrante y cocoordinadora del grupo de investigación Género y Comunicación en la Asociación Mexicana de Investigadores de la Comunicación. Línea de investigación y publicaciones sobre periodismo, comunicación y género.