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“A… los enchilones”

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Qué fúlgida y pasmosa tarde, el Sol caía a plomo en el cenit como profundo tiro de laborío minero llenando de iluminaciones todo lo que se encontraba bajo sus rayos! ¡Qué multitud y diversidad de personas, gentes de todos los oficios, de todas las vestimentas y todas las costumbres! Se daban cita en este mineral de Pachuca, en esa porción de la villa con qué agrado y regocijo no solo para los ojos, el olfato, las orejas y el tacto el Sol tenía halagos, prendía claridad y caricias en cornisas, pretiles, ventanas y puertas, en lo que se encontraba en cada improvisado puesto de vendimias sobre el piso polvoso en los ayates, en los petates o en mal acomodados puestos de maderas o de láminas con toldos de manta. Arrancando ascuas de color a las pulcatas iluminaba los letreros de sus denominaciones y las decoraciones, parecía quemar los mostradores y en medio de todos aquellos rayos, los alegres vendedores ofreciendo a sus marchantes o compradores las vendimias, las ráfagas de Sol delineaban todo a su paso, la banda vertical rompiendo nubes de argento parecía un hilillo múltiple de luces de plata al inflamar el trajín.
Por ahí en la concurrida y encantadora pulcata de fácil encuentro, en el antiguo camino real-Guerrero, de pinturas sobre los muros al fresco presumiendo luminosas coloraciones engalanando la añeja plazuela de tradicional vendimia, la anciana con viejos documentos en mano, aún conservados, afirmó fue la plazuela del Carbón, hoy políticamente llamada por la cabeza C Doria. En 1880 y 1920 era un agitado espacio entrelazado con la plaza El Topacio quedando en medio la hermosísima finca de ladrillo colorado de Chicavasco, en sus tiempos ocupada por las Cajas Grandes de la compañía minera y cuartel de Rurales, pasando luego a ser lugar de escuelas, misma que presume faustuosos baluartes o torreones circulares, con esplendida portada de elevadas rejas de ingenioso fierro de fragua, que mira al oriente al puente El Gallo; plaza de la fruta de ventas de mercancías tradicionales de la región. La vieja aseguraba que en este pequeño sector de la plazuela del Carbón a El Topacio y mercado de la fruta con no más de 200 varas de radio, existieron no menos de 20 pulcatas establecidas y decenas de empulcaderos o vendedores en cueros y cubos sobre el piso.
“Ahí se guisa de comer” decía la viejilla, “una gran fiesta de comidas insuperables”, picosísimas enchiladas que al contacto con la manteca hacían chillar la barriga del sartén, las deliciosas gordas o memelas de maíz blanco, prieto o amarillo, pellizcadas de unos 20 centímetros de largo y 10 de ancho saturadas de manteca del asiento del caso de las carnitas “tierritas”, con espesa salsa de puro chile muy martajada con mucha cebolla, ajo y cilantro “fueron las verdaderas bodas de Camacho”, la plena llenura del estómago junto con el espíritu que esparcían llamativo olor semejante al chirrido que hace el gato para atraer pájaros, seducía a los tragones cargadores, barreteros, mozos de mandados, labradores, caleceros, malacateros y soldados. De nada más olerlas emitían un profundo suspiro junto con un enorme trago de saliva, las veían cociéndose sobre grandísimos “zoquilcamalli”, comales de barro untados de cal, en los que también echaban pesadas tortillas torteadas a mano para acompañar las comidas o con una picosa salsa molida en piedra de molcajete con tejolote o tecuicha del mismo material.
Lo que mayormente prendía el gusto fueron las enormes y gruesas cazuelas orejonas junto con chacapalli u olla grande de barro greteadas presumiendo hermosos colores de horno, repletas de suculentos cocinados: mole colorado con pierna de guajolote y ajonjolí, carne de cochino con verdolagas, nopales, o calabazas con mucho orégano, sangre de borrego a la manera del Mezquital con tomate chile verde, ajo, cebolla, cilantro todo picadito, lo mismo que las tripitas del carnero, en gigantescas cazuelas mirábanse nopales verdes picados con cebolla, jitomate, cilantro, orégano y queso y los recomendados por la anciana para la presión, los enormes ayocotes casi morados; frijoles del tamaño de las habas, hervidos en tremenda chachapalli con cebolla, ajo, epazote, chile chipotle seco rayado y manitas de chivo o borrego, servidos en burdas jícaras o huacalli.
Verdaderamente con la barriga satisfecha después del disfrute de los esquistos manjares, “todo un banquete de caníbales”, automáticamente llegaba la alegría del corazón, la paz del alma y sed del apestoso y embrutecedor pulque de los llanos de Apan, bebiendo con los ojos al altísimo mirando al norte no distinguían entre las chimeneas de las haciendas Purísima Grande y Progreso o si casi tocaban los baluartes de la finca de las Cajas Grandes.
El cascabel al gato mallugado de tanto trinar. ¿Cuál democracia? Se dice que los congresos y los gobernadores de los estados se eligen democráticamente por voto directo ciudadano. Cada diputado en el Congreso, en la legislatura, representa un sector de la población como uno de los tres poderes, autónomo del Ejecutivo, debe resguardar el interés público. Aquí, el Congreso de Hidalgo NO representa el más mínimo interés de esta población. ¿Está sujeto, humillado, maiceado, maniatado; recibiendo dadivas? ¿Volvimos a Fayad, cuál autonomía del Congreso? No la vemos ¿Está sujeta a caprichos o intereses del Ejecutivo, Fayamos nuevamente? ¿Recuerdan ustedes aquella iniciativa, intentona de Fayad, en ese entonces legislador por Hidalgo, para reglamentar el uso del Internet en el país, que provocó expresiones adversas en contra de ese madruguete e ignominia ¡en contra de lo que no se puede reglamentar!? Ahora va por la autonomía universitaria; emulando a Moisés sube al monte el Ejecutivo y desciende con las tablas de la ley declarando su injerencia en el dictado de leyes sobre el Congreso, metiendo las narizotas y hasta la trompa en la autonomía universitaria.

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