Para el humanismo más avanzado, lo importante no es la pregunta acerca de quiénes somos ni qué somos y mucho menos qué necesitamos. La clave de la pregunta es cómo podemos resolver la existencia a la que nos ha arrojado el destino y de cuyo tránsito por este mundo nadie se hará responsable más que nosotros mismos. Somos los arrojados, dice Heidegger, pero el destino y el cuidado de nosotros mismos es un asunto de nadie más que de quienes deben tomar el cuidado de sí mismos.

Planteada la duda de esta manera por el ser humano –es decir, como el arrojado por el destino y responsable de sí mismo– es muy importante. De antemano nos aleja de aquella antigua pregunta cuya duda pretende aclarar quién es el ser humano –la pregunta de la filosofía tradicional por ¿quién es el ser?–, pero que deja la duda a múltiples interpretaciones que han llevado, casi siempre, a que el ser aparezca como “necesitado” o “pordiosero social”, dicho lo anterior con todo respeto para los pordioseros auténticos.

La culpa de que la respuesta a esa pregunta formulada por la filosofía clásica –o metafísica, como llamaban los griegos a la filosofía–, todavía la vemos en nuestros días en las fórmulas gubernamentales convertidas en políticas sociales en casi todo el mundo; está en la influencia que ejerce sobre nosotros la cultura, el lenguaje, la opinión pública, de acuerdo con Heidegger. Para el autor de Carta sobre el humanismo, el lenguaje que nombra las cosas y las fija nos ha transmitido esas equivocadas creencias desde Occidente.

Se puede ejemplificar en un comentario que me hizo un amigo y que a su vez él lo escuchó de su abuelita –ya ven ustedes, mis estimados lectores, que siempre aparecen en las narrativas entre amigos las historias familiares muy a menudo inventadas para halagar la genealogía familiar, que no son tan ciertas, pero que sirven como en este momento–. Dice la abuelita: “Los pobres siempre deben existir como que las manos tienen cinco dedos y cada uno cumple una tarea”. Como puede verse, con todo respeto, una abuelita marcada por la vida empírica.

El humanismo es de origen griego, porque los griegos tardíos cultivaban las bellas artes que los distinguían de los bárbaros habitantes de Europa central. Los romanos tomaron la experiencia griega y la convirtieron en “humanitas” para distinguirse de los pueblos conquistados y que vivían inhumanamente, según su propio discurso. También la religión busca la humanización en la tierra y la salvación eterna. Los filósofos del renacimiento entendieron lo humano para distinguirse de los atrasados medievales. Lo humano se asoció al progreso y felicidad, de la mano de la ciencia.

Cuando llegaron los conquistadores al territorio que actualmente llamamos México, lo que vieron los peninsulares fue algo más que barbarie: hombres y mujeres alejados de la mano de Dios. Nuestros antepasados fueron vistos como los incivilizados por contraposición a los “civilizados” que llegaron a conquistar. Concluyeron que era necesario traer la religión cristiana para “salvarnos” y humanizar a los que vivían como animales salvajes, alejados de la mano de Dios. Y llegó la salvación y el humanismo; 300 años de colonialismo. De alguna manera, todavía siguen discutiendo que la Conquista les rompió el esquema de la creación.

Entonces, el humanismo podríamos decir más avanzado por el que reclama Heidegger –que por cierto fue aliado del Führer, lo cual no quita lo interesante de su propuesta–, es aquel que elimina cualquier pregunta cuya respuesta hace depender la existencia del humano de cualquier fuerza que lo haya creado y al que le deba de alguna manera su existencia o, para decirlo coloquialmente, algún favor. Esto es muy importante porque elimina la creencia de la población en ideas absurdas en torno a que algún día alguien vendrá a hacer justicia.

Todas las ideas erróneas de concebir el humanismo y que hacen depender al ser humano de la religión, la política, la economía, etcétera, están construidas como formas de valorar la realidad, pero que, como apunta Heidegger, se olvidan del ser. Ese olvido no es cualquier olvido, es un olvido que tuvo y ha tenido consecuencias nefastas para la historia de la humanidad. Nos ocupamos de llegar a la Luna y ahora a Marte y sus lunas, de las fuerzas físicas que rigen el movimiento de los planetas, de la biotecnología capaz de reproducir la vida desde la aplicación de la tecnología, de la robotización de la producción y la vida cotidiana, pero el ser sigue siendo el gran ausente.

Nadie en su sano juicio podría cuestionar la importancia que la tecnología tiene y cuenta en la vida cotidiana de los seres humanos, pero aquí el punto es que la manera de preguntarse por el ser como ser humano lleva a caminos en donde lo humano aparece, en los hechos, en realidad olvidado, aunque digamos en nuestros discursos que todo lo que hacemos está en función de él. En la búsqueda de la esencia nos olvidamos de la ex-istencia como dice Heidegger, así con un guion para distinguirla de la otra palabra existencia, que apunta a las esencias.

Pero, ¿cómo se puede llegar al humanismo diferente del humanismo que genera dependencias y sometimientos a fuerzas divinas y terrenales? Heidegger, sugiere que el camino es el pensar las cosas desde su origen, desconfiando del lenguaje que las nombra y otorga un significado, sino un significante, es decir, las hace que digan lo que no dicen en su sentido original. Pero lo fundamental, que los seres humanos –hombres y mujeres– se hagan responsables de su existencia, que nadie vendrá a resolver lo que nosotros no podamos atender por nuestras propias fuerzas y capacidades.

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