Hoy la humanidad está, con ritmos diversos de la pandemia, en la encrucijada acerca de cómo resolver el regreso a una normalidad que ya no será la antigua normalidad, pero así le suelen llamar. Las palabras, recordemos, son los medios en donde se imprimen los deseos de quienes emiten, desde el oráculo de la verdad, los acertijos que deben ser decodificados por los mortales, acostumbrados al previo aclaramiento de la “verdad”.

Porque regresar a la normalidad, ¿qué significado puede tener ahora la palabra “normalidad”? Es, ni más ni menos, que regresar a las antiguas condiciones que poco a poco fueron conformando un sedimento a partir del cual se desató lo que se llama pandemia, que no es una pandemia sino una de las mayores catástrofes que ha vivido la humanidad. No solo por las lamentables muertes ni por su impacto global, sino por el significado que tiene como parte de la crisis del paradigma de la cultura occidental.

Pero el mundo debe regresar a la normalidad, y cuanto antes, manda e implora el “desgobierno mundial”. Hagámoslo ya antes de que el encierro, como un extraño estado de sitio voluntario, se convierta en la “caverna de Platón”: que alguien salga y les dé cuenta a los que aún permanecerán en el encierro de lo que ocurre allá afuera: la posibilidad de hundirnos en la plenitud y belleza del mundo cual peregrino que regresa a su casa paterna: la naturaleza, como diría el más grande poeta de todos los tiempos: Friedrich Hölderlin.

Regresar a la normalidad es regresar a lo normativo, la realidad regulada, codificada, legalizada, lo aparente como dirían los filósofos de la antigüedad. Pero, regresar a esa normalidad de las sombras, de la caverna en la que nos encontramos, debemos negarnos a un nuevo regreso a la normalidad de occidente que ha economizado la naturaleza y vendido su alma al diablo representado por el dinero, la avaricia y la ganancia. Solo la urgencia de las palabras y los discursos mezquinos nos invocan a regresar a la otra oscuridad.

En la sociedad del riesgo (U Beck), el riesgo (en este caso a la transmisión del virus, pero que puede ser de otra manera igualmente inesperada como el riesgo nuclear o ambiental o la combinación de algunos otros), ya no se trata del antiguo riesgo que tenía como contexto la demostración del coraje romántico ante la adversidad, una manera de aventurarse ante lo desconocido, pero dignamente soportable por los humanos. Ahora, el riesgo es ni más ni menos que entregar vidas inocentes a la lógica de una sociedad incapaz de resolver los enigmas que le plantea un modelo de sociedad que, como los hospitales de la actual pandemia, han sido, en el mundo, rebasados.

La vuelta a la antigua normalidad es regresar a un punto en el que ignoramos que ha quedado demostrado teórica y empíricamente (espero que la pandemia sea lo suficientemente evidente en este caso), que el modelo occidental de sociedad se encuentra en crisis y qué más evidencias que el encierro actual. Que ese modelo es una sociedad del riesgo que nos coloca frente a la muerte no solamente humana sino planetaria. El viejo paradigma antropocéntrico ya no puede ser soportado más por la sociedad.

El regreso a la normalidad es el regreso a una normalidad del riesgo globalizado, aun peor de la normalidad preCovid-19. Las épocas en que los efectos se quedaban, aparentemente, en el mismo lugar en que se cometía el impacto al ambiente ya no existen y nunca han existido. Poco a poco, los efectos de la destrucción masiva de los ecosistemas del planeta se han ido acumulando y nos encontramos parados literalmente en un barril de pólvora colocado al interior del megaecosistema del planeta.

Como dice Hölderlin, el gran poeta alemán, los pueblos se amodorran, pero el destino cuida que estén despiertos. Se ha descubierto desde hace décadas el impacto de la acción industrial sobre la naturaleza no posee un ancla que lo vincule al territorio donde ocurre la destrucción. Lo que hace una nación como Estados Unidos, China y Rusia, se propaga en todo el mundo como la actual pandemia. No estamos viviendo la epidemia del coronavirus sino a través del coronavirus, las consecuencias de la destrucción de la naturaleza y de la vida animal.

El regreso es el regreso a la continua contaminación de los recursos naturales como el agua y otras fuentes de riqueza, corrió a pasos agigantados desde los siglos XVIII y XIX, pero los gobiernos del mundo no quieren que se tome conciencia de ello, debido a que sobre estos hechos prevalece el discurso de que para poder progresar se tienen que aceptar daños secundarios. El regreso a la normalidad es el regreso al mundo de fuerzas destructoras de la naturaleza y no es siempre progreso para todos y nos coloca en un riesgo de muerte como ahora.

Siempre debemos de recordar, como lo expone weber y lo recuerda Beck, la sociedad industrial o de clase “gira en torno a la cuestión de cómo se puede repartir la riqueza de manera desigual y al mismo tiempo legítima”. En ese caso, el regreso a la normalidad y la urgencia por hacerlo más rápido posible no es otra cosa que preservar el hambre y la enfermedad en el mundo, porque ahora eso convertido en negocio y se utiliza como pretexto.

Pero, dice Hölderlin, “el tiempo cierra las heridas. Poderosos/son los dioses y rápida su acción/¿No sientes acaso que la naturaleza inspira nuevamente el derecho a la alegría?”.

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