Franz Kafka, el hombre universal, el escritor que se transformó y transformó nuestros temores, incertidumbres y peores miedos en realidad viva. Es posible que estuviera consciente de que junto a su genio literario existiera algo de milagroso en su talento. Un intelectual, un artista que tuvo la entereza de enfrentar el dolor. Con ese espíritu pensó que lo mejor era olvidar, por eso, ya enfermo, ordenó a su amigo de toda la vida Max Brod, destruir todo su trabajo “quema sin leerlos absolutamente todos los manuscritos, cartas propias y ajenas, dibujos, etcétera, que se encuentren en mi legado” esa era la indicación tajante. Franz Kafka murió de tuberculosis laríngea el 3 de junio de 1924, afortunadamente su amigo escritor, periodista, y compositor logró que la obra del checo Kafka, viviera, fuera conocida y leída por todos.

Kafka fue el escritor indispensable del siglo XX que anunció con extraordinaria lucidez el endurecimiento de la política y atisbó el futuro como un orden autoritario, aunque quizá no imaginó el grado de brutalidad que ese adquiriría solo 10 años después de su muerte. Para uno de sus biógrafos, Pietro Citati, es indispensable atreverse a pensar lo impensable: que en El proceso, Josef K es culpable. Que la aparente víctima sea el posible culpable. En un primer momento, la propuesta puede parecer escandalosa –la víctima es culpable– “se vuelve luminosamente rigurosa cuando nos hace entender que el poder es virtual y la víctima del poder actualiza una fuerza que, de otra manera, sería inexistente” (Carlos Fuentes). Nosotros vestimos al emperador desnudo. Nosotros convertimos al fantasma del poder en el cuerpo del poder. La relación entre el individuo y el poder es un ejercicio que la literatura kafkiana desentraña, descubre, revisa meticulosa e inquietantemente. El individuo en Kafka es un parásito, escribe Hopenhayn, que quisiera dejar de serlo pero que, a pesar suyo, revela el mundo de parásitos que el sistema requiere para ser acogido por el poder. Con el espíritu inquisitivo de Hopenhayn, puede plantearse que, en México, están presentes amplias franjas de la sociedad que son refractarias al diálogo, se encuentran más cómodas en el autismo, en el individualismo conservador. Junto a ellas están otras expresiones sociales que buscan replicar, sin ningún cuestionamiento, el discurso mediatizador, muchas veces demagógico, simplificador, autoritario, populista, del presidente, primer ministro, guía político. Esos personajes son los que visten al emperador desnudo, lo legitiman, le aplauden todas sus expresiones, desplantes, ocurrencias, absurdos, lo apoyan irrestrictamente, sin cuestionar, sin reflexionar, lo siguen porque suponen que es el mesías que los conduce a la tierra prometida.

Carlos Fuentes se pregunta si hay algo más kafkiano que el arribo a Minsk, en 1937, del camarada Comisario I.

V. Kovalev para asumir sus funciones y encontrarse unas oficinas absolutamente vacías porque su predecesor y la totalidad de los funcionarios habían sido ejecutados como traidores a Stalin. Kovalev, fatalmente, tomó el escritorio de la siguiente víctima, él mismo. Otro personaje igualmente absurdo, incomprensible, delirante, que toma el camino hacia ese permanente ir sin regreso, hacia su propia cárcel, es Mijaíl Koltsov, corresponsal de Izvestia durante la guerra de España, quien enfático afirma que si Stalin lo declara a él, Koltsov, un traidor, lo creería , aunque no fuese cierto. Y en efecto, Koltsov fue encarcelado y ejecutado como parte de la cuota de detenciones que la policía secreta debía cumplir para satisfacer al dictador, a sabiendas de que ellos mismos, los verdugos, acabarían siendo las próximas víctimas de la paranoia estalinista (Carlos Fuentes).

Escritor del dolor, del síndrome del mundo cruel, narrador de las dolencias humanas, de los callejones sin salida, el niño enfermo, traumatizado que quería regresar a su casa interior, ese portal donde buscaba encontrarse, ir a su interior a los surcos de su realidad, errante, nómada que necesitaba hacer un canto a su vida, Kafka, quien era también un profeta que le dio un rostro a los horrores del poder en el siglo XX. Hoy, el poder ha aprendido las maneras de hacerse invisible, contando, más que nunca, con que la víctima le otorgue poder al poder. La pregunta es si estamos frente a una “degradación de la ciudadanía (Deneen) que obliga a replantear el destino de la libertad. ¿Cómo puede nuestra libertad enfrentar el autoritarismo, el liberalismo, el populismo y la demagogia?

Comentarios