Terminado el simulacro democrático, es decir, la primera consulta ciudadana de este todavía no iniciado sexenio, el domingo pasado después de cuatro días de escasa, pero prevista, participación ciudadana, con un resultado bastante predecible sobre el proyecto aeroportuario de Santa María, que cancela el macroproyecto del Nuevo Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México, ubicado en Texcoco, una de las obras emblemáticas del sexenio que finaliza, por lo que resulta necesario dimensionar los efectos causados por un hecho casi inédito en la política mexicana, que aún nos resulta confuso y complejo.

El solo hecho de realizar una consulta ciudadana cambia las cosas en la política mexicana, ya que considerar que un presidente tome en cuenta la opinión de los ciudadanos y los haga partícipes y colaboradores de una decisión, aunque no medular, pero sin lugar a dudas importante para el país, sobre todo por la cantidad de recursos financieros implicados en su ejecución, resulta novedoso. Pero más allá de lo sorpresivo y antisistémico que nos parezca, la participación ciudadana en la toma de decisiones en la región no está considerada culturalmente en los procesos políticos de nuestros países, debido fundamentalmente a la concepción política de los líderes del continente.

En efecto, la mayoría de los políticos se siente cómodos ejerciendo el poder para satisfacer expectativas políticas propias y estableciendo alianzas estratégicas con otros actores relevantes, que al final transforman al Estado y sus gobiernos en un gran espacio de negocios y de enriquecimiento individual.

Lograr que los ciudadanos se informen y asuman plenamente el poder con que cuentan o contaran en el nuevo gobierno, resulta prioritario a la hora de preservar y potenciar la transformación del quehacer político en el país, una política de cara a todos, no solo a los amigos del régimen y obviamente de los beneficiados de siempre. Pero al mismo tiempo, a todos los ciudadanos se les exige ser actores activos de la construcción cotidiana de México, situación a la cual no estamos habituados, ni dispuestos, ahí la riqueza del simulacro.

Elegir estratégicamente un proyecto tan mediático para mostrar las nuevas fronteras simbólicas que enmarcarán la actividad política e indirectamente la económica y financiera en el país, es sumamente arriesgado y, como algunos afirmaron desde sus trincheras ancladas en los valores políticos entendidos de finales del siglo XX, parar el proyecto de Texcoco, es vaciar automáticamente las arcas del país, generando grandes pérdidas para todos los mexicanos.

Quedarnos atrapados en la discusión de las características y los impactos del aeropuerto y lo débil y fraudulento de la propia consulta ciudadana, no nos deja ver tal vez el impacto más importante, pero más difícil de visualizar. En efecto, la compleja relación entre la política y la economía o, para ser más precisos, los grupos privilegiados que están habituados a imponer su voluntad y su correspondiente obediencia, por parte de los otros actores, que en términos de M Weber encajan en lo que conocemos como una forma de dominación. Así, la cancelación de un proyecto de ese tipo, que asume compromisos y lealtades muy específicas e incluso particulares, viene a remover, a modificar y transformar las formas en cómo los grupos de intereses, articulados en torno a acumulación de dinero, se relacionan con el Estado y sus gobiernos.

Revertir una decisión ya tomada, por esa compleja y constante alianza de facto, entre grupos políticos y económicos relevantes y, además sustentada legalmente en una estructura que garantiza los beneficios a largo plazo –como ese proyecto–, tiene un significado político indiscutible. No solo, se les pinta una línea, sino que se declara la separación de los intereses del Estado, de esos grupos. El Estado y sus gobiernos tienen como interés fundamental el lograr el bienestar y los mayores beneficios para todos los ciudadanos y no se pondrá ningún interés individual sobre todos.

El Estado mexicano tiene su propia agenda de inversión y desarrollo estratégico que va más allá de los intereses que impone el propio mercado. El presidente electo les pide y garantiza a los ciudadanos que seguirán caminando juntos para la construcción de un nuevo México. Es sano para la política en el país que las cosas se separen, se establezcan nuevas estructuras de negociación de los grandes proyectos estratégicos que se están planteando. Sin lugar a dudas, eso da legitimidad y credibilidad al futuro gobierno, que nace de una arriesgada y también calculada estrategia política, para golpear la mesa fuertemente y sacudirse del virtual secuestro del Estado por esos grupos.

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