En muchas culturas, el águila es vista como un símbolo de inteligencia, entereza y liderazgo. No es coincidencia que los animales que representan la patria mexicana y estadunidense sean de esa especie. Si del águila podemos aprender algo es su precisión para satisfacer sus necesidades: nunca se queda con ganas de nada. La voracidad y asertividad en la toma de decisiones vuelven a éste un animal exótico que inspira respeto. No obstante, cuando es utilizado como mascota del equipo más odiado y amado del futbol mexicano, los simbolismos suelen quedar de lado.
El Club América no siempre toma las mejores decisiones. Un día pueden contratar a Gustavo Matosas y al siguiente a Ignacio Ambriz. Pueden contratar a Oribe Peralta y a Silvio Romero, a Rubens Sambueza y al Hobbit Bermúdez. Pueden pasar de la publicidad más ególatra –“el América es grande. ¡Muy grande!”– a la más mezquina –“ódiame más”–. Nadie es perfecto y mucho menos el cuadro de Coapa. Pero una cosa es segura: nunca se tientan el corazón para mandar a la calle a quien mucho les dio.
Un ciclo importante en la historia del club azulcrema llega a su fin. Una que inició aquel fatídico 2011 en el que la salida de Michel Bauer dio pie a un desplome total de la directiva de aquel entonces y a poner a la plantilla entera en el escaparate de ventas y que hoy acaba, precisamente, como la anterior. No, el América no es el equipo más mediocre de la Liga MX como fue hace seis años. De hecho, ha conseguido cierta estabilidad futbolística que lo coloca con un pie y medio dentro de la liguilla. Pero para Emilio Azcárraga Jean y compañía nunca es suficiente.
Las tensiones se acumularon y la burbuja estalló: Ricardo Peláez Linares, la pareja ideal de Enrique Bermúdez en los primeros videojuegos de FIFA, recibió una patada en la espalda y no es más el director deportivo de las Águilas. El mismo que rescató a un barco que naufragaba, realizó apuestas de alto riesgo y salió avante. Al que prácticamente sacaron en hombros del estadio Azteca luego del milagro en la final del Clausura 2013 ante Cruz Azul. El que entregó cuatro campeonatos, uno por año, y devolvió la identidad al autoproclamado club más grande de México. Pero, insisto, para el América nunca es suficiente.

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