Se encontraba sumergida en aquella sensación de abandono que le acaecía los domingos. Tenía un vago presentimiento matizado por el recuerdo de la noche anterior. Algo que estaba compuesto por varias capas de palabras procedentes de diversas fuentes. Estaban las últimas que le había dicho su marido antes de dormirse, las que había dicho ella misma en duermevela, las que había leído en el libro que yacía en la mesita de noche, que era de poesía. Todas ellas se mezclaban con la canción cantada horas antes en el karaoke.

Todo aquel batiburrillo era el causante de su sensación de abandono. Sabía que esta no duraría o al menos solo lo haría hasta que su marido estirara el brazo y lo dejara caer en su cintura.

Se negó a pensar y dejó sentir en su cuerpo la delicia del airecillo cálido que salía de su boca. Realmente, disfrutaba aquellos momentos en la oscuridad. Nunca se saciaba de aquel ocio hecho de soledad y vaguedades que no tenían ningún inicio concreto.

Todo dormía en la casa, excepto ella. Todo estaba quieto, ella también. Si ahora se levantara se perdería el encanto y no se volvería a recobrar. Si su marido levantara la mano pasaría lo mismo. Cualquier circunstancia sería definitiva y no habría retorno. Ella lo sabía y seguía tranquila, sin contener el aliento.

Las cortinas nuevas se movían un poco delante de la ventana. No quería pensar en las cortinas. En realidad, no quería pensar en nada. Solo deseaba dejarse ir al fondo de aquel abandono.

Poco a poco se fue despertando, volviendo a una realidad enturbiada un tanto por las palabras que se negaba a repetir, pero que estaban ahí, por debajo de la ensoñación placentera.

Su marido terminó por dejarle caer el peso de la mano en la cintura y ella se quedó aprisionada en aquella incomodidad por unos instantes, antes de despertar del todo, apartarla y respirar hondamente en la oscuridad.

Siete minutos después estaba delante del espejo palpando con los dedos una vena azul que apenas se insinuaba por debajo de los ojos. Le pareció que era sinónimo o paradoja de algo, aunque no sabía de qué.

Volvió a la cama, pero ya no pudo volver a dormir. La sensación de bienestar había desaparecido. Su marido alzó la mano como un ala de mariposa en la oscuridad. Se posó en su cintura.

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