La aseveración por parte de Enrique Peña Nieto en la 34 asamblea ordinaria del Consejo Nacional Agropecuario (CNA), respecto a que ningún país produce todo lo que consume, por lo que es “un mito que hay que romper; en un mundo globalizado no hace sentido ni razón aspirar a la autosuficiencia; lo que ha sido una política equivocada del pasado”, declaró.
Si bien es cierto que la balanza de productos alimenticios es favorable en México, en 2017, según datos de la Secretaría de Agricultura, Ganadería, Desarrollo Rural, Pesca y Alimentación (Sagarpa), el superávit llegó a 2 mil 603 millones de dólares, que no significa que el campo sea competitivo y socialmente desarrollado.
El campo mexicano es el mejor ejemplo del modelo neoliberal, porque existen 5.3 millones de unidades económicas rurales en tres grupos de productores; el primero representa el 0.3 por ciento de ese total, integrado por empresarios agrícolas que cuentan con capacidad técnica, financiera y comercial, cuya producción está orientada a la exportación, políticas y acciones gubernamentales que siempre les han favorecido.
El segundo grupo representa el 8.4 por ciento; lo forman aquellos productores que disponen de tierras y maquinaria, pero carecen de apoyos financieros y comerciales; y el tercer grupo representa el 72.6 por ciento del total de las unidades económicas agrícolas y lo integran los productores que manejan pequeñas unidades de producción, carecen de asistencia tecnológica y de comercialización, su producción es de subsistencia y autoconsumo, viven marginados, dispersos y empobrecidos.
De los 53.3 millones de pobres, el 61 por ciento es la población rural, son los productores marginados, cuyos ingresos no son suficientes para adquirir la canasta básica, mucho menos para comprar los alimentos que se importan; como lo expresó una niña de 12 años de la Sierra de Puebla, quien dijo que su desayuno, comida y cena eran quelites.
En 1950, la participación del campo en el producto interno bruto (PIB) era del 16.1 por ciento y para 2015 solo llegó al 8.2 por ciento; la producción agropecuaria no es lo que fue, aun así la política agropecuaria que aplica Peña Nieto obedece más a la dinámica del mercado internacional, que a las necesidades de alimentos de los mexicanos.
Con el primer Tratado de Libre Comercio (TLC), el gobierno en turno enfrentó a los campesinos mexicanos con los productores de Estados Unidos (EU), los cuales eran subsidiados y apoyados con desarrollo tecnológico, generando productos más baratos con los cuales los mexicanos no podían competir, dando como resultado que México se volviera importador de granos en lugar de ser autosuficiente.
Además de esas desventajas para los pequeños productores agrícolas mexicanos, este proceso transnacionalizador inició con el desmantelamiento de organizaciones como Fertimex y Pronase, abastecedoras de fertilizantes de calidad y accesibles, sobre todo las semillas mejoradas, cuya cobertura para frijol, maíz, arroz, sorgo y otros granos, bajó en un 40 por ciento inmediatamente después de la liquidación de Pronase.
Desde ese entonces somos importadores de maíz, a pesar de que es nuestro alimento básico y símbolo cultural. No cabe duda que la estrategia del gobierno fue terminar con los semilleros para ofrecer este mercado a las transnacionales, lo que pone en alto riesgo la producción de alimentos en México, dada la tendencia de perder las semillas de nuestros productos tradicionales, sobre todo ante la disputa mundial por el control de los recursos filogenéticos.
Los pequeños productores del campo están al borde del estallido, no soportan más la aplicación de políticas fallidas, como el Procampo, cuyos mecanismos de apoyo nunca han quedado claros.
Por lo que es imprescindible involucrar a los campesinos en todas las acciones y planes que son vitales para la producción competitiva, que sin lugar a dudas requieren de manera urgente la asistencia técnica y los desarrollos de tecnologías sustentables, que se generen a partir de la investigación en nuestras universidades y centros de investigación.
El desempeño económico de los gobiernos que han existido desde la década de 1980 hasta el de Peña Nieto, es por demás socialmente insatisfactorio, cuyas implicaciones de agravamiento se evidencian con la crisis de “estatalidad”, como lo dice Clara Jusidman, agravada por la triada violencia, impunidad, y corrupción, que se retroalimentan; en medio de esta crisis en escalamiento, decir que es un mito la autosuficiencia alimentaria significa “una aberración de Estado a nivel de traición a la patria”. ¿No lo cree usted?

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