Fue el 9 de mayo de 1929 cuando el momento de dar a luz llegó.
Tú caminabas al pie de la Madre Sierra del sur cuando una contracción detuvo ese andar de niña, porque eras una niña. Por supuesto, te asustaste, te asustaste mucho. El dolor te sacudió completa, te pusiste en cuclillas, deshojaste el girasol que traías en la mano y tu primer gemido hizo eco en todo el valle.
Con cuánto trabajo lograste regresar a casa, donde mamá Tere de inmediato te tomó en sus brazos y supo que urgía ya prepararte para el parto. Así, con prisa deshizo cada una de tus trenzas y te quitó la blusa de azucenas bordadas, luego la falda tatuada de soles zapotecas, los huarachitos de correas blancas que te regalaron en tu primera comunión. Cortó un pedacito del zacate y lo remojó en agua de azucenas. Mojó tu rostro infantil, refrescó tu cuello que todavía guardaba un aroma infantil. Le conmovió tu pecho coronado con dos pequeñas estrellas y tu ombligo de luna esponjada. Te recostó en un petate entretejido con palmas de color Sol marrón. Tu mirada quedó clavada en ese techo sin cielo ni nubes. Y cada contracción exaltaba solamente aflicción y el tormento, el dolor que arañaba la vida. De pronto recordaste la frase que oíste decir a una de las mujeres sabias del pueblo: “El momento del parto, el momento de la muerte…” Bebiste el té preparado con cola de tlacuatzin, que la tía Elvira te dio sin poder ocultar su gesto de preocupación. Temores latentes y pesadillas que querían hacerse realidad. Rezos que por alguna razón Dios no escuchó.
Algunas mujeres del pueblo empezaron a llegar. Voces y murmullos te rodeaban, las contracciones se multiplicaban. Lágrimas y sudor se confundían, sudor y lágrimas delataban una tragedia. Tanta gente y tú te sentías tan sola aunque la niña que estaba dentro de ti, empujaba deseosa de salir para conocerte, para acompañarte, para palpar si tu mirada era tan dulce como la voz que durante siete meses la acompañó. La partera mayor fue traída de emergencia, te aferraste a su mano, te aferraste a su voz. Murmuraba a tu oído un canto de fuerza y esperanza, el milagro esperado, que no llegaba, que empezaba a diluirse. El fruto de tu vientre se asomaba para ver la luz, pero en ti todo se oscureció. Te empezabas a apagar poco a poco, la oscuridad te envolvía.
De pronto, la partera dijo una palabra que puso de rodillas a tu madre, que provocó el coro más doloroso de todas las mujeres que te amaban. Muy bajito, por segunda vez, repitió la palabra que marcaba tu destino: mocihuaquetzqui. La dijo justo cuando el llanto de tu hija delataba la vida. Lo dijo justo cuando tu último aliento alcanzó a besar la frente de esa pequeña que por un segundo lograste bendecir con toda tu inocencia. Te despediste sin decir adiós, te despediste con un suspiro eterno.
Todas las mujeres de nuestra familia lloraron tu muerte, te bañaron con sus lágrimas. Esa misma tarde te envolvieron en ese petate marrón y te llevaron a cuestas. A tu paso, lluvia de girasoles, pétalos amarillos te siguieron hasta el cementerio. Abuela Artemia, mi mamá no te conoció. Y yo solamente puedo inventarte. Fue un 9 de mayo de 1929 cuando te volviste una mocihuaquetzqui, una mujer muerta en el parto. Mi guerrera, mi diosa. Abuela Artemia.

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