Esa tarde de lluvia, antes de ver el accidente, nos llegó el estruendo como si un rayo hubiera caído a la tierra y hubiera abierto un hueco. Nos miramos con preocupación Francisco y yo, por instinto le pedí que bajara la velocidad, quizá sí fue la lluvia, un rayo que habría causado un terrible incendio. Nunca he visto un rayo caer, pero me acuerdo de la historia que me contó mi abuela del hombre al que lo alcanzó uno mientras intentaba correr a su casa para cubrirse de una tormenta y lo calcinó, solo quedó un montículo de carbón. Después investigué, eso del carbón es un recurso de las caricaturas, en realidad he visto las fotografías de personas a quienes las alcanzó un rayo y, aunque terribles, al final quedan quemadas, pero siguen siendo personas, es decir, ves la cabeza, los brazos y las piernas y una herida muy grande en el lugar donde entró el rayo y otra muy grande por donde salió. Me llegó a fascinar ver esas escenas en páginas de Internet, leer estudios médicos sobre las quemaduras y quedé fascinada cuando vi por primera vez las figuras de Lichtenberg, esos árboles, ramas y flores que salen en la piel de quienes sobreviven (y también de quienes mueren), que muestran la forma de un rayo; un árbol, ramas ondulantes, me resultó tan fascinante que me dediqué a reproducir todas las que pude en mi cuaderno de bocetos. Tal vez por mi pequeña obsesión lo primero que le dije a Francisco cuando escuché el estruendo fue que se trataba de un rayo, que tendríamos que estar atentos para acercarnos a buscar el lugar donde habría ocurrido. Deja ya tu obsesión, quieres, me dijo Francisco con el mismo tono que emplea cada vez que le molestan mis temas recurrentes, cada vez que le doy vueltas a la misma cosa por días o meses hasta que parezco cansarme de rumiarla y la aviento, pero, dice, que le dejo esa sensación de cansancio y desgaste, que no puedo estar pensando en lo mismo siempre, o pensarlo es mi decisión, pero comentarlo, platicarlo, preguntarlo, sacarlo en cada ocasión que puedo, eso, dice Francisco, “ya es el colmo, me tiene muy cansado, me ahoga cuando tomas un tema y lo llevas hasta los límites de lo enfermizo”. Pero no pude evitar decirle que se trataba de un rayo, el estruendo era aterrador, como un lamento que se extendía por toda la tierra. Movió la cabeza y siguió conduciendo, aunque, al final me hizo caso y bajó la velocidad, la tormenta era intensa y la vía se comenzaba a inundar. No pasaron ni cinco minutos cuando vimos el accidente, un coche impactado en un muro de contención, un coche grande, deportivo que parecía en realidad medio coche deportivo, sin cristales, con todos los fierros revueltos. Los demás coches se orillaban delante, algunas personas llamaban a emergencias y otras grababan con sus celulares videos, exhibían la imagen del hombre que estaba con medio cuerpo fuera del lujoso automóvil. Yo pude verlo, no tendría más de 20 años, de piel muy clara y ojos oscuros fijos en ningún lado, no había sangre, pero el brazo desarticulado estaba sobre su cabeza como si hubiera intentado cubrirse del impacto. Lo vi a los ojos, a su mirada fija y aterrorizada. Seguimos avanzando mientras más curiosos se bajaban de sus coches y se acercaban con sus celulares para hacer sus crónicas de ese suceso. Francisco dijo que más ayuda quien no estorba y siguió manejando en silencio. Le dije que era muy joven, que se veía muy joven, que no era tan tarde para ir borracho, que la lluvia, que no entendía cómo podía haber quedado un coche así. Imagínate su velocidad, “lo jaló la curva”, dijo Francisco a manera de conclusión y prendió el estéreo. Llegamos a casa y me puse a investigar en redes sociales, nada, solo videos, una que otra nota de periódicos que reproducían las mismas imágenes (algunas con el rostro borrado, otra con el rostro completo). Al día siguiente seguí buscando y por fin encontré el nombre del conductor, resulta que tenía 19 años, encontré su perfil y vi a sus amigos, sus fiestas, sus publicaciones, estaba estudiando administración de empresas, era un joven jugando a ser un exitoso adulto que podía tener al mundo a sus pies. Las redes sociales con sus opiniones se preguntaban por qué un padre le daba a su hijo un arma tan letal como un coche así, potente, del año, perfecto para correrlo. Y algunas madres hablando de la falta de amor, otros buscando resignación. Así fui formando su perfil. Al menos se fue solo, dijeron algunos, que comenzaron a narrar la historia de ese joven que había salido de su casa para recoger a su novia. Seguro era una loquita exigente, leí por ahí. Francisco comenzó a enfadarse con mi nuevo tema recurrente, pero me pidió el divorcio cuando se enteró que había ido al velorio, me dijo que no podía llevar mi vida hasta esos extremos malsanos. Le expliqué que solo intentaba encontrar una lógica en todo eso, en la vida cegada por un accidente así, y su rostro, apacible, casi durmiendo, casi soñando. Yo solo busco explicaciones, Yo no subo nada a redes sociales, yo respeto a los muertos, ¿acaso estoy mal, doctor?

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