No la soporto, deseo que toda la saliva se le agolpe en la garganta y se ahogue cuando dé un trago a su gin, justo en el momento de una selfie.
Que no sonría.
Que no muestre sus tetas desde un ángulo en contrapicada.
Que se desplome en el piso de un restaurante caro antes de pedir su orden.
Que no respire.
Que no sea feliz, que nadie la quiera, que nadie reaccione a las fotos que sube.
Deseo que muera.
Mejor aún, deseo que viva mucho tiempo, infeliz y sola. Que padezca una enfermedad crónica, que no controle esfínteres y se cague cada vez que se ría, que cuando tosa salga sangre, rancia, podrida, oxidada. Que no pueda caminar y necesite ayuda de una enfermera siniestra que no le tenga paciencia.
Deseo que viva en una casa grande donde los niños de la colonia le teman, le lancen ratas muertas.
Que su pelo se vuelva hirsuto, que sus dientes se caigan, que se le invadan los ojos de cataratas.
Deseo que sufra, lo mismo que yo estoy sufriendo mientras veo sus recuerdos con Félix, mientras leo cómo a ella la consuelan.
Félix fue mío. Yo fui quien lo abrazó cuando el médico dijo el tiempo de caducidad que tenía su vida. Quien tomó esas fotos, en donde el levantaba el pulgar al salir de cada radiación. Fui yo quien le preparó comida ligera, quien lo cubrió con la manta de lana, quien colocó los medicamentos en la mesa de noche, quien le dio besos en la madrugada cuando él comenzaba a llorar. Fui yo, yo y nadie puede decirme lo contrario. Sí, es verdad, también fui yo quien trajo al notario, quien fue al banco y quien se aseguró que todo estaba en orden. Fui yo, porque yo me lo gané, porque todo tiene un costo en la vida, porque me tocaron los peores años, los de meados en la cama, los de la saliva agria en la mañana, me tocó la mierda, el cuerpo delgado que ya no era capaz de desear.
Ella, estúpida, se siente en condición de llorar esta muerte pública.
A todos se les olvida que yo estaba presente antes del milagro. Que cuando se pudo levantar y me dejó sola, nadie estuvo a mi lado, nadie me consoló.
Date otra oportunidad, vive cada segundo, encuentra la fuerza, sal adelante. Sus estúpidas frases de ánimo, dirigidas solo a él, sus deseos de alejarlo de mí.
Y entonces llegó ella, con su verdura orgánica, sin conservadores, con los dos litros de agua y la carrera para inyectarse de vida. El bienestar no es necesariamente el bien.
Si Félix no murió en mis brazos fue por un milagro que yo conseguí, un milagro que pedí a los arcángeles. A los guerreros de Dios, a los seres más cercanos y superiores. Pero soy yo la mala, soy yo la que está llena de conservadores, soy yo la amante de la inactividad, la fumadora crónica, a la que le gusta el trago. Para todos parece tan sencillo que yo lo enfermaba.
¿Alguna vez Félix les confesó de qué estaba enfermo?
Fui yo la que soporté sus trasnochadas, sus salidas en la madrugada para perderse en los clubes discretos. No soy idiota, entran hombres de traje acicalado, hombres elegantes en coches grandes, tocan dos o tres veces. Solo hombres, no hay mujeres. Tuve que contratar a un joven, un adolescente que estaba en la calle y habría hecho casi cualquier cosa por unos pesos, él logró burlar la entrada, un baño y ropa nueva tienen grandes efectos. Tocas tres veces y sonríes, tienes que decir: “Aquí hay para todos”, con voz segura, con mirada directa. Lo que hay para todos son cuartos negros, apenas iluminados en el suelo, cuartos que se van comunicando uno con otro, donde manos emergen de las sombras y tocan, buscan, desean. Solo hay hombres.
Félix nunca le dijo a nadie qué lo tenía tan enfermo, nunca comentó a nadie sobre la enfermedad de su sangre. Pero yo era la culpable, yo le afectaba. Fácil forma de concluir una historia que va más allá de mí.
Y entonces el maldito milagro, el estúpido milagro que lo levantó de cama. Y la conoce a ella, se casa con ella, la desea, se muestran felices por meses, de nueva vida.
¿Acaso saben que ella es un hombre?
Que se le pudran los senos de plástico, que le revienten las hormonas, que le salga una barba tupida.

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