Alberto terminó el desayuno dominical, encendió un cigarro, inhaló y tosió después de exhalar el tabaco. Dejó el cigarro en el cenicero de la mesa, junto a media taza de café frío y un plato con restos chamuscados de huevo con jamón.
Se levantó para sacar bajo del fregadero un delantal con el que se cubrió y un bote de pintura, que cargó junto con una cubeta y una brocha de tiesas cerdas blancas. Salió, atravesó el jardín; en el zaguán, preparó la pintura con agua de la llave, revolviéndola con un palo de escoba que descansaba en la entrada.
Afuera, fue a la pared de la derecha aún propiedad de su casa, dejó el bote en la banqueta, mojó la brocha y comenzó a pintar sin molestarse en leer. Pintaba de manera mecánica sin pensar en cualquier cosa particular; luego de meses de repetir la misma rutina, Alberto había aprendido que solo lograba que el desayuno le asentara mal si pintaba con enojo, no es que cocinara manjares durante matutinos, pero sus tripas le daban lata todo el día si sumaba corajes a los huevos demasiado cocidos o crudos que preparaba.
Algunos vecinos lo saludaron en su paso, de vez en vez añadían un “¿otra vez, vecino?”, a lo que solo contestaba con un movimiento de cabeza o saludo fugaz con la mano libre, sin distraerse de repintar la pared, ni preocuparse que gotas de pintura cayeran en la banqueta, en el delantal o en su cabello.
Terminó la pared con apenas un sobrante de pintura, que utilizó en las partes donde aún sobresalía parte del mensaje escrito. Al agotar el bote, lo recogió y volvió a la casa sin pensar en nada, pues, ¿qué había que pensar tras casi medio año de la misma rutina?, ya tenía agotadas todas la reflexiones que se le ocurrieron y originar nuevas le causaba un terrible agotamiento.
En la cocina, el aroma del cigarro consumido lo golpeó en su pasado, que había mantenido con ella. Era una tortura evocar su presencia con los olorosos cigarros que ella acostumbraba fumar mientras vivió en la casa, imaginar que saltaría a su espalda mientras se quitaba el delantal y lo guardaba bajo el fregadero, y de inmediato tomarse uno al otro sobre la mesa, en el piso, llegar a la habitación o forcejear en las escaleras para intentar separarse, solamente para apretarse más.
Pero al fin ella partió…
Sin una despedida, una nota, ni siquiera empacó la poca ropa que tenía en la casa donde vivirían hasta que sus pulmones cesaran de inhalar, tampoco se llevó las libretas de poemas, los que Alberto leyó hasta memorizarlos con el ansia de encontrar cualquier rastro de su destino. Pero no había nada en ellos, solo palabras sin dueña ni destinatario.
Volvió a cansarse de pensar. Abandonó la cocina y fue al despacho a trabajar para hacer más llevadero el domingo, como cualquier domingo.
Retomó el balance financiero de la última compañía que contrató sus servicios, procuró abstraerse en cálculos y dígitos, pero a cada rato miraba hacia el umbral con el ansia que ella entrara descalza para pedirle su opinión sobre un verso, como lo hizo tantas veces, o llegara vestida únicamente con sus tenis azules para sentarse en el escritorio sobre libros de cuentas, cruzar las piernas y leerle el último poema que escribió.
Nunca entendió sus poemas, ni sus rimas, ni por qué estaba con él, o por qué había partido, solo comprendía que su ausencia era dolorosa hasta la médula. Y los grafitis en la fachada de la casa, una broma cruel de un vago, un desocupado, un pseudopoeta que ocupaba la pared a falta de editor que le aceptara sus libros. Y ella… ya era demasiado.
Levantó el anticuado teléfono fijo, y comenzó a llamar.

***

Terminó el desayuno dominical, iba a encender un cigarro pero desistió. Alberto fue afuera, para fumar en el jardín mientras contemplaba la remodelación recién terminada.
La pared frontal había desaparecido, sustituida por una reja. Que la intentaran grafitear con poemas, retó mentalmente Alberto. El material de la fachada retirada fue reutilizado para erigir un pequeño pozo falso, en medio del jardín, como alguna vez ella ideó con su inusual perspectiva.
Se acomodó en una silla reclinable, encendió el cigarrillo que lo hizo toser, contempló el pozo construido con la pared exterior… y suspiró.
Imaginó que en el lugar donde estuviera, ella se estaría riendo, y comprendió que era inútil preparar una vez más la pintura para echarle una mano al pozo. Dio una calada, y esta vez no tosió.

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Maratón Anual de Lectura 2017, semana 23

  • Leonardo Muñoz:
    en reposo. Total: 15
  • Karla Esmeralda Lomelí Chávez:
    en reposo. Total: 12
  • Leslie Edith Varela Saavedra:
    en reposo. Total: 18
  • Víctor “grafitero” Valencia:
    El triunfo de la fundación. Total: 12

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