Pachuca.- Es común encontrar en cualquier esquina o semáforo a personas que subsisten en las calles, desde vendedores ambulantes hasta intérpretes de banqueta, seres que comparten su talento para ganar unas monedas.

El escenario de la Bella Airosa no es la excepción, basta con caminar por parques y plazas para deleitarnos con músicos como José Simón Camacho, originario de Jacala, quien toca el violín desde los ocho años.

Ilusiones en la niñez

“Empecé a tocarlo como un juego. En mi pueblo hay muchos músicos, de vez en cuando me prestaban su instrumento y, otras tantas, no’ más miraba la manera en que movían los dedos; de ellos aprendí y desde entonces quise uno para mí”, recordó.

El hidalguense se enfrentó desde niño a los altibajos de la vida; “llegué a Pachuca a los 10 años, desde esa edad me hice cargo de mí mismo; la hacía de todo, cargaba bolsas, vendía dulces, cuando crecí me daban trabajo solo por un tiempo, pues como me veían mugroso no me querían cerca. En esa época solo miraba de lejos a los músicos que veía en la calle”.

Un golpe de suerte

Después, la suerte le cambió: una de sus hermanas mayores se mudó a Pachuca; “estaba vendiendo dulces y una muchacha me saludó, yo ya no la reconocía… me dijo que era mi hermana y desde ese día hasta el día de hoy me deja quedarme en su casa, ahí puedo comer, dormir y bañarme cuando hay agua; fui muy afortunado de que ella me reconociera y me ayudara”.

Tener un violín, su único objetivo

Una vez cobijado en casa de su hermana mayor, invirtió en una bocina y con el paso del tiempo se compró un violín; “recuerdo que en un bote de crema fui metiendo monedas, las ganaba vendiendo dulces y trabajando de muchas cosas.

“En ese tiempo mi hermana me regañaba mucho, pues creía que yo me la pasaba en la calle todo el día sin nada que hacer; cuando pasaron los años, encontró el dinero y le dije que quería un violín para trabajar, que con eso viviría mejor, así que me apoyó en mi sueño y aunque a veces no teníamos para comer bien, nunca dejó que tocara ese bote de crema.
“Tardé como seis años en juntar para un violín de los más económicos”, aseguró.

Camino musical

Con instrumento en mano y una sonrisa en el rostro, comenzó a tocar lo poco que sabía y hoy, a sus 37 años, José no pretende emplearse formalmente, pues dice que no le conviene; “a estas alturas, me he dado cuenta que así es como pienso morirme, nunca pensé en el estudio, esto que ve es todo lo que soy.

“Hace un tiempo pensé en trabajar formalmente, pero no ganaría lo que gano ahora… me querían pagar en una dulcería 90 pesos el día, aquí me tiendo unas horas y ganó más que eso, porque la gente paga bien cuando les gusta mi música”, compartió.

Altibajos de la vida

Sin embargo, tocar en las calles no ha sido fácil, pues aunque no le cobran nada por el espacio que utiliza, en diversas ocasiones ha sido víctima de asalto y tima…

“Hace como un año, una mujer se acercó a darme amor, primero me dijo que le gustaba mi instrumento; mientras yo tocaba, ella observaba y yo, como soy solo, pensé que en verdad le gustaba, lo que no sabía era que ella ya tenía marido.

“Un día me agarró a besos, yo estaba muy contento, hasta que su señor se llevó mi violín; ahí me di cuenta que solo se burlaron de mí, ella no era sola, yo no le gustaba y se aprovecharon de mi distracción para robarme; me costó mucho para volver a hacerme de un instrumento.”

Ayuda por gusto, no por lástima

“No me gusta la gente mala, yo soy humilde, pero nunca he robado… cuando me va bien, lo que hago es compartir mi comida con otros que andan igual o peor que yo; aquí en las calles uno se hace de amigos. Yo tengo a donde llegar, hay otros que no y les ayudo por gusto, no les tengo lástima, no los hago a un lado cuando están mugrosos, porque yo viví mucho tiempo sucio, sentí como me miraban feo, así que nunca podría ser malo”, finalizó.

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