Nadia Quiroz Jiménez

Decidí ser nutrióloga por cuestiones personales. Hace poco pensaba en mi abuela, quien falleció por complicaciones de la diabetes hace unos años. Yo no vivo con diabetes, pero la diabetes cambió la vida de mi familia cuando mi abuela murió por un infarto al corazón; desde entonces se le extraña en casa.

Inicio este texto de esta forma porque sé que esa situación se vive en muchos hogares de nuestro país. Hay muchos que también se han despedido de personas importantes por enfermedades que hoy son tan comunes en nuestra sociedad, tales como las cardiovasculares, la diabetes y diferentes tipos de cáncer.

Con tristeza digo que son tan comunes porque de acuerdo con el reporte de sobrepeso y obesidad de la OCDE, en los países que pertenecen a esa organización, uno de cada dos adultos y uno de cada seis niños tiene sobrepeso u obesidad.

Eso es de suma importancia debido a que la obesidad es una condición asociada al desarrollo de las enfermedades mencionadas anteriormente. También se ha dicho que esta generación de niños podría ser la primera en fallecer antes que sus padres y eso es porque México es el país con mayor número de niños con obesidad en el mundo.

Esa situación es triste y parece no existir un interés real en la población para cuidar de su salud. Incluso, la mayoría de las personas creemos que es responsabilidad del médico y del sector salud brindarnos el bienestar que nosotros nos encargamos de perder día con día. Y es que aunque el sobrepeso y la obesidad tienen múltiples causas, una de las que me parece más importante es que quizá hemos perdido el sentido de responsabilidad que conlleva el alimentarnos y eso parece ser motivado por la falta de toma de decisiones con conciencia.

Eso no es de sorprendernos y tampoco es para que nos echemos totalmente la culpa, pues hoy en día el decidir qué comer parece ser una guerra. Queremos cuidarnos, pero a nuestro alrededor las opciones saludables son pocas. Cuando vamos al supermercado encontramos alimentos con elevadas cantidades de sodio (sal), azúcar y aditivos alimenticios que ni siquiera podemos pronunciar y los compramos porque en los medios de comunicación nos dicen que “contienen, fibra, que son bajos en grasas, que nos proporcionan energía, que nos ayudarán a tener huesos fuertes”.

La serie de slogans son interminables. Si a eso añadimos que la etiqueta con la información nutrimental tiene que ser leída con una lupa, y que puedes tardar minutos en entender si ese alimento es una buena o mala elección, no la tenemos tan fácil.

Sumemos la desinformación, la falta de ejercicio, una alimentación deficiente y alejada de productos naturales y como resultado tendremos una enfermedad que no nos aquejará ahora, pero sí en un futuro. Asumamos que eso difícilmente cambiará, ya que en nuestro país parece no importar la grave situación que se suscita ahora mismo: las campañas de prevención no causan un impacto real y el etiquetado favorece más a las grandes empresas que a nosotros.

Con este escrito me gustaría invitarte a la reflexión: ¿qué es más importante que tu salud? Si no tuvieras la salud que tienes ahora, ¿podrías realizar las actividades que realizas diariamente? Cada uno de nosotros tendrá motivos para aplazar el comer más verduras, establecer horarios, tener un óptimo descanso, realizar ejercicio.

No se trata de juzgarnos, pues los hábitos que tenemos desde hace 30 años no cambiarán en unas semanas. La receta para tener una buena salud es simple y podemos tomar como pilares principales al descanso, al ejercicio y a la alimentación.

Duerme al menos seis horas y apaga el celular una hora antes. Ejercítate, empieza caminando distancias cortas. Aliméntate con amor, aléjate de los alimentos que vengan en caja y bolsa, porque además contaminas; acude a los mercados locales, incrementa el consumo de verduras y frutas, bebe agua natural. De esa forma, poco a poco tendrás en tus manos las riendas de tu salud. Retoma el compromiso contigo y tu familia. Disfruta la vida, que al final solo tenemos una.

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