“Soy Adán Valentino Carballido Sánchez. Mi profesión, soy escritor local, aficionado a la escritura. Soy pedagogo. Soy militar en situación de retiro. Cronista de Miahuatlán, Oaxaca…” El video de Irving Gandhi Ramos recupera a mi tío en todo su esplendor, con esa mirada de amigo, con esa voz de sabiduría. Bien dice el autor de ese cortometraje: “Conocer a don Adán Carballido fue muy afortunado, no solo por su erudición sobre el tema, sino por ser un hombre con una vida extraordinaria. Don Adán es una de las personas más interesantes que conocí jamás. La pandemia se nos interpuso en el camino y esta semana me enteré que no me pudo esperar más. Para él vaya este pequeño homenaje, con imágenes que debió conocer en vida. Gracias por todo…” Sí, no queda más que el agradecimiento.

Recuerdo perfectamente cuando lo conocí, tocó la puerta del pequeño departamento de la colonia Algarín y yo abrí: “Mamá”, grité, “un chavito moreno y flaco dice que viene a verte, que es tu hermano”. Los abrazos y las lágrimas, la bienvenida y el asilo. Vivió un tiempo con mi familia. Siempre caballeroso y atento, simpático e ingenioso. Nos ayudaba con las tareas para sacar 10 y así evitar los regaños maternos, compraba chocolates en la tienda de la esquina cuando nuestras calificaciones eran perfectas. Eso sí, con el cigarro siempre en la mano. Bromista como él solo. Sabio y generoso.

Hoy evoco esas noches de relatos con los que nos entretenía en aquella enorme casa ubicada en la calle de “Hernández y Dávalos”, en la ciudad de México, donde, por cierto, espantaban. Entonces, mi tío Adán agarraba su guitarra para olvidar esos ruidos raros, se ponía a cantar para que mis hermanas y yo le hiciéramos coros y solamente escucháramos nuestras voces. Trató de enseñarnos a tocar la armónica. Tantas novias que tuvo, los hijos que siempre lo amarán.

Me impresionaba verlo vestido de soldado, ese verde militar que nunca me ha dado confianza con él se transformaba en tonos de amistad y cariño. Nos regaló una playera del Colegio Militar que en la parte trasera decía, con grandes letras: Carballido. Me encantaba lucirla y presumir mi apellido de abolengo. Después, quiso obsequiarnos una chaqueta con escudos en forma de águilas e insignias militares, nos quedada enorme, pero garantizaba la admiración y sorpresa de quienes nos la veáis puesta. Ese día que se la chuleamos, se la quitó, así como así, y nos la regaló con esa sonrisa muy suya que tengo guardada en el corazón. Por eso, yo lo elegí como mi padrino en la fiesta de mis 15 años. No recuerdo a quién me querían imponer y defendí mi decisión: Yo quiero que sea alguien a quien quiera, que me dé gusto tenerlo cerca durante la misa y cuando baile mi vals. Guardo esa foto, los dos sonriendo felices, bailando el “Danubio azul”.

En este siglo XXI, abrió su grupo literario en Facebook y no dudé en pertenecer a ese espacio. Hace todavía un mes, nos escribimos, me compartía lo que estaba preparando para publicar, yo lo que deseaba escribir. Recuperó muchas historias de su pueblo, publicó muchos libros que formaron parte de la colección “Esto es Miahuatlán”, lugar donde nació, su pueblito por siempre. Me gusta cuando dicen que heredé su amor por las letras, estoy segura que sí. Hasta pronto, querido tío Adán.

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