A la vuelta del siglo XX, el mismo Conrad que legó al mundo el Nostromo de la ambigüedad moral, la del perseguidor cuya historia de traiciones cuando se confronta consigo mismo, el momento en que decide cambiarla en pos de una humanidad tan desconocida que solo puede acceder a ella en medio de sospechas… tras llegar a Inglaterra luego de una vida agitada por viajes marinos, era un Conrad maduro, curtido por sus aspiraciones de novelista pero, sobre todo, en su calidad de inmigrante, un agudo observador de los cambios que traería consigo la nueva centuria.
Según la anécdota de la época, tras leer sobre dos explosiones que ocurrieron con días de diferencia y en lugares inverosímiles: uno en el Meridiano de Greenwich, mientras el otro en plena calle, en medio de la multitud, sin el más elemental vocabulario para describir origen ni móvil de tan extravagantes siniestros, Conrad decidió enlazarlos en una de las novelas más importantes que anunciarían la dinámica que conduce a las sectas y los grupos ocultos en las altas esferas del poder: El agente secreto.
En ella, Verloc, un comerciante quien bajo sus quehaceres diarios esconde su adhesión a un grupo anarquista, se le convoca a participar en un atentado en su calidad de provocador mercenario, pero en el proceso no solo el hermano de su esposa paga con la vida, sino que desata una serie de acontecimientos que dejarán atrás cualquier rastro de la época victoriana.
Allá por 1987, cuando Alan Moore todavía era un recién llegado a Estados Unidos con sus audaces e innovadoras narraciones, salvo por pequeños pincelazos que remitían a “The architects of fear”, un episodio de la serie clásica de ciencia ficción The outer limits, todo en la esctructura de su celebérrima Watchmen, era un recordatorio de lo que escribió Conrad y, años después, tanto Watchmen como El agente secreto harían las veces de referencia para una palabra clave sobre la que creció el Estados Unidos moderno: terrorismo.
Hoy, como calcadas sobre una realidad anárquica y demencial, particularmente la de Conrad, la historia del sujeto cuyo eje de vida no es la fantasía de un poder absoluto ni las redes tejidas desde la tiniebla de un mandato supremo pero invisible, menos aún la nimiedad de empresas patéticas, sino un lazo abandonado que decidirá todo, la narración de Conrad sigue de pie como una de las más grandes en la historia de la literatura.
Dado que primero fue objeto de dudas, cuestionamientos y durante mucho, olvido, a medida que se revaloró el cierre del siglo XX, así como Proust, Ibsen, Kafka… Conrad recibió un cálido recibimiento entre los grandes autores, mismo que minimizó el tono alarmista que se despertó sobre su obra, pero una vez cometido el 11 de septiembre, así como Alan Moore por Watchmen, Conrad fue objeto de incredulidad por El agente secreto.
Aunque Christopher Hampton adaptó la novela para cine, el resultado fue no solo disparejo, se vio rebasado, en el mismo esfuerzo, por Philip Glass, quien arremetió con una composición que empequeñeció el trabajo cinematográfico y todavía hoy se mantiene por encima del resultado de un trabajo coral, saturado de actores célebres en prácticamente toda la cinta.
The secret agent, paradójicamente, le hace más justicia a la novela desde la música que la cinta y su peso es superior, por contraste, que la cinta. Cuando Glass ya tenía tras de sí Koyaanisqatsi y Powaqatsi, así como Einstein in the beach, The secret agent era un trabajo menor, muy por debajo de lo que hubiese emprendido el compositor, pese a la importancia de Conrad para la literatura universal.
Cerrado el ciclo con el montaje de la banda sonora sobre la cinta, prácticamente ninguno de quienes participaron en el proyecto habló de él, ya fuera por vergüenza o el obligado deslucimiento ante la incapacidad para presentar apropiadamente la grandilocuencia de tantas voces reunidas en un trabajo fuera de serie.
Hoy, la única desgracia, es y seguirá siendo, mirar el nombre de Conrad sin el lustre que merece.

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