“Estaba entre la espada y la pared. Tenía que demostrarles que estaban equivocados, revelándoles la verdad… aunque hacerlo significara la muerte” El hombre nace y se reproduce, esa es la ley de la vida desde que surge en este mundo, y no únicamente el hombre, todos los seres vivos con la reproducción se deja huella de su existencia, deja su presencia. Con el transcurso del tiempo todo va cambiando y nadie se puede apartar de ese proceso del cual todo ser viviente tiene que pasar, un proceso evolutivo.

El hombre, en particular, siempre se ha preocupado por dejar vestigio de su existencia. Y si hablamos de este personaje a través de la historia se ha reproducido pero, en ciertos momentos con y de acuerdo con la circunstancia en la que se encuentra, su deseo había sido que su descendencia fuera del sexo masculino, y cuando nacía una mujer lo manejaba de forma despectiva, argumentando que los hombres pueden realizar tareas que la mujer no puede y en muchas de las ocasiones ellas fueron sacrificadas. Transcurrió el tiempo y ya se aceptada para ciertas actividades a la mujer, como lo es para procrear hijos y no se pierda la muestra que tanto le interesa al hombre.

Pero el sexo femenino ha demostrado que no únicamente su función es esa, pues como prueba de ello tenemos a varias mujeres que han dejado una huella imborrable de su presencia en diferentes momentos y épocas. Gracias a ellas se han salvado miles y miles de vidas, vidas que han estado en peligro por diferentes causas. Mujeres valientes, humanitarias, guerreras invencibles e indestructibles, las que se enfrentan y hasta tienen que ocultar ser mujer para poder dar a conocer sus descubrimientos científicos que han sido y son de gran ayuda para este mundo en el cual nos encontramos inmersos. Ellas se han enfrentado a esa sociedad en la cual no les dan cabida por solo ser mujer, pero que gracias a ellas viven esos hombres y que en muchas de las ocasiones ellos se han adjudicado reconocimientos que no les corresponden porque pertenecen a ellas.

En el ejercicio de las tareas asignadas para las mujeres, estas fueron descubriendo las propiedades exclusivas de las hierbas y que algunas eran curativas, así como otras que podían tener un efecto nocivo para la salud, por lo que desarrollaron habilidades curativas por medio de las hierbas y el de cuidar, no solo niños, sino adultos o enfermos, dejando así los varones en manos de las mujeres las posibilidades de desarrollar la medicina por medio de hierbas curativas o la brujería.

Entre mujeres solían entenderse y apoyarse, ya que, si alguna sabía de las dolencias de otra, era muy fácil identificar lo que padecía, ya que la similitud en sus organismos era un punto a favor, de ahí que las enfermedades que rodeaban la sexualidad de la mujer, tanto la menstruación, el embarazo o el parto, era atendidas por mujeres. Por lo que surgieron así las llamadas parteras o curanderas en varias culturas antiguas (Pamo-Reyna, 2007).

Si hablamos de la cultura griega, en esta no fue así específicamente, aquí la sociedad manejaba la presencia de la mujer en otro círculo, se decía que pertenecía a una tercera línea de importancia dentro del orden social, no importando si venía de familia adinerada o no, ellas no podían ejercer actividades fuera de recreación.

La naturaleza dio un veredicto claro cuando a la mujer le dejó en pos de su vientre la flor de la vida, vida que no se conjetura sola; pero que su contraparte nunca logrará entender, ya que solo ellas saben lo que es lidiar con el dolor de parto, cuando las aguas recorren sus piernas en un aviso de la tarea encomendada por el mismo ciclo de vida, los músculos entretejidos en la cintura se estiran, los huesos recrujen y las caderas se abren. Pero más adentro, la piel de esa mujer que llamamos madre se abre, y así como la muerte llega en el momento correcto, la vida de un nuevo ser también. No toca la puerta, sino que la patea con fuerza y se deja caer con el hilo que permanecerá por siempre atado a las entrañas de quien le da vida a ese nuevo ser. Así, con cada uno, así hasta el fin de los tiempos para la preservación de la especie del ser humano.

Quién sabría pues, sino otra mujer, entender perfectamente por lo que esta tiene que lidiar en ese momento, siendo un verdadero sufrimiento y calvario que es propio del sexo femenino y del cual el hombre nunca conocerá, tendrán enfermedades que les afecten a los dos, tendrán dolencias parecidas, pero existen específicamente algunas que se dan en el cuerpo femenino y que son exclusivas.

Así se inicia la vida de Agnódice, una mujer de la antigua Grecia de la cual no hay datos exactos de su nacimiento, pero se estima alrededor del siglo III aC. Ella nació en una familia de clase alta de la sociedad de la época, fue una niña altamente curiosa y llena de ilusión para ayudar a las mujeres. Pidió consejo a su padre y este le permitió viajar a Alejandría para estudiar medicina, siendo discípula de Herófilio. Más tarde, regresó a Atenas para ejercer su profesión, donde por fortuna logró tener bastantes clientes (The History Channel Iberia, 2015).

La historia de Agnódice es normal. Pero habrá que recordar que el papel de la mujer en la historia ha sido un camino que ellas mismas han tenido que hacerse para poder caminar en ella. Ya que cuando las mujeres tenían un papel importante, sus compañeros hombres se dedicaron a desaparecerlas junto con sus hazañas, siendo un terrible problema, pues después de reconocer a Hipócrates en la medicina, difícilmente se habla de mujeres como Agnódice que fue de relevancia: la primera mujer médica. Agnódice se disfrazó de hombre para poder estudiar medicina y no pudo cambiar la túnica por vestido, jamás se le habría permitido por ser mujer. Pero a diferencia de lo que muchos creían, ser mujer fue un punto a favor, le ayudó a atraer más clientes, al confesar a sus pacientes mujeres que era mujer, la confianza y la seguridad de poder hablar y dejarse atender era más fácil.

Atrajo así a más personas a su consultorio, en especial lo relacionado con su sexo, por lo que Agnódice se convirtió en la primera ginecóloga de la historia. Se volvió noticia que había una médica para mujeres en la ciudad; sus colegas, al verse afectados, la acusaron de abuso sexual de dos pacientes y seducir a varias más. El caso la llevó a juicio en Aerópago, donde fue interrogada, pero respondió levantando su túnica y dejó ver que era mujer y no podía cometer semejante acto, por lo que dejó en claro que eran calumnias para machar su nombre. Ese acto abrió otro juicio, donde se le sentenciaba por romper la ley de estudiar y ejercer la medicina, siendo esa materia exclusiva para varones.

Pero el juicio no fue inmediato y se le dio tiempo de preparar una defensa, y sus clientas al enterarse de lo sucedido no podían dejar que su médico de confianza terminara en condena de muerte, cuando habían recibido la atención necesaria que habían estado buscando por mucho tiempo. Decidieron intervenir y se unieron en apoyo de Agnódice, aseveraron que si la sentenciaban a muerte también correrían la misma suerte, además de que las esposas de los que formaban parte del consejo que juzgaba a Agnódice sentenciaron a sus maridos a no volver a tener relaciones sexuales con ellos, pues si ella no podía curarles sus cuerpos enfermos, ellos no podrían nunca más tocar sus cuerpos sanos (González, 2015).

Tras lo anterior, absolvieron a Agnódice, fue hecha una modificación de la ley que permitió a las féminas estudiar medicina y atender exclusivamente a mujeres. Todo lo que rodea la sexualidad de la mujer es un misterio, también lo es la historia de Agnódice, dudando de su existencia por no encontrar registro de dónde murió y lo ocurrido después.

“Vosotros, hombres, no actuáis como esposos, sino como enemigos, porque estáis condenando a aquella que nos ha devuelto la salud”

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