Rafael Alfaro Izarraraz

Las presas y termoeléctricas requieren de agua para la producción de energía. Al operar proyectos hidroeléctricos, por lo general entran en conflicto con comunidades por el uso de ese líquido, en razón de que ese tipo de proyectos requiere de importantes extensiones de tierra como del control del agua.

Tanto el agua como el espacio para el proyecto de una obra hidroeléctrica es imposible de obtener en la ciudad, por lo que el único lugar para su instalación lo constituyen las áreas rurales en donde, por lo general, habitan comunidades o población dedicada a las actividades agrícolas. De tal suerte que esos proyectos generan conflicto.

No son conflictos cualquiera. Los proyectos hidroeléctricos forman parte de la cultura occidental y de la visión de progreso intrínseca a esos modelos. En ese sentido, los proyectos de ese tipo confrontan visiones del mundo: el desarrollo, o también llamado progreso, al que se opone la visión comunitaria.

La visión occidental del desarrollo está sustentada en el impulso de la industria que requiere de energía para moverse y, por lo tanto, generar riqueza. La comunidad se rige por otro tipo de valores en donde aquel que se le asigna a la moneda pasa a un segundo plano, porque lo fundamental es el intercambio y el prestigio social, en el marco de su cultura.

Tan simple: en la visión de los economistas clásicos no tener zapatos o estar averiados por su uso puede causar que el ciudadano se sonroje al presentarse en sociedad. Para la comunidad, el uso de zapatos era una ofensa porque se eliminaba el contacto con la madre tierra. Esto lo escuché en una comunidad de la Sierra Negra poblana.

Para promover el progreso, un proyecto hidroeléctrico implica el control de recursos vitales como el agua y la tierra, que también lo son para la comunidad. Para los grupos de origen mesoamericano, el progreso no tiene el mismo significado que se le asigna en la cultura occidental, aunque la comunidad no es “pura” y existen procesos de aculturación.

En cuanto al progreso de tipo occidental, los proyectos de desarrollo han sido duramente cuestionados porque el supuesto progreso, que generalmente se puede observar en el incremento de los índices macroeconómicos, no siempre o casi nunca permea hacia las capas de la sociedad que ocupan la parte baja de la escala social.

Al desarrollo económico se le ha opuesto el desarrollo humano (Amartya Sen), para el que en primer lugar está la población. No puede haber desarrollo si todo se basa en un modelo que lo único que presume son tasas positivas de crecimiento, mientras que su población es atendida con programas asistenciales para que no muera de hambre.

La obra hidrológica del México de la era de la industrialización más importante, que se promovió a mitad del siglo pasado, fue la presa Miguel Alemán. Ese proyecto, iniciado en 1949 y concluido aproximadamente 15 años después, provocó un impacto cultural irreparable en la comunidad mazateca, desplazando a 20 mil personas.

Estudiosos del tema comunitario, como Gonzalo Aguirre Beltrán, dicen que la Conquista fue ante todo de carácter psicológico, es decir, la invasión vino a destruir la visión que los pueblos tenían acerca de su mundo cosmológico. Otros investigadores insisten en que la Independencia, la Reforma y la Revolución continuaron esa infeliz obra.

La cuarta transformación no puede estar ligada a esa lógica infernal de progreso de las otras tres transformaciones para las que el “otro” no tuvo otra alternativa que el desarrollo y para que exista desarrollo, entonces, la comunidad y su cosmovisión de la tierra y el agua constituyen un obstáculo. Es un error calificar a quienes se resisten como “radicales de derecha”.

Dice Wittgenstein que el lenguaje en su expresión real, cotidiana, constituye en su aspecto más radical “formas de vida”. La entidad de Morelos, en donde se debate la entrada en operación de la termoeléctrica de Huexca, prevalece un necrolenguaje en el que se recrea una cotidianidad dominada por grupos criminales, como en otras regiones del país.

La función social de la necroviolencia, tipo criminal, en última instancia consiste en destruir las redes familiares y lazos sociales de resistencia, así como recrear ambientes que predispongan a la población para otro tipo de sujeciones.

La necroviolencia de tipo criminal no viene de la pobreza, porque la pobreza no es causa sino consecuencia de viejos y nuevos modelos de economía. Estos últimos son impuestos por quienes valoran la realidad y colocan metas como nuevas formas de sujeción social. ¿La necroviolencia que precede a la termoeléctrica en Huexca acaso no cumple esta función?
Morelos merece un desarrollo, pero de tipo humano en donde las personas sean lo primero. Que la 4T no sea la continuidad de las otras transformaciones, no por lo menos en su relación con el México “indio” en la acepción del moderno zapatismo.

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