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Agustín y la tierra de los músicos

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Su historia

Aquilastec es una localidad del municipio Tepehuacán de Guerrero, Hidalgo, actualmente viven 683 personas en ese lugar que vio nacer a Agustín Martínez en 1940, hijo de Luz Martínez y Cristina Hernández; dicen que es la tierra de los músicos, y que en años pasados fue famosa por la siembra de café.

“Nosotros no sabíamos de medicinas, pero mi mamá murió hasta los 108 años, no sabíamos del mundo fuera de mi tierra, en aquel tiempo era muy complicado llegar allá; nos dedicábamos a la siembra de maíz, rodeados de naturaleza a cambio de vivir en la pobreza porque se trabajaba duro y teníamos una mala alimentación. Cuando crecí me fui a Ixtlahuaco por la necesidad que teníamos.”

Agustín vivió 30 años en Ixtlahuaco antes de llegar a la capital, y es en esos 30 años donde creció la historia de la música en su vida, donde el destino decidió que el violín sería su compañero de vida, algo que jamás imaginó a pesar de saber que la música es herencia de su familia desde los tiempos en los que veía tocar a su papá y a sus tíos, desde la tarde en la que un amigo de su papá le vendió un violín únicamente en 40 pesos, hoy vale aproximadamente 8 mil.

“Mi papá no tocaba el violín pero en mi familia siempre hubo músicos y su amigo lo convenció de comprarlo para que alguno de mis hermanos practicara, yo aprendí solo, me dedicaba a ver los movimientos y una tarde toqué mi primera canción una que ya no suena que se llamaba ‘Dos palomas al volar’, mi papá estaba en la cocina y les dijo a mis hermanos que sería un buen músico.”

también tiene antecedentes prehispánicos en la música, desde los polkas, valses y minué hasta evolucionar al son, esa combinación de notas que depende de la fantasía y oído de quien lo interpreta; el son se encuentra en diversos rumbos de esta patria, sin embargo, en la región Huasteca enaltece cada sentimiento humano para crear una escala musical. Existen quienes aseguran que el son huasteco poco a poco muere,
no sin antes reconocer a aquellos que luchan por mantener las tradiciones con vida, su nombre
es Agustín Martínez

Sin embargo, la música parecía algo lejano cuando lo importante era trabajar en lo que fuera para sobrevivir, por esa razón cuando llegó a Ixtlahuaco lo hizo con su familia pero sin su violín, se convirtió en mozo de una señora que le pagaba 30 pesos por semana a cambio de cuidar ganado y cuando podía compraba pollos para vender, mientras su esposa Regina lavaba ropa ajena y cocinaba pan que debía tener listo los famosos lunes de comercio.

“Un día estaba vendiendo pollos casi a la salida rumbo a Lolotla cuando comencé a platicar con Deciderio Quijano, él cambió mi vida al preguntarme de donde era originario, y respondió: ‘de Aquilastec, tierra de los músicos, ¿qué instrumento toca?’, le dije que un violín que había dejado allá y me dio los 20 pesos que entonces costaba el pasaje para que fuera por él.

“Sentí tanta emoción de pensar que podría dedicarme a la música que fui con mi esposa a contarle, ella siempre fue muy animosa, me dijo ‘anda por el violín, quien quita y mañana dejas de ser mozo de ricos’. Cuando llegué a mi casa, mi mamá se enojó porque me llevé el violín, y eso significaba que ya no tocaría nunca más con mis hermanos.

“A la mañana siguiente estaba en Ixtlahuaco y Deciderio fue a buscarme a mi casa para llevarme a mi primer tocada, me dijo que era en la Ciudad de México y me emocioné como nunca porque yo ni siquiera conocía Pachuca. Fui a Lolotla al primer ensayo a la casa de Leónides, el trompetista, y desde que me abrió las puertas de su casa me llamó hermano, en ese mariachi, Los Gallos del Palenque, todos éramos hermanos. Ellos en algún momento fueron a tocar a mi pueblo y yo desde entonces tenía en la mente los polkas que escuché aquella vez, desde la primera vez que toqué con ellos nos entendimos por casi 10 años, recorrimos muchos estados, fue mi primera oportunidad como músico.”

La palabra huapango proviene del náhuatl que significa nuestras parejas formando hilera (de hua: posesivo, pantli: fila o hilera, y co, locativo en su forma go); algunas otras investigaciones afirman que deriva del náhuatl cuauhpanco, compuesta de cuauhuitl: leño o madera, pan: en o sobre y co adverbio de lugar que significa baile sobre una tarima. Huapango sería la conjunción de huastecas y panco (Pánuco, zona nombrada por los mexicas entre el río Pánuco y Tuxpan) Huapanco.

La historia narra que huapango en realidad es la tarima sobre la cual las parejas bailan el son huasteco durante los fandangos, que son las celebraciones de las comunidades que forman la región Huasteca. Hoy en día el huapango, como es conocido, es uno de los géneros centrales en la música regional mexicana, pero para Agustín es parte de su vida cotidiana, tocar sones huastecos es la tarea designada para preservar las tradiciones.

“Después de separarme del mariachi, conocí a unos guitarristas que me adentraron por completo a tocar el huapango, conformamos el trío Rincón Huasteco y con ellos estuve 12 años, hasta que vine a vivir a Pachuca y tuve que dejarlo. Llegué a Pachuca para seguir a mi familia, porque mis hijos estaban aquí, así que no había motivos para seguir en Ixtlahuaco. Le doy gracias a Dios por este don que me concedió, a cada quien Dios le concede uno, el mío fue habilidad para tocar el violín y cada día le agradezco infinitamente, de lo contrario mi destino hubiera sido ser albañil porque estudié hasta segundo de primaria y no es que sea malo, pero es un trabajo muy pesado.”

Luego de unos años en la Bella Airosa formó junto a su hijo Jorge, quien toca la jarana y un guitarrista el trío Amistad Serrana, que tiene más de 15 años preservando la riqueza del son huasteco, y el cual actualmente es su ingreso económico.

“La música es herencia de mi familia, ahora yo lo heredé a Jorge y también uno de mis nietos tiene un grupo. A los que escuchen mi música espero que les guste, les doy gracias si les agrada lo poco que sé tocar, pero quiero que sepan que es mi vida seguir llevando hasta sus oídos el son huasteco.”

Agustín Martínez tiene 78 años, perdió a su compañera de vida, Regina, hace nueve, pero aún queda la ilusión de recorrer los lugares a donde la Amistad Serrana le designe, por eso su historia nos recuerda que tenemos espíritu pero necesitamos temple.

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