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Ahí por el Cristo Negro

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La abuela permanecía estática parada en la primitiva plaza Mayor-Constitución, en los primeros años de la segunda mitad del siglo XX, mirando desordenadamente al ocaso, al sur, al norte, al levante, como perseguida sin soltar a su manojo de pelones pronunciaba palabras incoherentes para ellos, no sabían si eran en mexicano o en otomite, ya en voz alta, ya en voz baja, hacía gestos y contorciones según los muchos recuerdos que le llegaban como espectros del pasado. Entró en sosiego, volteando lentamente la cara al norte; a la vieja cañada del Tulipán a no más allá de mil varas donde se encontraban los fundos mineros, esos que dieron la razón del origen de la fundación de la villa de argento de Pachuca.
Con esa visión, hizo memoria de la primera traza de la villa del mineral con su principal y digna plaza Real de Mercaderes, llevándose las manos a la cabeza metió los dedos entre su abundante, apretada y tejida cabellera reburujando las trenzas como queriendo sacar de entre ellas los recuerdos. Aseguraba que “la plaza hizose así del tamaño e importancia del real de minas, lugar que pertenecía a la Corona de las Españas y concesionado a un gachupin por el virrey de la Nueva España”. La villa fue pensada por un gran calchiquitl o trazador, algún discípulo de don Alonso García Bravo, tirada a cordel con antiguos y exactos niveles, rústicas plomadas y armoniosas escuadras de madera, ejecutada por maestros calchihuane-albañiles y muchos otros indígenas tekitine-trabajadores con maneras bucólicos, naturales y artesanales de ir acomodando piedra a piedra con lodos y maderas.
Resuelta la plaza, de tal concurrencia para sus tiempos encontró como motivo principal el de vender todo lo que llegaba de sus alrededores; “gallinas, gallos de papada, legumbres, semillas, borregos y chivos, fibras de agaváceas; magueyes o xithe en ayates, escobetas, xixi, morrales, estropajos, ‘frenos y refajos de burro’, frutos de temporada todos los que cupieran. Aquí se asentaban las ferias, lo tocante a comerciar, veíase subastas, almonedas públicas y se encontró de toda mercancía, aquí llegaron los mercaderes cercanos y algunos lejanos, los que iban de paso, los que llegaban”, esto, aquello pasó por esta plaza a la que llegó cuanto había de bueno en los alrededores.
Desde la plaza, miraba fijamente, luego susurró “esa fue la iglesia dedicada a la Asunción de María donde los curas y el alcalde mayor ofician y dan servicio en las divinas celebraciones con asistencia de los importantes y los mineros, indígenas, presidiarios, vecinos y trabajadores con sus familias se reunían en un templo pobre, humilde con muy escaso adorno, las aportaciones fueron ralas, no permitieron levantar finca digna de un real minero. Sin santuario, el templo solo tuvo fiestas concurridas como la de la Asunción de María, el nacimiento de Jesucristo, la muerte y la resurrección, los días de los apóstoles, la del año nuevo hasta la del Cristo del Petate, sin olvidar la virgen de las Angustias, muy asistidas todas salían al claustro orientado al sur a la plaza Mayor, en ese tiempo al norte unido con la desaparecida, hermosa y empedrada plazuela de la Real Caja de Azogues que lindaba al oriente con la hoy calleja Agustín del Río.
En esas manifestaciones rezaban vecinos, mercaderes y visitantes junto con los curas cargando la cruz y “muchos trastes de yeso palo y madera”, velas y veladoras de cebo o cera, en peregrinación, algunos luciendo en pecho y espalda escapularios e imágenes, otros portando los hábitos franciscanos y hasta el de San Benito, daban vuelta al atrio, plazuela de la Real Caja y a la plaza Mayor, lo mismo que alrededor de la fuente de agua dicha del Cristo Negro colocada en el lado sur de esa plaza Real.
En esos recuerdos la inundaba el sonido conocido de siempre en las vecindades y cuarterías, le llegaba el estruendo del chorreadero de la tolva también nombrado manteo donde se cribaba el material y se vaciaban las góndolas, la viejilla oía también la explosión de la dinamita en los tiros y socavones con la disparada de la pólvora disfrutaba de aquella cantinela de la labor de las minas de San Juan, del Rosario, del Xotol, El Paraíso, El Cristo y Guatemotzin, del sonadero saliente de las haciendas de beneficio Loreto, Progreso, Purísima Chica con la trituración y la molienda en sus diferentes métodos azoguería, cianuración y flotación.
La anciana sentía y escuchaba el rechinido del cuero en fricción con las poleas de la horca al girar en la subida y bajada jalando la jaula por el malacate, se escuchaba también el ruido de esas calesas, botes o chalupas, de la caseta en forma de elevador donde lo mismo descendían y ascendían hombres, herramientas y materiales en la constante extracción de argento en beneficio de unos pocos. En tremendo suspiro dijo como lo más placentero el encantador silbido ensordecedor que producía la salida del vapor en la trampa de los cilindros de metal en las calderas, “era la señal de entrada y salida de los diferentes turnos” y la hora del breve descanso al pasar a “hacer penitencia con tlaxcallis en tacos y dobladas, frijoles, alverjones, habas, nopales, papas, calabas y diferentes enchilones”.
Aquel silbido señalaba la hora de múltiples actividades en comercios, escuelas, oficinas de la Real Caja, templos, burocracia, de gendarmes y los de la barandilla, de las cosas de casa, marcaba y media el tiempo del centro de la villa minera hasta el último cuarto del siglo XX. Ella repetía amenazando “hay un tiempo para cada cosa y un momento para hacerlas en la villa…tiempo para plantar y para arrancar lo plantado, un tiempo para lanzar las piedras y otro para recogerlas, un tiempo para abrazar y un tiempo para abstenerse de hacerlo”.

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