Alma Santillán*

Siete con diez, somos los milisegundos en que nuestra mirada se encuentra con ojos desconocidos y el instante antes de evitarlos; momentos que a diario nos invitan a vernos a través de un espejo que no pedimos. En la piel del rostro se dibujan líneas rectas, fabricadas para sostenerse y reafirmarse con una curva de los labios que no sucede cuando la felicidad no está en la lista de invitados.

Bajo llave se protege el deseo de estar cerca, de sentir calor humano por el temor que replican los noticiarios, por incidentes que suceden afuera de un bar y se cuentan en la sobremesa familiar. Nos convertimos en extraños, en cuerpos lejanos, escapistas del contacto que un día fue necesario para sobrevivir.

Ocho con treinta. Las manecillas no tienen intención de parar su carrera en círculos, sin importar las vidas que estarán en juego al llegar la medianoche. Las nubes se pintan de negro, se alistan para los montones de pasado que tendrán que diluir durante varias horas, más tarde ese mismo día, y hacerlo en silencio para no dejar pruebas ni testigos.

En el piso blanco de la plaza central se reflejan dos siluetas, una al lado de la otra, inmóviles salvo por los labios que no paran de lanzar palabras. El humo de un cigarro escapa de entre los dedos de Gonzalo, que sube la mano derecha desde sus piernas hasta su boca 10 veces por minuto; sentada a su izquierda está Isela, que por tres meses sin fumar no despega las uñas de los dientes.

Se conocieron hace un año, poco antes de que Isela terminara la universidad, cuando Gonzalo decidió mudarse a este pueblo que, le dijeron, tiene mala memoria y buenos augurios para los refugiados.

Gonzalo escapó del eco de su nombre a 40 centígrados; resume su historia diciendo que su familia es del norte pero que él prefiere la calma del centro; es inútil preguntarle sobre su infancia y queda solo adivinar de dónde provienen exactamente los restos de su acento, que se ha empeñado en disfrazar, o acaso olvidar.

Trabó amistad con Isela gracias a su mente dispersa, a que no le interesa indagar en los baúles viejos de la gente porque ella misma ha decidido dejar para nunca los detalles de su vida; no ha tenido una historia tan remendada como la de Gonzalo, pero considera un desperdicio de tiempo meterse en lugares que ya no existen y a los que, haga lo que haga, no volverá. Y si no curiosea en sus propios recuerdos, tampoco lo hace en los ajenos.

Isela y Gonzalo huyen de un pasado escrito en distintas latitudes y hoy están al pie del enorme reloj que cada 15 minutos toca un fragmento de melodía con la misma intensidad que tenían los seres que se dejaban atrapar por la impaciencia del tacto, en este mismo espacio, hace ya muchos años.

Nueve con cinco. Este ha sido siempre un pueblo tranquilo, en el que poco pasa, en el que pocos se quedan, del que muchos salen y ya nunca vuelven ni siquiera en su mente, ni para engrosar la fila de los nostálgicos. El Sol se ha ocultado por completo, las aves se fueron a resguardar a los árboles y el cielo solo da paso al viento ligero que no alcanza a desplazar las nubes, cada vez más cargadas.

Tic-tac, tic-tac, las diez. Isela y Gonzalo han cambiado de posición: el brazo de él está alrededor de los hombros de ella, sus cabezas están juntas y las voces han quedado reducidas a susurros. Contacto. Siguen hablando, sin mirarse, con la vista puesta al frente; el calor de la piel bajo sus ropas forma una burbuja solo visible para los ojos del viento, que decide pasar de largo.

Su objetivo es claro: detener el tiempo, y destruirlo. Lograr que el reloj se paralice a las doce en punto, es la única manera de procurarse un futuro. No se trata de supersticiones ni de eventos sobrenaturales, están seguros de que funcionará y lograrán que este pueblo no caiga en el letargo en el que tantos otros se han sumergido justo cuando las manecillas marcan las doce con cero minutos y un segundo.

Diez con treinta, la plaza se llena de la melodía que dio vida a cientos de generaciones antes de esta. El desenlace es evidente para los dos únicos pares de ojos atentos en esta historia, es invisible para el resto de los paseantes que, sin alzar siquiera la mirada, caminan de un lado a otro, cabizbajos y meditabundos, resignándose a lo inevitable: la lejanía permanente entre cuerpos y entre almas: no más roce, no más caricias, no más piel erizada al contacto con otra.

Isela y Gonzalo se miran en silencio, y tres, dos, uno, dicen: “Eres lo que me trajo aquí”. No hay necesidad de que él cuente los recuerdos de sus últimos días en el norte, ella sabe que él siente exactamente el mismo temor que la escupió a la calle en plena madrugada. Ella tiene un futuro que tal vez no sucederá, él es dueño de un pasado que no contará; las manecillas de su existencia giran en dirección contraria y a medianoche se habrán de juntar para decidir entre la vida y la muerte.

Once en punto. Del cielo se desprenden relámpagos que transforman el piso de la plaza en un flash, capturan instantáneas y las almacenan al ritmo de los pasos cada vez más acelerados de las personas. En medio del silencio, el canto de un grillo aparece y se torna nervioso, intenta advertir que el tiempo se termina, que será pronto cuando el reloj se sincronice con el destino y dé un salto hacia otra dimensión de la que no es posible escapar.

Isela no puede ya con su propia inmovilidad, se levanta y comienza a caminar en círculos, sin distraer su oído del paso de los segundos, pendiente de cómo se transforman en minutos; Gonzalo no puede confesar que recuerda cómo, justo a las doce con un segundo, nace un silencio tan fuerte que lastima los oídos y el tiempo simplemente desaparece. Isela sabe que, después de eso, sobre los miles de cuerpos se formará una barrera helada que los aislará del resto del mundo.

Nadie alrededor sospecha que el gran reloj es un caballo de Troya y su misión es llevar al olvido a poblaciones que alguna vez tuvieron un brillo especial, que las ondas desprendidas por las campanas han ido destruyendo parte del instinto humano del tacto y que, de permitirle tocar la melodía de medianoche, todo se tornará gris, la piel de los habitantes cambiará su estructura y cada terminación nerviosa será el punto de apoyo de alfileres invisibles que se clavarán al contacto, y donde había placer no habrá más que sufrimiento.

Isela y Gonzalo temen que hoy no puedan escapar, que su oportunidad de salvarse no sea sino un ingenuo intento por vencer a los seres sin cuerpo que, durante la primera noche de la primavera, remplazaron la maquinaria del reloj y la programaron para emitir ondas captadas por el subconsciente humano con el único objetivo de arruinar el sentido del tacto de cada persona cercana.

Quince minutos restan para que la gente de este pueblo deje de sentir cada milímetro de piel; los tejidos que envuelven su cuerpo serán un muro impenetrable para cualquier otro ser humano; reinará la ausencia de calor que, inevitablemente, convertirá en invierno todo y a todos hasta el final de los tiempos. Solo quedarán leyendas del escalofrío provocado por una piel ajena sobre la propia, historias increíbles de uniones que nacían de un roce al caminar, al estrechar las manos o envolverse en un abrazo.

Gonzalo se levanta y mira de frente a Isela, que ha dejado de dibujar ochos en el piso con sus pasos; ambos saben que es momento de detener el tiempo, de retar a la inercia de apatía que se ha instalado en el pueblo con ayuda del repicar de campanas. Deben lograr que sus pieles se junten, que cada poro de sus cuerpos se toque y genere calor, mucho calor para reventar la máquina del artefacto impostor.

Once cincuenta y cinco. No hay tiempo, no importa si después de fundirse sus cuerpos desaparecen del centro de la plaza y de este mundo; no lo hacen por ser héroes, lo hacen porque quieren seguir viviendo como humanos con cuerpo y piel y sentidos y emociones. Isela y Gonzalo se miran a los ojos, tiran al lado sus ropas y se abrazan, largo y fuerte. La burbuja que los envuelve se revienta por tanto calor, las nubes pasan del negro al sepia y al rojo intenso; el eco de las campanas resuena cada vez más, el conteo en reversa parece detenerse al cinco, cuatro, tres.

Doce en punto, el badajo da su último golpe y lo hace con furia, mientras el calor generado por los dos cuerpos en el centro de la plaza sube desde el piso y hasta las manecillas del reloj que no avanzan ya. Incrédula, Isela mira a Gonzalo, se preguntan uno al otro si lograron terminar con la maldición de la que fueron portadores, pero sus voces no se escuchan, no hay rastros de sus cuerpos por ningún lado; donde había piel y sus mapas de líneas y lunares ahora solo quedan partículas multicolores.

En la explanada, la vida sigue su curso, las personas avanzan pero ya no lo hacen en silencio; la serenidad de la noche se adorna nuevamente con la melodía de las doce en punto y en la base del guardián del tiempo se lee, en tinta suave:

La piel es el camino el muro de contención de la naturaleza desbordada de la sangre de la vida el inicio y el fin.

Lienzo de líneas y puntos pistas incompletas para unir bajo el Sol de la mañana con manos inquietas propias y ajenas.

En la piel emerge el mundo incomprensible ante un espejo de cuerpo entero infinito bajo el microscopio nítido al tacto preciso y reaccionario.

Cartografía humana en que se ilustran sierras montes selvas primaveras e inviernos vividos por la piel en silencio.

*Es licenciada en ciencias de la comunicación por la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo (UAEH). Activa en el campo de la edición y corrección de estilo en diversos medios. Escribir está en su ADN, a veces como la marea se aleja de las costas, pero inevitablemente vuelve.

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