“Voy a bajar al 18, pa’ probar
que soy templado…”
Tío Perico, viejo minero

El tono de su voz, la cadencia de sus palabras, la pasión de la abuela languidecida en su ajuar de sillas de madera con sillones de bejuco Monterrey, al instante invitaba a una placentera escapada a sus vivencias, a las reseñas de sus antiguos, pasar las puertas de los recuerdos para no dejarlos en el olvido, portadora legítima del saber de la villa minera rica en argento, cumplía con su misión, recordar y repetir a los Pelones que descendían de mineros.
Arropada en su viejo suéter de lana cruda, de borrego merino de Tulancingo, envuelta en rebozo plomizo, para medidos del siglo pasado su saber de la minería era dilatado, basto. En las tardes de invierno tenía como costumbre esa dádiva; compartir de su habilidad en la crónica, en el contar de aquella grandísima casualidad del descubrimiento de la cimiente de plata de mediados del siglo XVI. Pasando por el sevillano don Bartolomé, iniciador del proceso de beneficio de amalgamación, aplicado por más de 350 años en esta villa, cabeza de los cuatro reales; Real de Arriba Cerezo, Real de Mineral de Atotonilco el Chico, Real de Mineral del Monte y el inicio de esta Real de Minas de Pachuca. Veíase en la antiquísima explotación los ingenios de moler con sus primitivos hornos castellanos en bucólicas construcciones de lodo y canto, con altos y gruesos muros con paso de vigía, que llegaron a tener torreones y almenas para la defensa.
Dijo también de los años del siglo XVII, cuando aparecen las primeras haciendas de beneficio, que esta villa contó con muchas de ellas hasta el siglo XIX, desde la de Purísima Grande, la de La Luz; Loreto, El Porvenir, Purísima Chica, la Unión, la de Progreso, la Guadalupe, la de Bartolomé de Medina, emplazadas en la ribera del río aprovechando la corriente para mover los molinos, tanto de quebradoras como de trituradoras, con sus grandes patios para el tendido de burdas tortas de azogue, hasta la separación del preciado metal, para el proceso de fundición, vaciado en barras y sello de la corona virreinal.
Las haciendas eran provistas del material extraído de los negros socavones y profundos tiros, por diferentes medios de acuerdo con la época. En las inmediaciones de los numerosos laboríos se fueron estableciendo las primeras cuarterías y vecindades que dan origen a los vecindarios. Aseguraba la viejilla que lo más añejo conocido era el barrio de la antigua plaza y calle del Caballito, entre las faldas de los espinosos cerros de La Fortuna y Las Coronas, lugar de fundos mineros; el de San José de Gracia, La Fortuna, El Diamante, San Clemente y La Valenciana. Esos cuartos con inclinadas techumbres tejidas espléndidamente de penca de maguey e ixtle, con muros de madera, morillos de quiote del mismo agave, pisos de tierra compactada, apareciendo las de tejamanil y alambre en techos con muros de canto y lodo, pisos de piedra laja, en otros caseríos como el de Jerusalén, levantadas cercanas a las minas de La Zorra, El Metate, Santa Librada, El Muerto, La Gloria y San Dionisio, en las faldas del rocoso cerro de San Cristóbal.
Entre los antiguos barrios de San Juan de Dios, aledaño a los fundos de San Pedro Celestino, el Gran Poder de Dios y el Porvenir, igualmente el barrio Santiago, en la base del cerro Las Coronas, con vista al ocaso el viejo Colegio de San Francisco, por las minas de San Miguel, Santiago, San Andrés, El Lobo y El Diablo, ahí se conocieron casas de factura en muros de adobe o tabique rojo recocido, altas bóvedas de vigas de madera y ladrillo con terrados, pisos de tabique o mosaico, muros aplanados y pintados, ventanerías y puertas de madera. Esa diversidad de facturas resultó desde las posibilidades de los múltiples y diferentes oficios que la anciana no se cansaba de enumerar, “hasta con los dedos de los pies y de los cuatro pelones”, utilizándolos como ábaco los rezaba con las cuentas de su rosario; “morrongo, tlacualero, palero, cochero, barretero, ateca, barrenador, azoguero, faenero, gondolero, afilador de barretas, rielero, sotaminero, rebotallero, alijador, carpintero, despachador, guarda carros, malacatero, calesero, ademador, achichinque, cajonero, cambiador, bombero, rayador, velador, maquinista, apizador.”
Con lágrimas en los ojos, con enorme tristeza decía que muchos de esos laboríos habían “cortado sogas”; que aquellas minas estaban abandonadas. Estos lugares de trabajo, desde sus inicios, fueron utilizados como explotación de mano de obra de esclavos negros, prisiones, lugar de arriados, llegó a platicar la anciana, que un esclavo costaba 12 pesos; 100 reales, un preso seis pesos; 50 reales. Refería a la mina de Dolores al norte del Jacal, la de San Juan frente al San Cristóbal y una al poniente del real minero, en las inmediaciones de la barranca de La Lagunilla, dicha como la del Rosario Viejo, por los rumbos de El Bordo y Santa Ana.
La fundación de esta villa es producto de la explotación minera, del trabajo de los obreros de tiros y socavones, tan explotados como los propios fundos, hoy ambos han “cortado sogas”, se ha olvidado su gran aportación; la generación de numerosas necesidades que dieron cabida a tareas de mayor beneficio monetario; comerciantes, burócratas, educadores, profesionistas de todo tipo, industriales, empresarios y de más. Interpretaría el Tío Perico: “En el nombre sea de Dios, ya me voy para la mina aprevénganme mi garrafa y también mi cotorina… mi más roja la que baja, la barrena rechinando, a ablandarte piedra dura, no te muestres cuadrúmana, que se me hacen rete largos los días de la semana, ablandarte piedra dura, ablandarte chiquitita o te voy a barrenar con pólvora y dinamita”.

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