“Todo aquello era demasiado confuso, aunque no podía ser de un modo distinto al que era” –pensó en su obnubilación, mientras se quitaba la perla de sudor que le cruzaba por la frente en esos momentos–.

Hacía calor y tomaba una cerveza fría en el café del teatro, el que daba a la plaza de Santa Lucía. Lo interesante del lugar no era la fuente estilo modernista por la que apenas si choreaba agua en alguno de sus caños, sino lo que sucedía en un balcón de enfrente.

Una joven lo miraba con la incógnita puesta en los ojos y le hacía señas con unas manos que parecían alas revoloteando al Sol. Eso duró un instante que le pareció sueño, un sueño de eternidad sin manecillas.

Julián no conocía a la muchacha, tampoco era afecto a ese juego galante de las miradas lejanas, pero en cierta forma se sintió atraído por él. Luego la rutina ocupó ese lugar; cuando eso sucedió ya no pudo desasirse y se presentaba con la puntualidad de un reloj bien ajustado al lugar donde se producían esos extraños encuentros.

Con el tiempo se le volvieron una adición las miradas de la joven y las manos blancas acariciando el cielo. Le era imposible siquiera discernir que le había llevado a aquello, pero estaba seguro que no había sido ningún amor romántico.

Llevaba ya un año en esa situación imposible, que condicionaba sus días, cuando una petición inesperada de su jefe le hizo retrasarse en su cita. Al llegar a la esquina de la plaza apenas si entrevió el vuelo de una sombra que se metía en la oscuridad de un cuarto. Quedó turbado por esa imagen y se fue a su casa.

Se puso enfermo, la fiebre le hacía ver visiones borrosas que le devolvían y le quitaban esperanzas sin que hubiera en ello algo que tuviera algún tipo de explicación. Lejos de ello, todo se presentaba como una duda que intercambiaba incógnitas con los dados del destino.

Salió lánguido y más delgado, casi irreconocible, de su enfermedad. Lo primero que hizo fue precipitarse hacia la plaza de Santa Lucía. Estaba en un extraño estado lúcido, aunque vivía las alucinaciones como reales.

Cruzó la plaza vacía con medidos pasos y tocó un timbre con desesperación. No esperaba que nadie le contestara, y en todo caso, si alguien se dignara a hacerlo lo haría con una grosería o agua sucia que saldrían de algún balcón. Eran las cuatro de la mañana y todo el mundo dormía.

No ocurrió nada de lo que había pensado. Un sonido característico le indicó que lo estaban invitando a entrar en el recinto oscuro que tantas veces había imaginado y que por fin, gracias a su atrevimiento, conocería.

Subió los escalones a oscuras. Un temor creciente le hacía temblar las rodillas, pero su determinación era mayor que cualquier miedo que pudiera sentir. Al llegar a la puerta no hizo falta que tocara, pues estaba abierta, invitándolo a entrar en las penumbras.

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