¿Quién había construido el gran círculo que a todos asombraba? Nadie lo sabía. Era tan antiguo que no aparecía en ningún anal de la ciudad. Además, estaba hecho de un material del que no se tenía conocimiento alguno.

Desde el hallazgo, la sorpresa fue muy grande y fue creciendo hasta convertirse en una incógnita mayúscula. Las mejores mentes del país le dedicaron muchas horas de estudio, intentaban resolver el enigma, pero no lo conseguían.

Empezaron a surgir hipótesis descabelladas respeto al origen del círculo: algunos pretendían que era un monumento funerario construido hacía millones de años por otra civilización, otros de que era una formación geológica de la era del pleistoceno: la singularidad de la boca de un cráter que la era de la glaciación dejó intacta.

Los más, sin embargo, creían firmemente que era de origen extraterrestre. En ese punto había diversas ramificaciones. La gran mayoría, dentro de ella, optaba por afirmar que era una nave espacial de origen no humano. Eso quedaría claro, según ellos, cuando acabarán de desenterrar el objeto por completo. Una minoría se inclinaba, con no menos seguridad, por la idea de que se trataba de un asteroide caído en épocas remotas, de paso le atribuían la responsabilidad de haber acabado con los dinosaurios y haber iniciado el auge de los mamíferos.

El caso es que nadie tenía ni la más remota idea del origen del círculo. Tampoco del lado de la composición del mismo había comprensión, pese a que los expertos en esas áreas de conocimiento se esforzaron de lo lindo por desentrañar los misteriosos compuestos que lo conformaban y cuáles eran sus propiedades. No había nada parecido en el mundo químico y físico terrestre y, por tanto, cualquier comparación intentada fue inútil.

Un buen día –pese a la vigilancia estrecha en torno a él, los múltiples controles de seguridad y los cordones sanitarios– el círculo desapareció sin más. Tampoco dejó rastro alguno que permitiera volver a localizarlo otra vez.

Con motivo de la desaparición volvieron las suposiciones, y como antes, todas descabelladas y sin sentido lógico alguno. La más hilarante de ellas fue la de que se lo había tragado un agujero negro que provocaron alienígenas que no querían que los humanos descubrieran sus secretos tecnológicos más avanzados. Algunos se reían abiertamente de tal absurdo, decían que una raza capaz de hacer agujeros negros para llevarse un círculo no necesita de él para invadirnos o desaparecernos. Además, afirmaban que había otras formas más fáciles de llevárselo, aunque no decían cuáles. Apostaban por un complot de misteriosos poderes terrestres, aunque tampoco los especificaban.

Pasadas algunas semanas, ya nadie se acordó más del círculo de origen desconocido. Su lugar lo ocupó el nacimiento en el zoo de una jirafa albina a la que todos amaron de inmediato y que los cuidadores llamaron Albis.

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