Lubricación vaginal, desplazamiento del cérvix y el útero, aumento de las mamas, engrosamiento escrotal y erección del pene; son algunas de las señales de excitación humana que además forman parte de un ciclo que se compone de distintas fases y cuya alteración, aunque pequeña, deberá considerarse como signo de alerta y ha de tratarse con un profesional, de acuerdo a los tratados de sexualidad humana.

Masters y Johnson encuentran cinco fases en ese proceso: excitación, meseta, orgasmo, resolución y periodo refractario, para volver a empezar y que se presentan en forma distinta en mujeres y en varones. Eso significa que en un primer momento entraremos en contacto con estímulos de distintos orígenes que nos provocarán excitación, seguido por un periodo de placer que culminará en un climax, que llevará al descanso.

En ese sentido, es importante señalar que la manifestación del deseo sexual es un fenómeno personal que estará sujeta a la memoria de los sentidos: los olores, los tactos, las imágenes, los sonidos y los sabores que estimulan y convergen en la fantasía, serán productoras de placer. La literatura, la fotografía, el cine o la música se sirven de esos estímulos para provocar sensaciones físicas en la audiencia, por ejemplo, el caso de las llamadas “escenas eróticas” en películas de Hollywood que, en general, consisten en luces bajas, primeros planos de distintas partes del cuerpo, evitando los desnudos totales, además de respiraciones pesadas sobre música suave. Es entonces que esas imágenes se normalizan y pasan a formar parte del imaginario de la sexualidad, es decir, entendemos a través de las representaciones cómo se ve una expresión sexual “normal”, el coqueteo “normal” o el llamado “juego previo” “normal”.

Por otro lado, existe la producción de imágenes más explícitas, como es el caso de la pornografía, que, en general, tienden a centrarse en el deseo masculino. El término “male gaze” o mirada masculina se ha utilizado para explicar las representaciones, sobre todo de las mujeres en la cultura, que parece que están basadas en la perspectiva de los varones heterosexuales. Ejemplo de esa mirada son los carteles de anuncios de películas de distintas partes del mundo, en donde encontramos el fenómeno de las “mujeres sin cabeza”, fotografías de cuerpos fragmentados de mujeres o cuyo rostro queda escondido para hacer especial énfasis en las piernas, el culo o los senos, que forman parte de los estímulos que los varones heterosexuales encontrarán excitantes.

En el caso de la pornografía, nos encontramos que el énfasis se hace en la penetración, con objetos o partes del cuerpo, y por supuesto en la eyaculación de los varones. Por otro lado, se debe mencionar la crítica constante a la industria de la pornografía por la violencia contra las mujeres; que va desde maltrato físico, pasando por amenazas de despido ante la negativa de filmar ciertas escenas, hasta la violación en cámara.

En noviembre de 2018, el programa de televisión española “Salvados” emitió un episodio en donde un grupo de mujeres jóvenes hablaba sobre sus experiencias sexuales con varones; entre los comentarios se encontraban testimonios de violencia; lejos de experimentar relaciones sexuales placenteras, esas mujeres hablan del miedo que produce compartir un momento tan íntimo con una persona que las somete o que les produce dolor sin consentimiento y sin la intensión de preguntar si se está llegando al disfrute o si más bien se está produciendo daño.

De esa forma, la peligrosidad de esas representaciones, tanto las romantizadas, como las que están atravesadas por la violencia, radica en el doble rasero que se aplica a la forma en la que experimentamos el deseo y la poca importancia que se le da al consentimiento. Establecemos parámetros de cómo deben ser las relaciones sexuales y cuáles son las actividades que deben provocarnos placer. Por desgracia, esas falsas expectativas limitan la forma en la que experimentamos con nuestros cuerpos y crean prejuicios sobre aquellos estímulos que se alejan de “lo normal”, pero que nos producen placer, como es el caso de las sexualidades no heterosexuales o de las personas que no experimentan deseo sexual.

Lo anterior no significa que debamos cesar la representación de estímulos que produzcan placer, si no en hacer énfasis en la responsabilidad social que eso conlleva y el entendimiento de que las producciones eróticas o pornográficas no pretenden ser representación fiel de la realidad, que están atravesadas por intereses de los grupos que las producen y que están sometidas a lógicas de oferta y demanda.

El deseo y el disfrute del cuerpo no debe estar condicionado por lo normal o lo anormal, si no que debe entenderse como una actividad que, si no es individual, debe estar mediada por el respeto, los acuerdos y el consentimiento.

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