La mañana del 4 de febrero de 2016 una noticia reveló las consecuencias de la impunidad, de la injusticia y del dolor que causa la muerte de un ser humano: un joven de 18 años fue asesinado a puñaladas en la popular colonia Villas de Pachuca.
Un hábito tan de nosotros los lectores llevó a las diversas opiniones sobre el hecho, “¿un asesinato a las 6 horas?, seguro fue una pelea entre borrachos”, “quién sabe en qué andaría metido”, escuché y pensé. La realidad era que Alejandro poco antes de las seis de la mañana laboraba en una taquería, repito, un joven de 18 años a las seis de la mañana trabajaba en una taquería, en lugar de estar levantándose para ir a la preparatoria, a aprender y a convivir con sus amigos, pero, como muchos otros jóvenes de este país, Alejandro tenía una madrugada laboral.
Yo no conocí a Alejandro, nunca me platicó sus planes de vida ni mucho menos sus ilusiones, yo conocí a Alejandro la mañana del 4 de febrero en las fotografías sensacionalistas de nuestros periódicos locales que cada día nos confirman que la violencia es el pan nuestro de cada día, a nadie sorprende encontrar en esas páginas imágenes como la última fotografía de Alejandro, estaba ahí, acostado sobre el suelo, cubierto por la sangre, como un niño indefenso… muerto.
Pensé en su familia, me sorprendí, me asusté y algo muy parecido a la nostalgia recorrió mi ser; “era un niño”, me dijo alguien por la tarde, mientras otro respondió “en algo habrá andado”, “sí, en su trabajo”, pensé y después lo olvidé. No volví a recordar en lo que su última fotografía me hizo sentir, hasta el día en que conocí a su madre y en su mirada estaba el dolor que no sana por la muerte de su hijo.
La mañana del 4 de febrero Alejandro significó una nota para los medios locales, una víctima para sus asesinos y un tema de conversación de la opinión pública, pero el 5 de febrero se esfumó, ¿dónde quedan los recuerdos de su familia, el amor y dolor de su madre, la añoranza de sus hermanos?
Yo no conocí a Alejandro, nunca me platicó sus planes de vida ni mucho menos sus ilusiones, ya no se enteró que el 7 de enero Alan y Freddy también fueron asesinados junto con su espíritu de justicia en Ixmiquilpan por protestar contra el gasolinazo; que el 18 de enero, un niño, como lo era él, disparó en su escuela a su profesora y a sus compañeros y después se suicidó, y que al igual que su fotografía, los medios de comunicación exhibieron el video como si se tratara de una película; o que el 20 de enero un tal Donald Trump asumió la presidencia de Estados Unidos y desde entonces amenaza con construir un muro entre nuestro país y el suyo, que él ya no podrá sentir ese patriotismo que llevamos los mexicanos, ni esa indignación que surge cuando nos damos cuenta que la xenofobia sigue latente, cada día con más fuerza.
Yo no conocí a Alejandro, nunca me platicó sus planes de vida ni mucho menos sus ilusiones, pero quisiera decirle que un día vi a lo lejos a su madre, y que su dolor me dolió, que después de un año ella no olvida ni perdona, que voltea al cielo en busca de un ser supremo que alivie su dolor, que la noche en que la vi, invitaba a sus conocidos a la misa por su primer aniversario luctuoso y no podía alejar de su mente que la mañana del 4 de febrero de 2016 “asesinaron a un joven frente a una taquería”, su hijo.
Hoy, a un año de su muerte, me duele la injusticia de su caso y el de muchos otros. Yo no conocí a Alejandro, nunca me platicó sus planes de vida ni mucho menos sus ilusiones, sin embargo, hoy su muerte me hace recordar que tenemos espíritu… pero necesitamos temple.

Rating: 4.0. From 3 votes.
Please wait...

Comentarios